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Tribuna:

Profunda y superficial

Tradicionalmente, cuando se producen crímenes en las zonas rurales de nuestra tierra andaluza, son muchos los comentaristas que se aprestan a definirlos como consecuencia de esa "España profunda" a la que gratuitamente se le presume una ausencia de desarrollo social. No obstante, en las últimas fechas, si alguien ha contribuido a asociar esa concepción de "España profunda" a nuestra tierra no son precisamente las zonas rurales sino las capitalinas, con su presteza para engrandecer acontecimientos intrascendentes y para poner al servicio de personajes populares, en el mejor de los casos, o "populacheros" en el peor de ellos, decorados pulidos por la historia y millares de extras gratuitos que vociferan al son que marca la prensa del corazón. Curiosamente, no es el pueblo de Lepe, vilipendiado por todo chistoso que se preste, o el de Lucena, o el de Valverde del Camino, o el de Macael, o el de Sanlúcar de Barrameda, o el de Linares, o el de Dalías, sino que son nuestras capitales las que están dando la imagen equivocada de nuestra tierra. Las que en lugar de premiar la dedicación, el esfuerzo y el trabajo y la capacidad de darlo, abruman en baños de multitudes a quien tan sólo tiene el mérito de su fama, no sabemos por qué conjura insospechada o sospechosa. Y es más, son algunas de nuestras autoridades las que contribuyen con decisión a la grandeza de los eventos intrascendentes. Cortes de calles al tráfico, instalación de vallas, dotaciones de policía municipal, autorizaciones para la ocupación de vía pública de centros de información y retransmisión. Despliegues éstos que no se producen en los movimientos de masas más comunes, como los que se dan todos los fines de semana por la movida o por los acontecimientos deportivos. Muy probablemente a partir de ahora tengamos que pregonar que la "España profunda" lo es porque manifiesta su preocupación por las cosas más importantes de la vida y porque es capaz de dar ese trabajo que la "España superficial" capitalina cambia por una algarabía alienante.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 26 de octubre de 1998