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Tribuna:

Piononos

DE PASADAHistorias de un día cualquiera en la carrera del Genil. Uno de los 365 días en los que Granada conmemora el centenario de Federico García Lorca. Cuando Luis Oruezábal llegó al Granada en 1974 procedente del Vélez Sarsfield, lo primero que hizo fue pedir que lo llevaran a la Huerta de San Vicente. En su Buenos Aires natal, Lorca era un mito, un monstruo de la literatura divulgado en las ediciones de Losada. Una tabla para los náufragos del exilio. En Granada, Lorca era un monstruo que se comía a los niños crudos. Hizo la visita de forma semiclandestina y conserva las fotos junto al piano y demás enseres del poeta. Oruezábal regenta ahora el restaurante Chikito, el antiguo café Alameda que en los años veinte era frecuentado por Lorca, Falla, Andrés Segovia y Manuel Ángeles Ortiz. Fue como un reencuentro. Chikito es el sobrenombre de su antiguo socio, Mazurkiewitz, el portero uruguayo que defendió la meta granadina en el último esplendor. En la misma cera se encuentra el bar Casanova. Algunos escritores que se dan cita en el Tryp Albaicín piensan en el inmortal seductor que llevaron al cine Fellini y Ettore Scola. Pero si este Casanova vio muchas mujeres debió ser al trasluz de la rejilla de un confesionario. Don Vicente Casanova y Marzol era arzobispo de Granada cuando en 1932 Pío XI elevó al rango de Basílica la iglesia de Nuestra Señora de las Angustias, situada enfrente del santuario de los auténticos y deliciosos piononos. Del medio centenar de escritores reunidos en Granada sólo uno combate lo que Pepe Luis Vázquez llama la ola de sinsombrerismo. El poeta Jesús Hilario Tundidor es la réplica de Monsieur Hulot. Arrastra una leve cojera, secuela tardía de una lesión balompédica: en sus años mozos jugó de portero y fue internacional amateur contra Marruecos y Portugal. A esa mocedad pertenece su libro Junto a mi silencio con el que en 1962 ganó el Adonais. "El libro lo mandó Chari, mi mujer, sin yo saberlo". Es zamorano, fue alumno de Agustín García Calvo y canta por Caracol. Los escritores siguen a lo suyo: Manuel Villar Raso prepara una expedición a Burkina Fasso; Ángel Lertxundi traduce al euskera el Satiricón; Rafael Soto Vergés practica el realismo mágico con un truco de aúpa: llenar de Cádiz su casa de Pozuelo de Alarcón.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 13 de diciembre de 1998