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Tribuna:

Falsos remordimientos y culpas auténticas

El reducido contingente de las Fuerzas de Paz de la ONU, llegadas a Timor gracias sobre todo a las presiones de la opinión pública internacional y cuando la masacre ya había tenido lugar, en vez de defender a prófugos y a supervivientes, debe preocuparse más bien de defenderse a sí mismo de las milicias paramilitares, mientras el Ejército indonesio, del que no sólo nos es bien conocida su grave responsabilidad en lo acaecido, sino que, según las últimas noticias, podría haber planificado en secreto la masacre hace ya varios meses (véase el artículo de Jean Paul Mari en Le Nouvel Observateur del 30 de septiembre), se retira con desdeñosa flema, mientras sigue quemando y masacrando a destajo, al tiempo que no falta quien empieza a preocuparse por si los periódicos occidentales no se habrán mostrado demasiado insolentes con Indonesia y con la ONU. A ver si va a resultar que estas cándidas almas se nos han ofendido.Resulta desolador constatar que hasta que no se producen masacres y genocidios no se activa el banco de prueba de la conciencia de Occidente. Hace algunos días, un escritor de mi país conocido por su notable carácter mundano ponía en solfa en un artículo de un periódico italiano a los intelectuales que se indignan por los derechos humanos pisoteados, y llegaba al extremo, con la elegancia de un cocktail party en honor de un rito satánico de periferia, de mofarse de las víctimas y de escupir sobre los cadáveres. Hoy es un periodista portugués de éxito, Miguel Sousa Tavares, acostumbrado a hacer de abogado virtual en los procesos televisivos de un popular programa, quien arremete contra la indignación, exageradamente "exaltada" (son sus propias palabras), de un artículo mío publicado en Le Monde el pasado 22 de septiembre, en el que se denunciaba la corresponsabilidad de la ONU en las matanzas que habían tenido lugar en Timor después de un referéndum del que la propia ONU se había erigido falsamente en garante. En su curso intensivo de prudencia y sentido común (la palabra usada es "pudor"), Sousa Tavares une mi nombre (algo de lo que me honro) con el del ilustre historiador Fernando Rosas, presumiblemente correo de la misma indignación, señalándonos como culpables de una "furia justiciera de vencedores a distancia" (Público, 24 de septiembre de 1999).

Ay, pues mucho me temo que en este caso los vencedores son por desgracia otros y, sobre todo, in loco: en primer lugar, las milicias y el Ejército indonesio, y en segundo lugar, la cobarde "razón de Estado" de la ONU, que ha traicionado la confianza de un pueblo, sin ser capaz de defenderlo de la efectiva furia de los justicieros. Pero Sousa Tavares es a su manera un periodista serio, y su articulado razonamiento, que me parece fruto de un equívoco involuntario por su parte, merece algunas consideraciones. La primera se refiere a una curiosa forma de autismo del que parece ser víctima, según creo, cierta parte de la prensa (naturalmente no toda) en Portugal. Paradójicamente, hace algunos años, cuando Portugal era un país cerrado a Europa por la dictadura salazarista, su mejor periodismo y su mejor cultura se esforzaban por buscar un diálogo y un cotejo fuera de sus estrechos confines. Hoy, cuando la dictadura ya no existe, parece casi como si la democracia portuguesa fuera absoluta y no tuviera necesidad de cotejos o de verificaciones, como si a algunos periodistas les bastara con compararse entre sí, en una suerte de autosuficiencia: ¿será acaso la forma de impunidad de quien, influyendo sobre la opinión pública de su propio país, se siente tranquilo en la seguridad de que su artículo no será leído en Europa? De dónde deriva semejante forma de autarquía no es fácil de establecer: un observador externo/ interno como yo, que desde hace treinta años ha "adoptado" Portugal como segunda patria, siendo adoptado a su vez por ésta, puede si acaso aventurar algunas hipótesis, que no dejan de ser personales y, por tanto, arbitrarias.

Una de ellas es que la enigmática política de la llamada "Lusofonía", llevada a cabo durante estos últimos años por Gobiernos de varias tendencias políticas, incluso con la constitución del PALOP (Países Africanos de Lengua Oficial Portuguesa), ha podido contribuir a desplazar el eje de los intereses sociales y culturales del país entero hacia un "tercermundismo" del todo inadecuado, quizás incluso nostálgico (y en cualquier caso en contradicción con la firme vocación europeísta defendida en su momento por Mario Soares), en el que la tal "Lusofonía" constituye una suerte de metafísica "alma colectiva" representada por los países lusófonos de África y, en parte y con ciertas reservas, por los de América Latina (Brasil). Por lo demás, las ingentes inversiones económicas en la difusión cultural dirigida hacia estas áreas geográficas (obviamente en detrimento de una posible penetración en Europa), así como el triunfalismo del que ciertas instituciones oficiales hacen gala por el hecho de representar a una potencia lingüística en virtud de los millones de hablantes que a ella pertenecen, son explícitos en este sentido, y el eco mediático que en estos dos últimos años he oído retumbar en Portugal resulta realmente ensordecedor. Como es natural, esta forma de propaganda omite un dato no precisamente secundario: que el abrumador porcentaje mayoritario de esos hablantes está formado por analfabetos, cuando no por poblaciones desnutridas o moribundas, víctimas de guerras o carestías provocadas por dictadores corruptos, al estilo de ciertos señores de la guerra como el angoleño Eduardo dos Santos, que en Portugal ha encontrado un interlocutor privilegiado, o su digno y complementario opositor Jonathan Sawimbi. Las faraónicas y a menudo desastrosas empresas "culturales" organizadas por el Instituto Camões de Lisboa, expresión del Ministerio de Asuntos Exteriores (valga como ejemplo el reciente y fallido megacongreso organizado en Maputo, en Mozambique) son denunciados, es cierto, por la prensa portuguesa más sensible y más atenta; sin embargo, sus responsables continúan imperturbables en sus puestos, y siguen dilapidando retórica y dinero público. Un signo evidente de que algo en el sistema no funciona.

Si la Francia democrática supo en su momento ironizar sobre la grandeur de De Gaulle (así como desmitificarla) o sobre esa francofonía cuya más "alta" expresión ha sido la reciente convocatoria por parte de Jacques Chirac de una cumbre en Vietnam (léase la ex Indochina francesa), el Portugal actual, por desgracia, parece tomarse terriblemente en serio la "misión" de su "Lusofonía".

La segunda consideración que el periodista portugués suscita en mí se refiere a ciertos embarazo

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sos remordimientos, surgidos por lo que se dice durante los últimos años en el alma de los portugueses, que aunque podrían suponer un interesante objeto de indagación para un filósofo como Eduardo Lou-renço, que se ha revelado como agudo psicoanalista de su pueblo (véase en francés su Mythologie de la saudade: essais sur la melancolie portugaise, París, Chandeigne, 1997), no me parece en cambio que pueda representar un serio argumento político para un acreditado opinion maker como Miguel Sousa Tavares, quien en este caso no se ocupa de noticias de la actualidad portuguesa, como es su costumbre, sino de derecho (y yo diría que hasta de ética) internacional. Volviendo a los convulsos días de la revolución de los claveles de 1975, y doliéndose del hecho de que el Ejército portugués abandonara demasiado deprisa la isla de Timor, Sousa Tavares cumple un doloroso auto-da-fé confesando que "fue todo culpa nuestra" (cita textual). Por desgracia, como todos los imaginarios reos confesos, éste también tiene necesidad de cómplices, y llamando en causa de repente mi artículo de Le Monde, así como al pobre historiador Fernando Rosas, denuncia ante el Tribunal de la opinión pública "el mismo voluntarismo prêt-à-porter, el mismo coraje libre de riesgos" (cita textual). Palabras graves. Por desgracia para él, que entonces no era más que un muchacho, yo en aquella época era el mismo observador que soy hoy, y si insiste en su búsqueda de corresponsabilidades le conviene rastrearlas eventualmente en las hemerotecas de su país, entre los artículos de los llamados "directores adjuntos" impuestos en los periódicos de la época por ciertos partidos portugueses, que se afanaban por llevar a Portugal no hacia Europa, sino hacia el imperio soviético o hacia la deriva de los "países no alineados". Sea como sea, y si bien tales eventuales remordimientos (que son sacrosantos) no son otra cosa que un mero asunto privado que no atañe al Derecho Internacional, quisiera en cualquier caso confortarlo: Portugal no es el responsable de lo que ha sucedido en Timor. Como decía el llorado coronel Melo Antunes, el auténtico intelectual de las Fuerzas Armadas que liberaron a Portugal del fascismo, "esa cosa de ahí" (se refería a las colonias) estaba podrida, y había que abandonarla. El responsable es Indonesia, que invadió militarmente Timor (donde Portugal, por cierto, había dejado una representación administrativa y civil) y que ha masacrado desde entonces a unas doscientas mil personas (y si a Sousa Tavares ello no le parece un genocidio, tant pis). Yo creo que el Portugal democrático (no el de los nostálgicos, es obvio, que usan razonamientos semejantes a los de Sousa Tavares) puede sentirse orgulloso de su posición respecto a Timor desde 1975 hasta hoy. En este Occidente nuestro, cuyos países, incluyendo el mío, envían a sus propios ministros a estipular ventajosos negocios con el genocida Suharto, Portugal es el único que ha sabido adoptar una posición decorosa y digna.

Pero no quisiera que todo cuanto aquí escribo diera la impresión de atañer al problema de un periodista en conflicto con su propia conciencia y con la historia de su propio país. Creo que el problema nos atañe a todos nosotros, y es por eso por lo que me interesa, porque significa un residuo de esperanza que tal vez podamos legar en herencia a los habitantes del próximo milenio, después de este siglo nuestro de masacres. Como escribí en Le Monde en el mes de julio, "Timor occidental es por encima de todo una cuestión occidental", que no atañe sólo a Portugal, a la ONU, a Indonesia, ni en ningún caso al "pudor" con el que Miguel Sousa Tavares nos invita a afrontarla. Frente a mujeres violadas, a niños degollados, a los cuerpos profanados de sacerdotes y monjas, frente a tamañas obscenidades, que con el beneplácito de la ONU han acaecido ante nuestros ojos, el "pudor" invocado por estos púdicos observadores se nos antoja de una hipocresía insoportable. ¿Pudor hacia quién? ¿Hacia los verdugos? Es ese "pudor" el que lleva a las conciencias más castas a invocar la clemencia para asesinos como Pinochet y Milosevic. El razonamiento es idéntico. Al fracaso flagrante de la ONU, a la corresponsabilidad de sus serviciales dirigentes, nos contentamos por ahora con oponer nada más que la confianza en los tribunales internacionales, que de la misma ONU son expresión. ¿Que parece una paradoja? Es posible. Como una pobre herencia legaremos a nuestros descendientes esta paradoja.

Antonio Tabucchi es escritor. Traducción: Carlos Gumpert.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 1999