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Tribuna:RELATOS DE VERANO

'Jamás saldré vivo de este mundo' (5)

Resumen de lo publicado: Una jauría de perros está a punto de dar alcance a Asier. Mientras huye, el joven recuerda cómo, hace dos meses, llegó a Santa Marta donde conoció a Laura, joven, guapa y rica, quien le dió cobijo en su mansión, guardada por dos criados chinos y una jauría de perros. Pasan una semana juntos, en la playa, besándose y acariciándose. Un día, el padre de Laura da una fiesta y le pide a Asier que sustituya a un camarero. Asier sabe que todo ha acabado

Al día siguiente, Laura tampoco apareció por la casa y Asier tuvo la premonición de que nunca volvería. ¿Por qué? ¿Qué es lo que él pudo haber hecho? ¿Qué es lo que a ella le habrían contado? Las preguntas sin respuesta daban vueltas dentro de él desde la noche antes, cuando salió de la cocina y fue a cambiarse y la estuvo esperando, hora tras hora, mientras escuchaba a lo lejos el ruido de la fiesta. Al principio se sentó en el porche, seguro de que Laura llegaría muy pronto, de que le iba a dar las gracias por la forma en que ayudó al Coronel y los dos se reirían de su traje blanco lleno de manchas de sangre. ¡Cómo había sido tan estúpido!Pasó la tarde inquieto, con la sensación de estar perdido en un túnel. Se tumbaba en la cama, salía al jardín, cambiaba de canales en el televisor: ...unos buzos han encontrado los restos de la Armada Española frente a las costas de Cuba... y ahora el número de la suerte... una ola de calor provoca miles de incendios en Grecia... fue el adiós de Michael Laudrup... el siete, el cero, el nueve... las llamas se acercan a Atenas...

En un par de ocasiones pensó ir a Santa Marta. Aunque, entonces, jamás cruzaría de nuevo la puerta del jardín de Laura. Puede que ya no tuviera ninguna razón para quedarse, pero a veces las personas se comportan de ese modo: saben que ya han perdido y fingen ante sí mismas que van a seguir luchando.

Cuando empezaba a oscurecer, oyó que un coche entraba en la casa y hacía sonar el claxon. Luego escuchó voces y risas. Entró al comedor y fue hasta la nevera. Había comprado algunas provisiones en la ciudad: un paquete de salchichas, queso en aceite, botes de cerveza, una lata de jamón. Estuvo un rato mirándolas y le parecieron objetos absurdos bajo aquella luz helada. Volvió al cuarto, puso el televisor, se tumbó en la cama y, a pesar de todo, al final se quedó dormido. Sin embargo, un par de horas más tarde estaba otra vez despierto. Se encontraba torpe, lastrado por aquel calor intenso que parecía concentrarse en su piel como una quemadura. Cogió una lata de cerveza del frigorífico y fue a salir al porche. En ese instante, a través de una de las ventanas, pudo ver a los perros: dos o tres se movían bajo los árboles, un cuarto estaba acostado cerca de las adelfas. Sus ojos brillaban en la oscuridad. Nunca había sucedido; ninguna noche antes los habían dejado sueltos. Asier se preguntó qué iba a pasarle. Ya no era un invitado; ahora era sólo un rehén, un hombre que no podía salir de aquella casa.

Venía caminando lentamente entre Jing Li y Xuang Pei. Llevaba pantalones verde-oliva, camisa sahariana color crudo, botas militares y, alrededor de la muñeca, mostrando una relación incongruente con todo lo demás, una pulsera hecha con tiras de cuero amarillas, naranjas, azules, violeta. Su piel estaba curtida por el sol o la intemperie y, en medio de aquella cara sombría y tostada, sus ojos eran exactos a los del Coronel, tenían aquel tono frío, oxidado, como el de un cuchillo hundido en un pozo. Se paró frente a la entrada y detrás de él lo hicieron los dos sirvientes chinos. Los perros empezaron a lamerle las manos.

-¡Eh! -gritó en dirección a la casa-. ¡Oiga! Asier abrió la puerta y salió al porche.

-Usted debe ser Luis, el hermano de Laura -dijo, y a la vez que lo hacía contó los perros: eran nueve.

-Mi padre le agradece la ayuda que nos prestó en la barbacoa, anteanoche -dijo, sin molestarse en contestar. -¡Ah, eso! Dígale que no tenía por qué haber...

-... Sin embargo, hay algunos aspectos -al decir esa palabra miró a derecha e izquierda a Jing Li y Xuang Pei- referentes a su estancia en nuestra casa -se pasó una mano por la mandíbula, con el ademán de un hombre que no se decide, que está a punto de empezar algo y aún se pregunta cómo.

-¿Mi estancia? Bueno, usted ya sabe que no vine solo. Usted ya sabrá que...

-...Podemos hablar, por ejemplo, de su alojamiento.

-¿Qué?

-Del traje blanco que destrozó en la cocina.

-No, mire... Fue Laura la que...

-¿Hablamos de los polos Fred Perry? ¿Hablamos de las cuentas en los restaurantes de Santa Marta? -su voz había ido creciendo, se había agudizado más y más, hasta convertirse en un aullido.

-Pero, escuche: en cuanto pueda hablar con Laura...

Luis hizo un gesto: se acabó, hasta ahí podríamos llegar, has colmado mi paciencia. Los criados chinos se abalanzaron sobre Asier; uno de ellos le sujetó los brazos y el otro le golpeó en el estómago, una, dos, tres veces. Golpes eficaces, certeros. Cayó de rodillas, junto a las adelfas, con un sabor amargo en la boca y los ojos llenos de lágrimas. Se acordó de la chica, de aquella vez en el refugio de los pescadores.

-Escucha, hijo de puta -le dijo Luis, acercándose a su oído, igual que si tuviera que contarle un secreto-: si vuelves a pronunciar una sola vez el nombre de mi hermana te mataremos. ¿Me entiendes? Mandaré que te hagan pedazos y te echen en la comida de los perros.

No... yo... espere... -intentó hablar Asier. El hombre le agarró del pelo. -Te gustan las niñas ricas, ¿eh? Como mi hermana, ¿a que sí? ¿Qué es lo que más te gusta de ella? ¿Los ojos? ¿La nariz? ¿Las manos? -miró a Jing Li y Xuang Pei, se pasó la lengua por los labios, tragó saliva-. ¿O son las tetas? ¿Qué me dices? ¡Menudas tetas tiene! ¿Eh? Se las habrás tocado, ¿eh? -le dio otro puñetazo. Asier sintió náuseas-. ¿Y ella qué? ¿Qué hizo contigo? ¿Te la chupó? -otro puñetazo-. ¿Eh? -otro más-. ¿Eso es lo que le pediste, allí en el bosque? -el cuarto golpe, el quinto-. ¿Te gustaría mucho, verdad? -seis, siete, ocho-. ¿Eh? ¿Eh? ¿Eh? ¿Eh? ¿Eh?

Asier se quedó en aquel lugar, doblado sobre sí mismo. Ya no sentía dolor, igual que si los primeros golpes le hubieran inmunizado contra los últimos; igual que si todo aquello sucediese muy lejos de él, le pasara a otra persona, fuese algo que le habían contado. Hacía mucho calor. Notó que arrastraban a aquella otra persona, que la metían dentro de la casa. Las copas de los árboles, Jing Li, Xuang Pei, el cielo. Empezaba a desvanecerse. Se acordó de aquellas imágenes de Atenas: carreteras cortadas, edificios reducidos a escombros. Y luego empezó a pensar en los cuadros guardados en el baúl, en la casa, el jardín, la mujer vestida de blanco que una noche, hace tiempo, dormía pacíficamente sobre la hierba.

Los dos sirvientes chinos le llevaban la comida y los materiales. Su tarea consistía en pintar una valla de hierro que había en la parte trasera de la casa. La valla limitaba la parcela del Coronel frente a una explanada y, más allá, el inicio del bosque; debía medir alrededor de 300 metros de largo por cuatro de altura, y estaba rematada por una especie de lanzas. La primera vez le dieron un mono blanco, una escalera, pinceles y unos cubos de pintura roja y lo que debía hacer era quitar la herrumbre con una lima, darle un par de capas de minio y pintarla. Cada día, Jing Li y Xuang Pei llegaban a la casa sobre las ocho y media, le llevaban hasta aquel sitio en una pequeña furgoneta y uno de ellos se sentaba a vigilarle. Tardó siete días en hacerlo y su trabajo fue valorado en 50.000 pesetas. Su deuda, según le dijeron, ascendía a medio millón y de esa cifra es de la que irían descontando lo que ganaba. La mañana en que había terminado, llegó Luis, miró la valla y dijo:

-No... No nos gusta de rojo. En realidad sería mucho mejor si la valla estuviese pintada de verde.

Asier comenzó de nuevo una tarea lenta y pesada: quitar el rojo, dar otra capa de minio, poner el verde. Tardó otros seis días en eso y restó otras 50.000 pesetas a su deuda. Cuando Luis fue a supervisar el resultado, miró a los sirvientes chinos y dijo: -Bueno... No estoy seguro. Jing, Xuang, ¿qué decís vosotros? Me parece que lo mejor hubiera sido pintarla de negro. Asier tardó otros seis días. Ahora estaba seguro de que eso era lo único que iba a hacer, pintar y despintar una y otra vez la valla. No se trataba de hacer un trabajo ni de devolver el dinero: estaba cumpliendo una condena. Se sentía mal, con la sensación de hundirse poco a poco en arenas movedizas, a cada minuto un poco más apresado, a cada minuto un poco más hondo. Calculó que ganando 50.000 pesetas por semana le costaría unos dos meses, todo julio y todo agosto, saldar su deuda. Tal vez pudiese hacerlo más rápido. Pero ni siquiera estaba seguro de que eso fuera a llevarle a alguna parte. Empezó a preparar un plan cuando supo que si no lograba escapar muy pronto estaría muerto.

Mañana, último capítulo

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 13 de agosto de 1998