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Patrocinio privado para un viaje papal

Veintiséis empresas financian la estancia en México que inicia hoy Juan Pablo II

El Papa, fustigador del consumismo y la avidez terrenal, arriba hoy a México con su imagen en 90 millones de bolsas de patatas fritas Sabritas. Juan Pablo II difundirá las conclusiones del Sínodo de las Américas, desarrollado en Roma a finales de 1997, y en la querida nación de la Virgen de Guadalupe convocará a la justicia social y al abrazo con el mundo indígena. El sucesor de Pedro llega patrocinado por 26 empresas privadas, desde Pan Bimbo hasta Hewlett Packard. "Hoy aparece en las bolsitas de las papitas, y se hicieron estampas y medallitas. Mañana, en su lugar aparecerá un futbolista, y pasado mañana, un cantante. Ponen al Papa al mismo nivel que éstos", dice la experta en medios de comunicación Florence Toussaint. El episcopado ha reclamado comedimiento en las leyendas y modos publicitarios, trata de aprovechar la penetración para ampliar el mensaje evangélico y el nuncio apostólico, el español Justo Mullor, se declaró inmerso en los nuevos tiempos: "Vivimos en una época de publicidad y somos hombres de época".Es la cuarta visita de Juan Pablo II a México, el país al que más ha atendido, con Polonia. Su proporción de católicos, el 90% de sus 100 millones de habitantes, le asegura fervorosas acogidas. El viaje es pastoral, pero apenas trascendieron públicamente los aspectos fundamentales, porque los gritos y chistes sobre la financiación y los anuncios trivializaron su contenido. "El sentido pastoral de esta gira no ha quedado bien claro para la abrumadora mayoría de mexicanos que profesamos la religión católica", destaca el político conservador Felipe Calderón. El Papa dejará en México su testamento religioso-político-social para el continente americano. En un país de creyentes, católicos o no, lamenta Calderón, se entrevistará únicamente con dos funcionarios agnósticos: el presidente Ernesto Zedillo y el alcalde de Ciudad de México, Cuauhtémoc Cárdenas.

El estadio Azteca de fútbol,con una capacidad de 115.000 personas, le permitirá reunirse con "representantes de todas las generaciones". En la basílica de Guadalupe, la mayor de México, con 10.000 fieles acomodados, oficiará su primera misa. Aproximadamente dos millones se agolparán en las avenidas más céntricas al paso del papamóvil, que cumplirá tres recorridos públicos: 76 kilómetros en total en sus cinco días de estancia. Cerca de 700.000 personas acudirán a la misa del domingo en el autódromo Hermanos Rodríguez, donde actuaron Madonna y Pink Floyd, y donde medio millar de sacerdotes impartirán la comunión a miles y miles de fieles. Diez mil policías y soldados vigilarán Ciudad de México. Gran cantidad de regalos se amontonan en la nunciatura y el episcopado: agua milagrosa para asegurarle la eternidad, una barbie polaca o unas pantuflas de piel de conejo manufacturadas por una anciana de 92 años. El Papa visitará a enfermos, recibirá a cardenales, arremeterá contra la fascinación por la riqueza fácil, citará la penosa situación de millones de niños abandonados y sin esperanza en América Latina, los problemas de la juventud y la creciente brecha de ricos y pobres. En reuniones privadas abordará asuntos que preocupan a la Iglesia local. Uno de ellos es Chiapas, oficialmente fuera de la agenda. El 26 de diciembre de 1997, la feligresía congregada en la residencia de Castelgandolfo escuchó al Papa dolerse por el cruel episodio de cuatro días antes en una ermita rural de la diócesis de San Cristóbal de las Casas: 45 indígenas habían sido asesinados en el paupérrimo Estado sureño donde nació la guerrilla zapatista. Juan Pablo II instó entonces a la solidaridad fraterna y a una solución dialogada de la crisis en Chiapas, propósito desatendido cuya vigencia recordará discretamente. Los discursos del Papa en todo el mundo se inspiran en los informes preparados por las respectivas conferencias episcopales, y México no es una excepción. Pero Samuel Ruiz, obispo de San Cristóbal, elaboró el suyo, que hará llegar al Papa, un documento titulado Del dolor a la esperanza, que denuncia al Gobierno. Y algunas confesiones no católicas aprovechan para protestar. Una es la Comunidad Levítica: "¿Cuántos niños que padecen desnutrición podrían ser alimentados con el dinero que se gasta en la visita? ¿Cuántos miles de kilómetros se podrían haber construido...?". Así hasta completar una página entera de publicidad pagada.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 22 de enero de 1999