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¿Calcuta? No, gracias. Kolkata

La antigua capital se convierte en la tercera gran ciudad india que cambia de nombre para recuperar el pasado

Primero se reencarnaron Bombay y Madrás, renacidas en los mapas como Mumbai y Chenai. El martes le tocó a Calcuta, que ha celebrado su cumpleaños arrojando a las aguas del sucio Hoogly el nombre que los británicos imperiales le dieron hace 309 años. Mumbai es la versión local de la diosa Durga y el cambio de nombre de la capital económica de India fue una de las primera medidas que adoptó en 1995 el Gobierno local una vez cayó en manos de los extremistas hindúes dirigidos por Bal Thackeray, simultáneamente considerado como una reencarnación de Shiva por sus admiradores o como un ser diabólico por sus muchos enemigos. Mumbai era el nombre que la mayoría de sus 12 millones de vecinos daban popularmente a la ciudad, lo mismo que hacían con Chenai, un poblado vecino en sus orígenes, los de la sureña Madrás.Ahora, la Calcuta que fue cabeza de India hasta que los británicos trasladaron la capital a Nueva Delhi en 1911 ha hecho un intento de vengarse de su pasado y se ha rebautizado como Kolkata, una de las tres misérrimas aldeas que Job Charnock encontró a finales del XVII cuando llegó como emisario de la Compañía de las Indias Orientales, y huyendo del virrey mogol de Bengala, a establecer un puesto a orillas del Hoogly, tributario del Ganges. Una pequeña modificación fonética y otra mayor ortográfica se convirtieron el nombre con el que hasta ahora ha ido por el mundo una de las ciudades más paradójicas del orbe, donde la horrenda miseria va de la mano de la sonriente resignación y la intelectualidad más orgullosa convive junto a la ignorancia absoluta.

Muchos creen también que Calcuta toma su nombre de Kali, la negra, uno de cuyos 51 trozos cayó allí al ser despedazada por Vishnú cuando destruyó el mal. Kali, diosa de la muerte, que se adorna con un collar de calaveras, tiene otras facetas: Durga, la del poder, que cabalga un tigre; Chandi, la feroz, y Bhairaví, la terrible. "Todos reflejan el terror que inspira y la necesidad que hay de aplacarla con sacrificios", en palabras de Mark Tully, nacido en Calcuta y durante décadas el gran corresponsal en India de la BBC. Esta misma semana ha trascendido el sacrifico de una niña de tres años a la diosa Kali en el Estado de Andra Pradesh. En Kalighat, el punto exacto de Calcuta donde cayó el pedazo de Kali, se levanta un templo donde lo que se sacrifican son cabras, lo más negras posibles. Entre los fieles que acuden a implorar contra los males que sufren o les amenazan o a la espera de un puñado de arroz, la palabra Calcuta suena más como Kalikata.

La propuesta de cambio a Kolkata fue realizada ante el Parlamento de Bengala Occidental por un diputado marxista, la ideología que gobierna en Calcuta desde 1977, que en los últimos años se ha adaptado a la globalización. "Nuestro Estado es predominantemente bengalí, así que el nombre de nuestro Estado y el de nuestra mayor ciudad deberían ser como los llamamos", defiende Robin Mondal. Calcuta ha sido automáticamente reconvertida en Kolkata, pero cambiar a Bangla el nombre de Bengala Occidental llevará tiempo al necesitar la aprobación del Parlamento de Nueva Delhi, que no se reunirá hasta después de las elecciones de septiembre y octubre.

Las propuestas fueron aprobadas por unanimidad. Sunil Gangopadhayay -el más popular hoy de los escritores bengalíes en una tierra que ha dado creadores de la talla del poeta Rabindranath Tagore o el cineasta Satyajit Ray, que se expresaban en la lengua vernácula- cree que "hay que cambiar el nombre de Calcuta y de Bengala Occidental para conservar la identidad bengalí de la ciudad y del Estado y para proteger la lengua bengalí de la creciente influencia del hindi", lengua cooficial en toda India, junto al inglés que sólo habla una minoría. Los críticos opinan que es una manipulación nacionalista para recuperar una fortuna política que amenaza con escaparse tras dos décadas largas de Gobierno. Un sondeo revela que el 52% de los habitantes de la ciudad no considera necesario el cambio, frente al 38% que sí.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 29 de agosto de 1999