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Tribuna:

A la sombra de Ataturk

Los conflictos políticos modernos raramente son inteligibles en clave de western, desde una concepción maniquea de los buenos frente a los malos. Sin incurrir, pues, en la idealización de la causa kurda ni en la demonización del Estado turco, algunas consideraciones acerca de la configuración de la Turquía contemporánea pueden ayudarnos a calibrar el significado y las consecuencias de la captura de Abdalá Ocalan, tanto en el plano interno como en la esfera internacional.Habiendo constituido durante siglos un imperio ecuménico que se levantaba sobre las bisagras de tres continentes, un conglomerado de millet o comunidades nacional-religiosas unidas por su común obediencia al sultán, cuando el Estado otomano entró en el largo declive que lo convertiría en "el hombre enfermo de Europa", fue fácil atribuir esa decadencia a su carácter multinacional y a las tendencias centrífugas de buena parte de los súbditos balcánicos de la Sublime Puerta. En todo caso, un efecto inevitable de las emancipaciones de los pueblos cristiano-ortodoxos (griegos, serbios, búlgaros, rumanos, etcétera) fue la identificación cada vez mayor entre el poder imperial y la componente musulmana del imperio, la islamización de éste -acentuada por las pérdidas territoriales entre 1878 y 1913- y luego la aprobación de lo otomano por parte del grupo étnico de los turcos.

Cuando la fracción más modernizadora de éstos alcanzó el gobierno, tras la revolución joven-turca de 1908, bien pronto hizo gala de un nacionalismo exacerbado y agresivo, según el cual la regeneración del imperio pasaba por la lucha contra las comunidades "alógenas" todavía incrustadas en su seno. Su principal chivo expiatorio serían los armenios que, ya masacrados por decenas de miles en 1894-96 y en 1909, fueron objeto en 1915-16 del exterminio de más de un millón de individuos, víctimas en muchos casos -es justo recordarlo- de ejecutores kurdos. El siglo XX ya tenía su primer genocidio, y el nacionalismo turco el camino más despejado.

Sin embargo, persistían aún algunos obstáculos. Tras la derrota en la I Guerra Mundial y la pérdida de los territorios árabes, las humillantes exigencias que el Tratado de Sèvres imponía al agonizante régimen otomano suscitaron la reacción patriótica encabezada por un militar, Mustafá Kemal Pachá. Su objetivo era la reconstrucción en Anatolia y Tracia oriental de un Estado nacional turco soberano e independiente. Sus métodos fueron la insurrección frente al sultán y al Gobierno títere de Estambul, una hábil mezcla de fuerza y diplomacia hasta lograr la retirada de las tropas franco-británicas que ocupaban porciones del país y, sobre todo, la guerra abierta contra los ejércitos griegos desplegados en el oeste anatólico. Una "guerra de independencia", esta última, cuyo resultado más tangible fue, con el triunfo kemalista, la expulsión de Asia Menor de un millón y medio de griegos, presentes allí desde hacía milenios y permutados ahora por casi 400.000 turcos de Grecia, en un episodio de limpieza étnica que debe provocar la envidia del mismísimo Slobodan Milosevic.

Victorioso en todos los frentes -ése fue su título oficial, el Ghazi, desde 1921- Mustafá Kemal se dispuso a edificar la nueva Turquía en inequívoca ruptura con el pasado otomano. Si la capital de los sultanes había sido la cosmopolita Estambul, la de la República sería la genuina Ankara. Si el peso del islam fue para el imperio un lastre retardatario y, además, desdibujó el perfil de lo turco en el magma de lo musulmán, era preciso romper con el islam, abolir el califato, abandonar el alfabeto árabe e imponer a la sociedad turca el laicismo por encima de cualquier resistencia. Si el viejo régimen pereció minado por la heterogeneidad interna y sojuzgado por las tutelas exteriores, la Turquía kemalista debía ser férreamente homogénea y celosísima de su independencia.

Es justo ahí donde el kemalismo chocó de frente con la cuestión kurda. Los kurdos de Anatolia oriental habían sido aliados decisivos de Kemal en sus primeras campañas, y escucharon de él la promesa de un futuro Estado donde "el turco y el kurdo vivirían como hermanos, en pie de igualdad". Lo cierto fue que el Estado republicano se levantó sobre el nacionalismo más exacerbado y el unitarismo más feroz: "Un turco vale por todo el Universo", rezaba el eslogan favorito del fundador; su lugarteniente, Ismet Inonu, añadía: "Sólo la nación turca puede reivindicar derechos étnicos y raciales en este país. Ningún otro elemento posee ese derecho". Puesto que armenios y griegos habían sido ya eliminados, dicha doctrina apuntaba sobre todo a los kurdos: su asimilación a toda costa condicionaba la forja de una nación "una e indivisible", acorde con las teorías históricas y raciales urdidas -la "tradición inventada", que diría Hobsbawn- por el régimen de Ankara.

Así, pues, el Kurdistán turco y sus habitantes no sólo fueron objeto de una represión implacable que aplastó las continuas revueltas del periodo 1925-39 bajo el peso de cientos de miles de muertos; no sólo han vivido y viven bajo la ocupación militar y el estado de sitio casi permanentes, sino que han sufrido durante décadas un intento sistemático de destrucción identitaria, un etnocidio casi sin parangón en el mundo contemporáneo. Para la Turquía oficial lo kurdo, simplemente, no existe. El Kurdistán es "el Este", y sus gentes "turcos montañeses"; la lengua kurda -prohibida y penalizada- no es más que el turco antiguo, corrompido por influencias foráneas: las insurrecciones de los años veinte y treinta constituyeron levantamientos de tipo religioso, islamistas y reaccionarios, y el PKK es un ejemplo de delincuencia común. Hace pocos días, el embajador de Ankara en Madrid cualificó al recién detenido Ocalan como "jefe de bandidos". El objetivo último -escribió el sociólogo turco Ismail Besikçi, y por ello está hoy en prisión- ha sido inculcar en millones de seres humanos la idea de que "quien dice soy kurdo comete un crimen merecedor de la pena capital".

Además del conocido título de Ataturk o Padre de los Turcos, Mustafá Kemal recibió también, en 1930, el de Ebedi Sef o Jefe Eterno y, en efecto, la política turca actual sigue presidida por su ideario; basta ver las últimas declaraciones del primer ministro Bulent Ecevit afirmando que "en el sudeste y el este de Turquía no existen problemas de discriminación étnica" y que en su país "no tiene sentido establecer separaciones interiores". Sin embargo, lo que siete décadas atrás pudo ser un impulso modernizador y europeísta ha devenido hoy, con su uniformismo intransigente y su desprecio por los derechos individuales y colectivos, un factor que aleja a Turquía de los valores de Europa. El Gobierno de Ankara debería comprender que es él mismo, y no Atenas, quien obstaculiza su acercamiento a Bruselas cuando encara el enjuiciamiento de Abdalá Ocalan en condiciones más propias de los "procesos de Moscú", orquestados por Stalin contra sus adversarios, que de la justicia independiente y garantista en un Estado democrático de matriz europea.

Joan B. Culla i Clarà es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Barcelona.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 8 de marzo de 1999