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Tribuna:LA CRÓNICA

De Carmen Miranda a Pascoaes ENRIQUE VILA-MATAS

La semana pasada fui a la Feria del Libro de Braga, en Portugal, y en un descuido de los organizadores desaparecí en coche con unos amigos y visité el pueblo en que nació Carmen Miranda. No tenía ni idea de que la mítica estrella de Banana Split fuera portuguesa -emigró de niña con sus padres a Brasil y de ahí viajó al firmamento de Hollywood- y menos aún que hubiera nacido en Marco de Canavases, una aldea por aquellos días y hoy un próspero pueblo que presume de tener una iglesia del arquitecto comunista Siza de Vieira. Visité el pueblo, quise ver, como un homenaje a la estrella de Banana Split, que en su mercado dominical hubiera abundantes puestos de venta de plátanos y, cuando ya creía que regresábamos a Braga, descubrí que para mis amigos el verdadero objetivo del viaje estaba en la cercana Amarante, donde se encuentra la finca rural en la que nació, vivió toda su vida y murió el gran poeta Joaquim Teixeira de Pascoaes (1877-1952), para muchos el mejor poeta portugués del siglo, fundador del "saudosismo" y autor de obras como San Pablo, Napoleón y Regreso al paraíso, traducidas en los años treinta a muchas lenguas (al holandés y al alemán por su amigo el gran poeta Albert Vigoleis Thelen), obras cuyo interés renace de nuevo en Europa, donde vuelve a traducirse al gran Pascoaes. Hubo un tiempo en que, gracias a Unamuno -que le dedicó espectaculares elogios- y a intelectuales catalanes y gallegos, Pascoaes fue ampliamente conocido en España. En toda su vida apenas se movió de Amarante, pero hizo breves y fecundas incursiones en la España de las dos primeras décadas del siglo. En Barcelona estuvo concretamente en 1918, invitado por Eugeni d"Ors en nombre del Institut d"Estudis Catalans, y pudo conocer por fin al mejor de sus traductores al español, Fernando Maristany, y también a otros intelectuales catalanes con los que, tras su partida de Barcelona, entabló prolífica correspondencia. Gran aficionado a un género que hoy es de una belleza triste y anticuada -la escritura de cartas-, Pascoaes se mantenía en contacto desde su aislamiento de Amarante con lectores y escritores amigos. Debo decir que su casa no es hoy un museo, sino un hogar habitado por Maria Amelia, la cordial sobrina del escritor, que vive allí con sus hijos y nietos y abre el lugar sólo para los amigos. Entrar en la casa es como viajar de las alegrías tropicales de Carmen Miranda a la tristeza granítica de Pascoaes. Todo en la casa sigue igual a como quedó hace medio siglo a la muerte del escritor. Impresiona ver el sombrío gabinete de estudio, la ventana -"me acuerdo de la finca y su ventana... Y que Dios se acuerde por siempre de nosotros!", le escribe Unamuno a Pascoaes tras visitar la casa-, la terraza abierta a la sierra de Marao, la biblioteca intacta, el escritorio y la austera cama diseñados por él, la fotografía africana del hermano aventurero (que escribió un extraño libro, Memorias de un cazador de elefantes), el jardín con la llamada "fuente del silencio" (donde grababa los nombres de sus visitantes ilustres), e impresiona muy especialmente la mínima estancia acristalada -una especie de invernadero humano en el jardín-, donde Pascoaes, trágico y raro, se dedicaba a escribir en los días de tempestad. Y también causa impresión -aunque están ya debidamente fotocopiadas en Lisboa- encontrar al alcance de la mano del visitante, almacenadas en cajas junto a la cama, las cartas que le enviaran Lorca, D"Ors, Raúl Brandao, Unamuno y tantos otros, muchos catalanes entre ellos, algunos de cuyos nombres, en un arrebato de melancolía y por gentileza de Maria Amelia (que además me lo dejaba fotografiar todo), anoté para hacer aún más grande y trágica esa fuente del silencio y del olvido que viaja siempre con el tiempo y las visitas: Josep María Capdevila (de Olot), Matilde Mathieu de Maristany, Miquel Lladó (de Castelldans, Lleida), Marià Manent, Enrique Ràfols (de la Sociedad Catalana de Heráldica), Josep Lleonart, Ignasi Ribera y Rovira (de Sant Cugat del Vallès)... Al caer la tarde dejamos atrás la fuente del olvido y emprendimos el regreso. En la música del coche sonaba, también melancólico, John Cale, con su famoso estribillo: "¿Os acordáis de Carmen Miranda?". Ahora, cuando todo ha quedado atrás, queda sólo el recuerdo de la lejana Amarante, tan llena ella también de recuerdos de quienes ya no pueden recordar que allí, en otro tiempo, se vivió para el recuerdo. Y que Dios se acuerde por siempre de nosotros, como quería Unamuno. O no.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 16 de marzo de 1999