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Tribuna:HORAS GANADAS

La historia del pescador RAFAEL ARGULLOL

Samuel Taylor Coleridge cerró La oda del viejo marinero con dos versos extraordinarios: A sadder and wiser man, He rose the morrow morn (Un hombre más triste y más sabio, se levantó al día siguiente). Concluía de este modo un poema hermoso y misterioso, cuyas claves simbólicas son irreductibles en gran parte pese a las indicaciones del propio poeta; una obra maestra, además, de la experiencia marina como fuente literaria del conocimiento. En el siglo XIX este tipo de materia prima fue abundante en la literatura, aunque sólo Un descenso en el Maëlstrom, de Edgar Allan Poe, es parangonable a la obra de Coleridge. En ambos casos nos hallamos ante marineros cuya vejez física ha sido la consecuencia fulminante de pruebas decisivas en las que las nociones habituales de tiempo y espacio han quedado destrozadas. Tras el vértigo de sus viajes, los protagonistas ya no están en condiciones de reintegrarse a la vida cotidiana, y tanto en el texto de Poe como en el de Coleridge, si bien por razones distintas, únicamente la narración de sus maravillosas aventuras les permite sobrevivir. Cuentan los episodios de su historia, aunque no por esto revelan su enigmática belleza. Quizá algo similar suceda en un aguafuerte titulado La taberna. Joven pescador catalán contando su vida a un viejo pescador barbudo, el número 12 de los 100 grabados que componen la Suite Vollard, realizada por Picasso entre 1930 y 1937 y actualmente expuesta en la galería Joan Gaspar de Barcelona. Significativamente, no obstante, los papeles se han invertido aquí y es el joven marinero el contador de su historia. No sabemos cuál es, pero podemos orientarnos por las historias que la rodean: un laberinto de inigualable densidad que nos conduce directamente al corazón de la obra picassiana. Como el poema de Coleridge o el relato de Poe, la Suite Vollard da muchas pistas sobre lo que quiere expresar, pero mantiene una hermética reserva sobre el misterio que entraña. Debido a ello, tal vez, el espectador tiene la impresión de hallarse ante una violencia armónica, ante una tensión paradójicamente tranquila, en la que el arrebato instintivo está controlado por un firme equilibrio de la forma. Picasso es el artista del siglo XX en el que se ha producido una más fluida simbiosis entre clasicismo y vanguardia, y no hay duda de que la Suite Vollard es una muestra crucial de esta capacidad. El impulso centrífugo, inherente a la experimentación vanguardista, y el estallido formal, estarían, así, contrarrestados por un orden centrípeto, por una claridad arquitectónica vinculada a la gran tradición europea procedente del Renacimiento. Pero este singular equilibrio estilístico sólo explica una parte de la sugestión que causan estos grabados. El impacto expresivo se cimenta, asimismo, en el delicado juego entre el poder del instinto y la contención del saber. Es cierto que un buen número de grabados están dominados por una violenta, casi brutal, sexualidad; no lo es menos, sin embargo, que otros están impregnados por un aire de serenidad extrema. Los remolinos eróticos están complementados por la centralidad de figuras inmóviles, casi hieráticas. En todos los casos sobresale, poderoso, el horizonte del mito: por un lado, traduciendo la naturaleza salvaje del hombre como fuerza instintiva que se intercambia con los caballos y toros; por otro, incorporando la civilización, y más específicamente el arte, como factor creativo. El subsuelo mitológico del Minotauro sirve para alimentar la exuberancia nocturna y lunar donde Picasso sitúa las ceremonias del instinto. Junto a ellas se ilumina un afán apolíneo y escultórico. Llama la atención, a este respecto, que el artista tienda a autorretratarse, no como pintor, sino como escultor, y que la relación entre éste y la modelo -gran variación picassiana sobre el mito del arte- sirva para reivindicar el mundo solar de la forma frente al seductor caos de las sensaciones. Como en Miguel Ángel, en Picasso es el escultor el arquetipo del artista en cuanto a hombre que se enfrenta, cara a cara, con los arcanos de la materia. No obstante, esta espléndida polaridad entre la tendencia báquica y la afirmación individualizadora no basta para explicar el encanto de la Suite Vollard; del mismo modo que tampoco es suficiente la exquisita madurez estilística alcanzada por Picasso en los años treinta. La base de apoyo es, más bien, aquel núcleo irreductible que alienta las obras de Coleridge y de Poe. Lo que se revela para permanecer velado -el enigma, por tanto-, y que sólo podríamos saber si oyéramos la conversación entre los dos pescadores. Pero quien la oyera también se levantaría, a la mañana siguiente, más triste y más sabio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 18 de abril de 1999