Tribuna:RELATOS DE VERANOTribuna
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El verano de Vázquez

ANTONIO SOLERMi abuela Josefa tenía más trato con los muertos que con los vivos. Por eso le pregunté por el pajillero Vázquez. Al llegar el verano, Paquito Vázquez se fue del colegio con el temblor sísmico de sus masturbaciones, con la lánguida pelusa de su bigote, y ya nunca regresó. No se perdió como esos otros compañeros que tenían un padre militar, acento del norte y siempre estaban cambiando de colegio, yendo de una ciudad a otra. El padre de Vázquez era fontanero y no iba más allá de donde llegaban las tuberías de su barrio. Lo que le pasó a Vázquez fue que se perdió en el verdadero Más Allá, la palmó, que es lo que dijo Luisito Sanjuán cuando el padre Perruca, el primer día de curso, nos comunicó la muerte del pajillero. "La palmó", dijo Luisito con un par de lágrimas asomándole a los ojos, no por la pena, sino por los bostezos que a cada momento le abrían la boca, desacostumbrado a levantarse temprano y con los párpados caídos, como si también él, Luisito Sanjuán, estuviese en las puertas de una muerte que estaba hecha de un sueño espeso. "Ya no se va a hacer más pajas", dijo Luisito limpiándose las lágrimas.

"Pero tampoco va a tener que madrugar más, hasta el día del juicio", añadió ya medio dormido, tan distinto Luisito Sanjuán al fenecido Francisco Vázquez, que es como llamó el padre Perruca al pajillero Vázquez mientras nos ponía de pie para rezar una oración por el alma de aquel compañero, famoso por el continuo espasmo de sus masturbaciones. Paquito Vázquez llevaba un terremoto dentro, y todo lo que le rodeaba andaba siempre sometido a un seísmo que tenía el epicentro en su bragueta. A todas horas estaba frotándosela, sacándole chirridos al pupitre mientras el padre Florentino escribía logaritmos en la pizarra, o en los vestuarios, mientras los demás se duchaban, o en el autobús, mirando por la ventanilla con una mano metida en el bolsillo sin forro del pantalón y observando a las mujeres que iban por la calle, desnudándolas como en el Diez Minutos de su madre desnudaba a Mónica Randall, a Claudia Cardinale o a cualquier mujer que estuviese retratada en sus páginas, mayormente si la mujer anunciaba medias o lencería. Todo lo regaba con la nieve tibia de su esperma el rijoso Vázquez; la nieve entera de los Alpes, del Mulhacén y del Veleta estaban cayendo a todas horas por sus muslos como diminutas galaxias que naufragaban en su piel en un tránsito dulce que le ponía cara de borrego.

"Te vas a quedar miope, ciego", le decíamos repitiendo las monsergas de los curas. "Me pondré gafas", respondía impasible Vázquez. Al final, sus masturbaciones no lo llevaron a la miopía ni a la ceguera, sino más allá, a la muerte. Porque a pesar de que ni el padre Perruca ni nadie nos habló del modo en que Vázquez había muerto, todos intuimos que la causa de su defunción no podía haber sido otra que la de sus pajas. Por confirmarlo es por lo que le dije a mi abuela Josefa que, si alguna vez se topaba con él en las sesiones de espiritismo de doña Úrsula, le preguntase a mi amigo qué había sido de su vida, de su muerte.

Fue unas semanas más tarde cuando el fantasma de Vázquez, atravesando las penumbras y el cortinaje rojo del salón, se personó en casa de doña Úrsula. Me dijo mi abuela que el pajillero Vázquez era una sombra vaporosa y que estaba pálido, de color blanco, con los ojos hundidos en unas cuencas oscuras y la pelusa irreal de su bigote estremecida por un viento frío, por un helor que se extendía allí por donde pasaba. Al hablar, me dijo mi abuela que echaba un vaho como el de la gente que va por Siberia, y que andaba encorvado y con las piernas abiertas al modo de los zambos. Al Vázquez muerto le temblaba la voz como si el seísmo que siempre había tenido en el cuerpo se le hubiera quedado en las puertas de la garganta.

Estaba triste, y andaba quejoso, diciendo el nombre de la Espartaca, aquella adolescente con una mella y el culo gordo a la que le tirábamos castañas y cáscaras de naranja desde el autobús. Vázquez también la miraba con la nariz pegada al cristal de la ventanilla, metiéndose con lentitud la mano en el bolsillo desfondado y con el reojo de la mirada lleno de odio hacia Luisito y los que arrojábamos restos de merienda contra la niña mellada. Me dijo mi abuela que la sombra de Vázquez fue hasta el sofá de doña Úrsula y se quedó allí sentada, viendo el paso de otros fantasmas, remirando con melancolía a las muertas que a la sesión acudían, gimoteando de tarde en tarde el nombre de la Espartaca. "Qué triste es la muerte sin acabar de estar muerto. Qué triste no tener carne ni mano con la que tentarse la carne que no se tiene por más que malamente alcance uno a verla. La puta de la Espartaca me mató", dijo con filosofías el espíritu de Vázquez cuando ya el resto de las sombras se había marchado y sólo la suya quedaba allí, en el salón de doña Úrsula. Perezoso y desganado, el fantasma de Vázquez empezó a hablar sin que mi abuela tuviese que preguntarle nada. Echando vahos, contó que al empezar el verano, su madre lo había llevado a la modista y que mientras él estaba allí, en la sala de espera, acariciándose la entrepierna con los ojos puestos en el escote sudoroso de la ayudante de la costurera, entró en la habitación la Espartaca, que resultó ser hija de la modista. El sol del verano le había dado relumbre a la piel y le había acentuado los abultamientos del pecho. Tocándose la melena un poco estropajosa, parece ser que la Espartaca le dijo: "Yo te conozco, del autobús, me he fijado siempre en cómo me mirabas, distinto a los demás, esos salvajes". Y sólo entonces se le vio la mella, en medio de una sonrisa muy corta que se quedó allí, sola, flotando en el aire, después de que la Espartaca hubiese salido de la habitación, meneando muy suave el volumen de su culo y dejando atrás un olor a colonia de mujer.

La esperó al día siguiente, merodeando por los alrededores de su casa. La Espartaca no se extrañó de verlo ni de que le propusiera dar un paseo ni de que la invitara a tomar un helado allí al final del parque, bajo las primeras sombras de la tarde. Y los días siguientes acabaron en el mismo lugar y bajo los mismos árboles. Se miraban. La Espartaca miraba más, con tanta fuerza que Vázquez tenía que bajar los párpados, sintiendo no sabía qué vergüenza. Pero le gustaba sentir aquello, notar cómo se le subía la respiración, cómo el organismo se le desajustaba por dentro nada más verla. El rostro de la Espartaca, con la boca cerrada, sin la mella, se había impuesto al de Laurita Valenzuela, al de Gina Lollobrigida, al de todas las anunciadoras de medias, cacerolas y lencerías de todas las revistas.

"Ella es una asesina. No me dejaba tocarla, sólo que le rozara los labios con mis labios. Y me hizo jurar que tampoco yo me iba a tocar más, que si dejaba de tocarme, quizá al final del verano, cuando tuviéramos más confianza, me tocaría ella. Y me miraba aquí, donde yo tenía la entrepierna, y al notarla revuelta, me enseñaba la mella despacio con una sonrisa y se iba a su casa, cada día con más perfume, con el movimiento del cuerpo más lento y con la camisa aquella del verano, medio transparente, más abultada. Orgullosa de mi martirio. Miren ustedes, señoras, lo que hizo conmigo esa mofeta del paraíso", dijo el espíritu de Vázquez. "Además de recomendarme duchas frías, me obligó a atarme una venda a mis partes, para que no me crecieran con la excitación. Y así, trabado, iba a verla. Ella me miraba de reojo y me preguntaba si me había puesto la vendita. Y me besaba suave, y con la punta de la lengua me acariciaba el borde de los labios. Es una puta, dígaselo usted a su nieto, doña Josefa. Advierta a la humanidad". Me dijo mi abuela que doña Úrsula estaba perpleja y que cabeceaba más de lo habitual, porque nunca había visto un muerto tan impúdico como aquel, y que dudaba si regañarle o no, sin saber si atenerse a la condición de niño o de espíritu de Vázquez. Pero Vázquez seguía con su voz estremecida, con su pelusa temblorosa y echando vaho de Siberia: "Cada día me daba más duchas y me apretaba con más ahínco la venda. La debilidad ya se había apoderado de mi cerebro. Lo que no habían podido los curas, los mandamientos ni los miedos, lo pudo la Espartaca. Y yo tenía una nostalgia lejana de mi pasado. Como el emigrante que está en otro continente distinto al de su nacimiento, echaba de menos mis calzoncillos almidonados de esperma, la libertad de mi mano y de mi pobre pirula, presa para siempre y con ataduras de esclavo. Me dejé llevar en lenta y dolorosa agonía. La simiente que llevaba dentro se me congeló, se me fue por dentro toda esa nieve, mezclada con la sangre. Noté cómo poco a poco un helor enfermo se fue adueñando de mi cuerpo, y ya no tuve ganas de vivir. Y así sigo, preso y melancólico", dijo levantándose del sofá la sombra de Vázquez. "Mi madre, que creyó la pobre versión de los médicos y la pulmonía de las duchas frías, intuyendo no sé qué extraña promesa, dejó en mi cadáver aquella venda en la que vio atadas mis partes, y con ella sigue mi sombra, pues ya saben ustedes, señoras, que los espíritus no podemos disponer de nuestras manos ni de nuestra voluntad para mudar este cuerpo que no es cuerpo, sino reflejo de quienes fuimos".

Así, hablando como los muertos y con las piernas abiertas y rodeado de fulgores blancos, dice mi abuela Josefa que desapareció por entre la espesura de las cortinas la sombra de Vázquez el errabundo. Una historia de miedo. Le conté a Luisito Sanjuán lo del salón de doña Úrsula, lo del vaho de Siberia, lo de la vendita y lo del cuerpo sin cuerpo que tienen los espíritus. Y Luisito, emitiendo un bostezo lento y largo, con los párpados a media asta y los ojos bañados en lágrimas, se alzó sobre la ventanilla para lanzar sobre la Espartaca el corazón a medio roer de una manzana.

El último libro publicado de Antonio Soler es El nombre que ahora digo (Alfaguara).

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 19 de agosto de 1999.

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