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Tribuna:

Feliz Navidad

Me estoy quitando los puntos, y la herida no supura; es más, empieza a cicatrizar. La herida por tanta gente herida como conozco, como imagino: no la herida en carne propia, qué presunción, sino la herida cívica, fraterna. Por Marcia, por Lucho, por Carla, por Viviana, por Violeta, por Marcela, por Rodrigo, por Piero. Por tantos y tan mejores que sus verdugos. El teléfono no para, hoy, conectado directamente al corazón.Pero me estoy sacando los puntos. Punto número uno: a ver si Felipe González aprende a callarse de una puñetera vez. Que haga como la reina Gin-Tonic de Inglaterra, silenciosa ella con su bolsito de pedrería; muy apreciada por lo que fue y porque hoy ya no es ni quiere ser. Punto dos: comentar el lamentable cumpleaños que ha tenido que vivir su ex general, sin que sus esforzados defensores, la hez de la tierra, hayan podido cantarle su tema predilecto (después de Lilí Marlen, naturalmente), que no es otro que Libre, de Nino Bravo, que era también, horror dentro del horror, la canción que entonaban los presos del Estadio Nacional cada vez que uno de sus compañeros era rescatado del abismo. Nuestro actual acogido (no creo que sea refugiado), Bigote Arrocet, la interpretó casi rodilla en tierra para el prócer, en un festival de Viña del Mar.

Punto número tres: con Pinochet han sido entregados a la justicia los tiranos de antes, los de ahora y los que indudablemente vendrán. Gritamos jubilosamente, hoy, aquí, también contra Franco, y ojalá que algún juez como García Castellón o Garzón, de país ajeno, nos hubiera hecho gritar antes por atreverse a lo que nosotros no pudimos hacer.

Y punto número cuatro, pero no final: que alguien mande a Narcís Serra a Chile de una puñetera vez, a que les disuelva el Ejército. Es el momento ideal para hacer la transición de verdad, amigos.

Feliz Navidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 26 de noviembre de 1998