Un pasaje que vale una vida

Un grupo de 90 subsaharianos refugiados en Ceuta logra el pasaporte para ir a la Península

Miguel González

El campo de refugiados de Calamocarro, estaba anoche de fiesta. Aunque la Delegación del Gobierno anunció recientemente que por ahora no habría más traslados, 90 de los casi 2.000 subsaharianos que se hacinan a las afueras de Ceuta recibieron el preciado pasaporte a la Península. También para André, un camerunés de 24 años, es una buena noticia. A partir de hoy, podrá dormir en un colchón al que hasta ahora no tenía derecho dada su condición de recién llegado. Sólo hace tres semanas que saltó la valla que rodea la frontera española, aprovechando las brumas de la madrugada para burlar la vigilancia.Llegó con los pies hinchados como botas y una herida en la mano que se hizo con la alambrada de espino. Salió el 12 de septiembre de Douala y recorrió andando, según asegura, los 4.000 kilómetros que le separaban del mundo desarrollado. En Camerún estudiaba Derecho pero prefirió emprender una aventura incierta antes que acabar en el paro, como los otros 13 miembros de su familia. "Cada hombre tiene que hacerse su destino", afirma.

La ruta que siguió André es muy similar a la de la mayoría de sus vecinos de Calamocarro. A través de Níger a Maghnía, en Argelia, y de allí a Oujda, ya en Marruecos, para subir por Fez y Rabat hasta Tánger o Tetuán. Castillejos y Bellionech, en las proximidades de Ceuta, son la última estación antes de dar el salto.

Fue en Argelia donde escuchó hablar por vez primera de la ciudad española donde podía conseguirse el billete para entrar en Europa. Allí se unió a otros cientos de subsaharianos que compartían su mismo propósito, pero la policía marroquí los detuvo y, tras dos semanas detenidos, los devolvió a Argelia. Así que cuando cruzó de nuevo la frontera, sólo unos pocos días después, decidió que a partir de entonces viajaría solo para llamar menos la atención.

Los habitantes de Calamocarro proceden de 27 países distintos. Los más numerosos, unos 600, son los nigerianos, de cultura anglófona. En una tienda de campaña, improvisada iglesia y escuela, uno de ellos imparte a sus compatriotas clases de español. En la pizarra puede leerse el último dictado: "Ésta es mi casa. Está en la calle Prim número 15. Es muy grande. Tiene piscina, jardín, garaje y una caseta para el perro".

Las condiciones higiénicas del campo, con la basura amontonada junto a las tiendas, son idóneas para la propagación de infecciones. Pese a ello, aún no se ha declarado ninguna epidemia. La explicación: por el camino se produce una selección natural y sólo los más fuertes consiguen alcanzar su destino.

Aunque tampoco es posible garantizar el estado de salud de los refugiados: las pruebas analíticas, de tuberculosis o hepatitis, no se les hacen al llegar al campamento sino cuando obtienen el visado para la Península. Los enfermos son rechazados, al menos hasta que reciben el alta médica.

La salida de 90 inmigrantes rebajará momentáneamente la presión producida por una población que cuadruplica la capacidad máxima del campamento, a pesar de las sucesivas ampliaciones. No será por mucho tiempo. La Delegación del Gobierno estima que entre 8.000 y 10.000 subsaharianos aguardan en las localidades vecinas de Marruecos el momento oportuno de cruzar la frontera. Para evitarlo, la frágil cerca exterior será sustituida por una valla blindada de 3,10 metros de altura recubierta de concertina.

Las obras, aprobadas por procedimiento de urgencia, deben iniciarse en marzo para estar concluidas después del verano. Aunque no hay presupuesto definitivo, se estima que ascenderá a 400 o 500 millones de pesetas. Poco, si se compara con los 5.680 millones que, con nulo resultado hasta ahora, se llevan gastados desde 1983 en impermeabilizar la frontera.

El cierre definitivo de ésta, con su red de focos, cámaras y sensores, no frenará a André ni a sus compañeros. El delegado del Gobierno, Luis Vicente Moro, reconoce que muy probablemente lo único que se logre sea desviar el flujo migratorio hacia otra ruta. Siempre quedará la gran muralla del Estrecho, que se traga a muchos de los que intentan cruzarla en frágiles pateras. Y no deja testigos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 03 de febrero de 1999.

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