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Tribuna:SEMANA SANTA 99EL BALCÓN

Recuerdos profanos

La biodiversidad de la Semana Santa permite contentar por igual a impenitentes agnósticos que a devotos irreverentes. Las exclusiones obedecen a una razón cuantitativa: los no aptos para diluirse entre una masa anónima y renunciar a su propia voluntad de movimientos. Ahora que casi todo ha pasado, que la cotidianeidad resucita, sólo restan los resúmenes. Cotejarlos permitiría comprobar que hay decenas de miles de semanas santas, tantas que invitaría a creer que existen múltiples Sevillas y que el gentío que se arremolinó por el corazón histórico recorrió ciudades distintas. Un alma cristiana, como el presidente del Consejo General de Hermandades y Cofradías de Sevilla, Antonio Ríos, guardará imágenes de corte litúrgico: el Cachorro escoltado por la luna en la calle Castilla o la salida del Gran Poder de su basílica. Difícil aventurar qué apilará junto al cepillo de dientes un europeo incrédulo. ¿Un reverberante Guadalquivir bajo los pies de la O? ¿Una plaza Nueva hinchada de botellones sin ánimo de redención en la madrugá? Chris, un americano que se estrenaba como observador, conservará, fuera de las cintas de vídeo, imágenes de contraste, que yuxtaponen gestos vulgares y puestas en escena ampulosas: el nazareno que fuma un cigarro junto al río mientras hace tiempo para acompañar a la Esperanza de Triana. Un nazareno descontextualizado. Quienes ni son absolutamente extranjeros ni totalmente ajenos escogen un batiburrillo iconográfico. En la memoria de una cronista profana se mezclan estampas que rozan lo hortera, sones espeluznantes y sobrecogedores, imágenes irrepetibles. Un globo, fucsia y amarillo, con forma de teléfono celular y un mensaje Call me (Llámame) confundiéndose sin pudor con las flores de la Virgen del Patrocinio; el Guadalquivir con overbooking bajo el puente de Triana para ver El Cachorro; un mocoso de cuatro años concentrado en arrancar de su tambor una marcha procesional a la puerta de un estanco trianero; un Cristo escoltado por puestos de helados y, ante todo, los ruidos del plástico que protege las cabezas de mujeres encorvadas, ajenas a la cera que se derrite sobre sus cráneos, tras el paso del Gran Poder. Como llegadas de otro tiempo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de abril de 1999