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Tribuna:

Trabajos a distancia

PEDRO UGARTE El retrato social de los auténticos triunfadores, en el mundo de la publicidad, lo dan los anuncios de coches y no los de productos de limpieza para el baño o el fregadero. Por muchos que sean los modelos de automóvil que pasen ante nuestros ojos, en el dudoso solaz televisivo, cada uno de ellos parece estar dedicado a los mejores (hombres, por supuesto) elementos de nuestra sociedad. Hasta hace poco tiempo la alegoría más afinada del triunfador que había dado la pantalla era la de un tipo que se permitía negociar con una empresa hasta extremos inverosímiles: se presume que ya había satisfecho sus expectativas de dinero y de poder, pero aún pedía más. El tipo en cuestión pretendía trabajar desde su casa, enviar los complejísimos proyectos, trufados de inmarcesible valor añadido, por correo electrónico y condescender (acaso, es previsible) a alguna aislada reunión en la sede de la empresa. En esta ocasión, el triunfo (que por supuesto, a efectos publicitarios, pasaba por una marca de coche que he olvidado) añadía un interesante matiz al retrato costumbrista. El tipo en cuestión comparecía sin corbata. Es lógico, después de todo, para alguien que pretende trabajar desde su casa, muy posiblemente despeinado, en bata y con zapatillas de felpa. Pero había también en el anuncio algo de fascinación ante ese futuro que tanto se nos promete: el teletrabajo, la paradójica tesitura laboral de producir desde una casa, desde un estudio, desde una especie de torre de Babel, conectado con el resto del universo gracias a una abigarrada red de telecomunicaciones. Es muy posible que ese futuro se vaya a retrasar mucho más de lo que exigirían las posibilidades tecnológicas de nuestra sociedad. Los seres humanos somos animales de costumbres y ni empresarios ni trabajadores se adaptarían sin traumas a ese nuevo ritmo. Muchos ámbitos profesionales, creo, nos permitirían trabajar desde un cubículo hogareño, rodeados de un arsenal de artefactos (teléfono, fax, ordenador, correo electrónico, impresora, vídeo, escáner) y salir del trance cumplidamente, dando a nuestro producto el mismo valor añadido que daba al suyo aquel tipo del coche del anuncio. La resistencia estaría justificada desde dos puntos de vista. Sinceramente, ¿usted se cree que en casa trabajaría lo mismo? ¿No se levantaría demasiadas veces al cuarto de baño? ¿No visitaría la nevera hasta extremos patológicos? ¿Qué le impediría estar jugando a marcianitos o batallas del espacio en vez de redactando ese sólido informe que debería presentar en cuestión de un par de horas? Por su parte, ningún empresario responsable descartaría que usted se comportara de tan irresponsable manera. Por eso prefiere tenerlo cerca, tan cerca como sea posible. Yo puedo comprender a ese abnegado empresario y sus lógicas demandas de productividad, porque nos hemos acostumbrado a que, en el mundo laboral, las obligaciones de resultado se hayan visto sustituidas por las obligaciones de medio. En el fondo, a la sociedad no le resulta tan razonable que usted culmine su trabajo en el tiempo que haga falta como el hecho, verdaderamente constatable, de que usted esté ocho horas al día metido en alguna parte, haga su trabajo bien o no. Desde ese punto de vista, la tranquilidad de nuestra sociedad no pasa por la eficacia, sino por la apariencia de la misma. Para eso se inventaron las sirenas de las fábricas, los relojes controladores o las comisiones desprovistas de toda competencia. De repente uno cambia de opinión y piensa que, en el fondo, gracias al teletrabajo (y obligado tarde o temprano a obtener ciertos resultados), llevaría muchos más proyectos adelante, y que incluso los haría en menos tiempo. Pero, no, no nos volvamos locos: estaríamos hablando de un contexto económico verdaderamente eficaz. Y uno también piensa que, cuando hasta la defensa de la eficacia puede quedar en manos de cualquier distraído articulista, es que todo lo demás marcha definitivamente mal.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de octubre de 1999