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Tribuna:

Democracia y secularización

Uno de los mejores criterios para conocer la situación social y espiritual de una época es recoger las seis o siete palabras que funcionan en boca de la mayoría, sin necesidad de explicarlas, porque poseen una supuesta evidencia. Se las pronuncia como poniendo delante una realidad sólida, cargada de peso y poder, a la que nadie puede oponerse, ni poner en cuestión. En España han funcionado con ese carácter mágico las palabras siguientes: democracia, modernidad, secularización, integración en Europa. Con ellas se enunciaba la madurez de la sociedad, la emancipación del individuo y el horizonte de una libertad y dignidad, confiadas ante el futuro. Analizamos dos de éstas y nos preguntamos por la conexión necesaria u ocasional entre ellas.Para muchos el avance de la democracia significa el avance automático de la secularización de la sociedad. Democracia como forma de participación del individuo y de los grupos en la gestión del poder, y con él en la distribución de la riqueza. Secularización como desplazamiento de las instituciones, símbolos e ideas que referían el hombre a Dios para dejarlo referido sólo al mundo como lo único que hay negando la diferencia entre lo sagrado y lo profano, entre el hombre y Dios. Nos referimos en adelante no primordialmente al paso de instituciones de carácter eclesiástico o de contenidos teórico-prácticos de naturaleza religiosa a otros de carácter civil y laico, sino a un nivel más profundo: la secularización de las ideas, de los símbolos y de las conciencias.

En este último sentido, ¿es verdad que secularización y democracia son inseparables? Esto supone afirmar que la llegada del hombre a la plena madurez, emancipación y conciencia histórica lleva consigo el abandono de la comprensión religiosa de la existencia, de la referencia a ese origen sagrado, libre y amoroso, que llamamos Dios, y al que comprendemos como principio originario de sentido y como meta planificadora de la vida humana, en el cual se asienta la libertad del hombre, como raíz en tierra fecunda, y hacia el cual avanza la vida como hacia plenitud sanadora y santificadora. ¿Es verdad que una radical modernización de conciencia y una lúcida afirmación religiosa son incompatibles?

Quienes afirman la conexión necesaria entre democracia y secularización comparten una concepción evolutiva de la historia, determinada por la idea del progreso: se pasa del mito a la metafísica y a la religión, que son estadios de desarrollo de la racionalidad ya superados. La razón en un sentido, la técnica en otro y ambas conjuntadas en una política democrática, pueden sustituir y heredar lo que la religión ha querido aportar a la humanidad, de forma ingenua porque no tenía los instrumentos teóricos necesarios, y de forma ineficaz, porque no poseía las instituciones y poderes técnicos para realizarlo.

Cuando estas afirmaciones se hacen de manera tajante, otorgándoles tal evidencia que no se para a fundamentarlas, se está afirmando al mismo tiempo que los creyentes, cuando mantienen la pretensión de ser demócratas y modernos, en el fondo viven presos de una ingenuidad no descubierta, no se han reconocido a sí mismos, viven todavía en la red de unas concepciones arcaicas. Sería el diagnóstico del no creyente el que descubriría su real verdad, siendo su mejor intérprete. Al creyente se le otorga buena voluntad, se le reconoce incluso una generosidad máxima, pero se le tiene compasión porque no ha despertado y se le intenta ayudar para que el día que abra los ojos no se muera del susto. En el fondo se le compadece. Se le acepta porque en democracia todo es aceptado: lo racional y lo arbitrario.

Esta actitud de mera tolerancia compasiva es profundamente antidemocrática, lo mismo que en otro tiempo lo fue la imposición social y constitucional de la fe. Es un comportamiento inmoral, generador de violencia. Nada ofende más al hombre libre que la tolerancia formal, a la que no corresponde una aceptación personal y una voluntad de comprender al otro en su mundo y en sus motivos. Cuando se da esa aceptación democrática formal a la vez que una denegación de dignidad intelectual, de valor crítico y de real contemporaneidad, se está infligiendo una ofensa tal al prójimo, que éste queda condenado a la humillación intelectual y moral permanentes. Y terminará reaccionando contra el que le humilla de esta forma.

Una democracia que se conforma con ser un marco, que acoge toda palabra, sin intentar descubrir su real valor y su posible universalidad, una convivencia cívica donde el pluralismo es un valor tan absoluto que se acepta toda opinión, sin reclamarle objetividad y sentido, terminan reduciendo todo a la arbitrariedad, en cuyo reverso está la secreta voluntad de imposición. Nada ofende más al prójimo que la aceptación arbitraria, por el mero hecho de que todo se pueda decir, toda opinión sostener y toda religión profesar. La democracia vive simultáneamente de la libertad y de la verdad, de la particularidad evidente y de la universalidad convergente; va de lo arbitrario posible a lo necesario fundante. Cuando una sociedad no se orienta hacia el sentido y no pregunta por lo humanamente necesario, que siempre nos tiene que estar dado en la raíz porque ni en el principio ni en el fin nos autofundamos, está encerrándose a sí misma en la trampa del deseo imaginario, de la omnipotencia engañosa, de la arbitrariedad indignificadora. Hay que dar y pedir razón; hay que dar y pedir sentido universal.

En los dos últimos siglos ha habido un proceso de democratización y modernización, que efectivamente ha ido unido a una secularización, en la medida en que se ha trasmutado la relación entre religión y sociedad entre institución de fe y autoridad ciudadana, entre nuestra relación con el mundo inmediato, transformable, material por un lado, y, por otro, con Dios como realidad santa, trascendente y salvadora. Ahora bien, la mutación en la forma de relacionarse no significa la negación de uno de los dos polos de la relación. Los hombres sólo podemos relacionarnos con Dios mediante palabras, símbolos, conceptos y formas de comportamiento, que nunca lo apresan, sino que lo enuncian, designan y apuntan a él. Cuando estas categorías de referencia se nos quiebran, creemos que hemos perdido la realidad Pasa a la página siguiente Viene de la página anterior de Dios. Pero ¿dejan de existir Salamanca, Ávila, Toledo, Granada porque en un momento dado hayan desaparecido las señalizaciones tradicionales de la carretera que nos conducían a ellas? ¿Deja de existir la Luna porque no haya un dedo que apunte hacia ella en la noche? Quizá lo que nos ocurre es que nos habíamos fijado en las flechas y en los dedos, olvidando que existen las ciudades y la Luna. La caída de los ídolos de metal y de los ídolos mentales es una bella oportunidad para redescubrir al Dios divino y olvidar nuestros fetiches.

La religión no es una fase de la historia humana, determinada por una geografía, cultura o conjunción de potencias y apetencias, sino una estructura de la conciencia, que de manera diferenciada se manifiesta en cada época, creando sus propias encarnaduras. De ella han nacido la moral, literatura, arte, política. Son hijas suyas; no su matriz. Ella es siempre mayor, siempre anterior, y sobrevive siempre a sus hijas. Y engendrará nuevas criaturas, si es vivida desde su lógica y exigencias propias. La religión vive delante de la ética, de la cultura, de la metafísica y de la política, pero no vive al servicio de ellas ni con permiso de ellas.

Una democracia que no se esfuerza en pensar por qué millones de hombres siguen creyendo en Dios a la altura de la ciencia última y de la conciencia política más exigente, los está condenando al silencio, esperando su desaparición o autodesengaño. Tal actitud secularizadora radical es foco potente de integrismo y fundamentalismo. Éstos en unos casos son expresión de un mortal y mortífero desfase en el desarrollo cultural y moral de la humanidad. En otros, en cambio, son expresión de una voluntad de salvar lo esencial. El hombre verdadero no accederá nunca a pervivir, si para ello pierde las causas que confieren sentido y dignidad a la vida. El fundamentalismo tiene que reconocer la historicidad de la vida, del saber y de la conciencia. La secularización tiene que reconocer la trascendencia, sacralidad e irreductibilidad mundana de la vida personal.

A la secularización de la fe ha seguido una segunda secularización: de la razón, la ética, el Estado, la política. El pensamiento débil y la posmodernidad han puesto el dedo en muchas llagas. Nieztsche lo advirtió: Europa no sabrá quién es y para qué está en el mundo, cuando haya desalojado la casa cristiana que habitó. Ésta es la encrucijada en que vivimos: abrir la conciencia hacia el Eterno para que no se asfixie en el tiempo, encontrar expresiones del Eterno para que rebrille en el mundo. Tenemos que reconocer que no sabemos qué mediaciones intelectuales, culturales y políticas responden hoy a esa doble exigencia. Mientras las buscamos, hay que ir más allá de la tolerancia formal hasta la aceptación personal del prójimo. Lo contrario es minar la base moral de la democracia.

Olegario Gutiérrez de Cardedal es catedrático de la Universidad Pontificia de Salamanca.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 19 de noviembre de 1998