En qué piensa el PP en su congreso

El mundo está cambiando muy rápidamente. Tanto que, a veces, nos parece que los acontecimientos históricos suceden antes de lo que debieran y que nuestras previsiones se quedan atrás sin que haya habido tiempo para formularlas. En estas circunstancias, no es infrecuente recibir la sensación de que ha terminado la edad del pensamiento político y que, a partir de ahora, nuestra convivencia se organizará según manden los mercados y los consultores sociales. Según ordenen los ordenadores, en definitiva. Lo cierto es que, las grandes cuestiones que deberemos afrontar en el Siglo XXI (como la ruptura del equilibrio ecológico de la Tierra, las migraciones humanas a gran escala, la crisis del concepto de Estado-Nación, la aparición de ejércitos privados y monedas privadas, el movimiento masivo de capitales o el renacimiento de las "guerras santas"), no pudieron ser ni sospechadas por los filósofos clásicos. Son nuevas. Lo cierto es que asistimos a metamorfosis tan profundas que nuestro presente está empezando a adoptar la expresión incierta de un porvenir. Quizá porque nos haya tocado vivir ese punto secular en el que se bifurcan los caminos de la historia prevista y de la historia real, lo cierto es que nuestros días continuarán (¿por qué no iban a hacerlo?) y no disponemos de los instrumentos teóricos adecuados para afrontar tal continuación. Como alguien dijo, las ideologías fueron como un par de gafas o como unos anteojos que invitaban a contemplar el universo tal y como resultaba filtrado por sus cristales. Lo que ahora nos sucede es que, liberados de tales lentes, cuando la tozuda realidad desborda los estrechos cauces de las predicciones ideológicas, somos todavía incapaces de reconocer el paisaje. Mantenemos las mismas separaciones, las mismas clasificaciones y el mismo lenguaje político que utilizábamos cuando la imagen de la sociedad nos llegaba encajada en escenarios mentales preconcebidos y, sin embargo, el cuadro que se presenta a nuestros ojos ya no es el mismo. Es muy diferente, por completo distinto, nuevo, otro. Insisto, no es que la historia de la filosofía política haya acabado es que ha variado radicalmente su rumbo, es que se ha ido por donde nadie la esperaba. Principalmente, es que han cambiado las preguntas y, por eso, suenan anacrónicas y oxidadas las respuestas. En este momento, por poner un ejemplo, cualquier crisis financiera puede destruir cientos de millones de dólares (o mejor, millones de euros que aún es una divisa virtual que nadie usa para comprar sus naranjas o sus coles) que nunca existieron mas que en la imaginación de los analistas bursátiles y, lo que es peor, tal "pérdida" es capaz de arruinar regiones enteras. ¿Es eso capitalismo? ¿Dónde queda aquello de que unos aportan los fondos y otros el trabajo cuando el dinero ya puede ser sólo expectativa de una expectativa de algún título intercambiable como si fuera dinero? ¿Dónde queda aquello, cuando los operarios dejan de vender su trabajo para intercambiar su conocimiento o cuando reciben su salario por aportar sólo información? ¿Dónde, cuando algunas empresas tienen presupuestos superiores al de la mayoría de los Estados, cuando la sociedad anónima mejor valorada puede carecer casi por completo de patrimonio empresarial o cuando algunas compañías reparten entre sus clientes "puntos canjeables" por bienes y servicios que son más apreciados que muchas monedas nacionales? Es así, seguimos hablando de autodeterminación y de liberación nacional, de soberanía territorial y de separación de poderes públicos, de derechas y de nuevas izquierdas, de partidos con puertas abiertas y de cuarto poder independiente, de deuda externa y de tercer mundo, de escandalosa pornografía en Internet y de solidaridad pactada por jefes de Estado, a un Planeta habitado por empresarios tan poderosos como monarcas y políticos, votados por millones de personas, que, paradójicamente, tienen menos influencia en las condiciones de vida de esas personas que el responsable de ventas de cualquier multinacional mediana al que nadie votó nunca. A un Planeta habitado por trabajadores ricos, trabajadores pobres de lugares ricos, trabajadores sin trabajo y trabajadores pobres y sin trabajo de lugares pobres. A un Planeta que plantea preguntas generales y sólo obtiene contestaciones nacionales, que tiene problemas generales y sólo recibe soluciones nacionales, regionales o locales, sólo soluciones pequeñas y parciales. Encarar esos retos, los nuevos retos, es la misión de cualquier propuesta política que pretenda ser actual, útil y factible. Y a esto se dedica, en este momento, el Congreso del Partido Popular, a pensar y proponer nuevas alternativas políticas para una realidad que plantea problemas desconocidos hasta la fecha. Ya no sirven de nada los viejos tópicos políticos, si acaso para justificar alguna sustitución partidaria de lo mismo por más de lo mismo, pero no para explicar lo que sucede ni para mejorar lo que sucederá. Ha llegado el momento de construir una gran coalición de demócratas (el centro político, ¿la tercera vía?) que empiece a defender la democracia en los escenarios reales del próximo milenio. No en aquellas batallas que nos contaron nuestros abuelos sino en los escenarios reales del próximo milenio. Si queremos elaborar un discurso político que sirva al tiempo que vivimos, necesariamente tendremos que contemplar el tiempo que vivimos, utilizar su lenguaje y atender a sus preocupaciones. Los antiguos griegos formularon una teoría de la democracia para la ciudad, los filósofos europeos ampliaron el ideal democrático al tamaño de la nación, ahora nos corresponde a nosotros empezar a pensar en la relación que une al Principio Democrático con la globalidad. Las ideas políticas también tienen futuro. Sí.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0028, 28 de enero de 1999.