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NECROLÓGICAS

Luis de la Pica, poeta y anónimo

cantaor jerezano Luis de la Pica, de 48 años y personalidad arrolladoramente bohemia, falleció en Jerez el pasado 7 de agosto a las 11.30 a causa de un infarto de miocardio. Luis Cortés Barca, llamado De la Pica en honor de su madre, María, a quien de pequeña llamaban La Piquita, era un ejemplo de cantaor puro, de flamenco de cuerpo entero tocado a la vez por la gracia y la pena más profundas. Autor de letras maravillosas, era un poeta y un intérprete único, distinto a todos los demás. Personaje inimitable, era muy conocido en Jerez, y tan querido como temido por sus juergas de tres noches con sus días, que han hecho época en la ciudad gaditana.

Era el último representante de esa escuela jerezana que canta sólo (o casi) para los amigos, porque sí, sin escuchar ni de lejos el rumor del dinero o la fama.

Mezcla de artista genial, trilero inofensivo, profesor de matemáticas de Harvard, homeless neoyorquino, poeta de servilleta y solterón empedernido, De la Pica padecía una terrible enfermedad en la piel. Se dice que fue eso lo que le impulsó a escribir una de sus letras más conocidas, que él cantaba indistintamente por soleá o por bulerías, juntando las pequeñas manos en el pecho y dándose compás sordo con las puntas de los dedos, en una estampa llena de dignidad y flamencura genuinas.

La letra decía así: "Miro a la Luna y veo que soy de ti. Miro mis manos y pienso que me voy a morir. A veces me paro, y me da escalofríos de pensar en mí".

Nunca quiso grabar nada, que se sepa, salvo sus personalísimas bulerías para un disco de recopilación, aunque de vez en cuando transigía con el espíritu comercial de la música y de la época y se prestaba a cantar ante auditorios grandes. La última de estas ocasiones fue en Madrid, dentro del Ciclo Flamenco que organiza la Residencia de Estudiantes.

Muchos cantaores jerezanos, desde El Barullo a El Torta; o los más jóvenes, Tomasito o Chiqui, y algunos amigos sevillanos de Triana lo han conocido mucho, saben sus letras, y a buen seguro que las cantarán de aquí en adelante.

Será el mejor homenaje a este hombre cordial y torturado, analfabeto y sabio, cuya voz rota y no siempre afinada soltaba soniquete a chorros y jondura sin igual.-

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 10 de septiembre de 1999