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Tribuna:

Juntos a solas

Es fácil verlos, una y otra vez, sentados uno junto al otro en un autobús, un restaurante, una sala de espera. Desde luego, se trata de alguna clase de pareja y son más que amigos, puede que novios o, en la mayoría de los casos, marido y mujer. Por lo general, no sólo es que cada uno se ocupe de sus propios asuntos -leer un periódico, pedir otro café o más tostadas, apuntar algo en una agenda-, sino que suelen ingeniárselas para mirar casi siempre en direcciones distintas e incluso para adoptar una posición un poco ladeada con respecto a su acompañante, algo que técnicamente no pueda ser considerado como darle la espalda pero que sí elimine cualquier riesgo de enfrentarse a él o a ella sin intermediarios, sin posibilidad de fuga, cara a cara. Y, sobre todo, evitan cruzar entre ellos cualquier frase que no sea imprescindible -¿Qué hora es? ¿Me pasas el azúcar? ¿No crees que deberíamos irnos?- porque lo contrario resulta aún más peligroso: cada palabra que dicen, más grande es el silencio. Son los que no se hablan. Los que están juntos, pero también están solos.Observándolos, uno se da cuenta de que sufren, de que los gestos un poco exagerados con que a menudo pretenden dar una impresión de normalidad o desinterés o suficiencia ocultan un abismo. En una novela de Michel Tournier, Medianoche de amor, hay uno de estos matrimonios. Él se llama Yves y ella se llama Nadège. Cada domingo van a almorzar a una marisquería de la costa y a veces Nadège siente tanta vergüenza de su mutismo que, mientras su marido come, ella mueve en silencio los labios para hacer creer al resto de los clientes que le está hablando. Es fácil intuir que la mayoría de estas parejas aisladas en el interior de sí mismas, hostiles o inmunes al otro, se puedan parecer a Yves y Nadège, que se sientan avergonzadas de su incomunicación o celosos del modo en que la gente alborota o se ríe en el asiento de atrás, en la mesa de al lado. "Alguien que habla fuera, y eso es el silencio", dice el poeta Louis Aragon.

En cualquier caso, el de estas personas no es un asunto raro o privado; no importa sólo por lo que es, sino también por lo que significa como símbolo de unas sociedades en las que el futuro se ha convertido justo en lo contrario de lo que esperábamos. No hay más que fijarse en una ciudad como Madrid, llena de rascacielos, bares, cines: sitios pensados, en teoría, para la reunión y no para el abandono; llena de faxes, teléfonos móviles, líneas de Internet y aparatos que supuestamente facilitan el contacto con los demás, los hacen seres cercanos, accesibles. Sin embargo, cada vez es mayor el grupo de los solitarios, de los vacíos. ¿Por qué?

Puede que, dependiendo de cómo se mire, los faxes, Internet o los teléfonos celulares no valgan nada más que para mantener a quienes los usan en contacto pero alejados, disponibles y al mismo tiempo fuera de tiro. También para invadir la intimidad de sus dueños, para poner su campamento en el sitio donde antes estaban sus propias vidas. Hace un par de noches, un hombre y una mujer estaban cenando en una cafetería de la Plaza de España. Leyeron la carta durante diez o quince minutos. Pidieron el menú. A continuación, sonó un teléfono y el hombre lo descolgó. Luego, fue él quien hizo una llamada. Ella tenía un gesto de aburrimiento o fatiga mientras contemplaba con la cara apoyada en la palma de una mano a los que veían discos o revistas en otra zona del establecimiento. El hombre acabó pero, tras mirarla con una expresión de desamparo -ya lo estás viendo, qué quieres que yo le haga- marcó otro número. Trajeron sus comidas. La mujer empezó a comer sóla. Luego, sacó del bolso su propio móvil. Por un instante pensé: lo va a llamar a él, al aparato de al lado; va a decirle: se acabó, te abandono. Pero lo único que hizo fue conversar con alguien, transformarse en la otra mitad de dos personas que no tenían nada que decirse.

¿Cuántas personas así hay en Madrid, con su apariencia de piezas que no encajan, de bebidas hechas con líquidos insolubles? Ya lo escribió Carlos Fuentes: toda pareja es un triángulo imperfecto. Es una buena frase. Casi tan buena como esta otra: No se dejen cazar y apaguen los móviles.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 19 de noviembre de 1998