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Patologías de la ciudad

JOSÉ LUIS MERINO Ni descansan ni hacen salvedades. Lo que buscan es embadurnar las paredes de las ciudades, sean casas recién terminadas, fachadas de iglesias, cementerios, centros cívicos, ambulatorios, monumentos históricos, lo que se ponga delante y sirva para sus fines, que ni siquiera ellos saben cuáles son. Sobre esa dictadura del trazo sin sentido, los adictos al areosol imponen sus leyes visuales. A unos les da por el garabato nervioso, rutinario, espasmódico,que no dice nada, salvo mancharlo todo. Y lo repiten incansables en una suerte de autismo enfermizo. Otros intentan escribir palabras sueltas, generalmente inglesas o semejanzas, cuyo mérito artístico consiste en agrandarlas y darles relieve. Que posean esa pizca de inglés y de gradilocuencia inane, eso parece llenar de gozo al grafomaníaco de turno. Esas escenas gráficas recorren las ciudades de punta a punta. Salen a los extrarradios, se disparan hacia los pueblos aledaños. Como verdaderos obsesos, en cuanto atisban una pared limpia allá van a poner su marca, sus nombres, la imitación de lo que otros hicieron y, lo que es más común, otra vez lo mismo que trazaron ayer, un mes antes, el año pasado. No importa que se trate de un lugar respetable o edificio diseñado con materiales nobles. Tal vez esos dos atributos sirven mejor para dar gusto al vándalo autista que lo ejecuta. ¿Cuáles son los precedentes de estas patologías del paisaje urbano? Sin ninguna duda, todo parte de la más obtusa de las obsesiones por imitar al mundo angloamericano. Pero no por ello debemos olvidar el mal ejemplo que proviene de la mayoría de los partidos políticos y coaliciones, que en tiempo de elecciones embadurnan incívicamente la ciudad con carteles y pegatinas. Lo mismo tapan una señal de tráfico, que un aviso municipal, o ponen sus siglas partidistas con un énfasis tan impositivo como atosigante. Tapan lo que beneficia a todos, para imponer la marca de unos cuantos. Prima el partido o coalición, por encima del interés general. Y así pasamos de la patología de la visión a la patología del ruido. Por las calles de la ciudad pasan de vez en cuando determinados automóviles con las músicas de sus casetes a todo tronar. Despiden sonidos zafios, música horrenda, que daña los oídos. Al volante, alguien que cree reafirmarse demostrando que posee unos tímpanos a prueba de bomba. La mirada al frente del conductor indica su punto de orgullo. Está seguro de llamar la atención. El origen de esta patología ruidosa se enmarca dentro del haber de la mayoría de los ayuntamientos. No hay pueblo o barrio de la ciudad que no soliciten permisos para instalar estrados donde altavoces de gran potencia imponen megafonías decibélicas extremas. No sólo el ruido es excesivo durante el día, en la mayoría de las llamadas fiestas populares, sino que en las altísimas horas de la noche ese ruido se acentúa gravemente, inaguantablemente para muchos. Resulta curioso cómo a través de la palabra "popular" se pretende legitimar la imposición del gran ruido, bajo el pretexto del derecho democrático al ocio. Se olvida con ello que existe, asimismo, un derecho democrático al descanso, o lo que es lo mismo, un derecho no menos democrático a que nadie obligue a otro a aguantar ruidos insoportables. Mas volviendo a los grafistas, a los que alguien ha llamado, no sin humor, "ilusorios letristas de Jehová", podían hacer algo práctico y cívico, como es subsanar un error gramatical en el que ha incurrido el Ayuntamiento de Bilbao. Se trata del eslogan que va en papeleras, contenedores y caminones de la basura. Dice: "Disfrutalo limpio". Se han olvidado del acento. Son cientos, o quizá miles, de pequeñas grafías que se necesitan para reparar el incomprensible y pertinaz error.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 16 de mayo de 1999.

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