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Morán

Era un domingo por la mañana y alguna noticia de ámbito internacional requería ser completada desde la redacción con la opinión del entonces ministro de Asuntos Exteriores, Fernando Morán. Un redactor marcó el teléfono de su domicilio particular con la intención de reclamársela. "Por favor, ¿don Fernando Morán?", preguntó el periodista. "No se encuentra aquí", oyó responder al otro lado del teléfono. "¿Y quién es usted?", inquirió el informador, "yo soy su hijo", le respondió. La curtida oreja del redactor le permitió volver a la carga con cierta seguridad. "Vamos, don Fernando", comentó, "que le he reconocido la voz, es usted el ministro". "No insista joven", respondió, "le digo que soy mi hijo". La anécdota viene a reflejar la naturaleza del personaje, cuyos pequeños despistes e inocentes desvaríos le convirtieron en objeto de chufla nacional hasta cosechar la mayor colección de chistes de nuestra reciente historia política. Hubo incluso algún medio de comunicación que le trató por ello con una crueldad a todas luces inmerecida.Personalmente conocí a Fernando Morán en los jardines de la Embajada de España en Copenhague. Fue en el transcurso de una recepción con motivo del viaje oficial del presidente Felipe González a Dinamarca. Morán estaba solo en aquel espacio repleto de invitados inmersos en animada conversación. Con las gafas sujetas por la punta de su nariz, el pelo desmadejado y dos fornidas matas de pelo brotando con descaro de sus pabellones auditivos resultaba tan ajeno a todo aquel ambiente diplomático que parecía un pobre. Esa procedencia de otro mundo de la que siempre hizo gala, la consecución del acuerdo de integración de España en la CEE y el mantener incólumes sus principios antiatlantistas lograrían con el tiempo voltear su imagen pública apagando la chirigota y ganando en prestigio y popularidad. Con ese bagaje y trece años menos que ahora se hallaba Fernando Morán cuando sobrevino la muerte de Enrique Tierno Galván. Miembro como él del llamado grupo de Salamanca originario del PSP que lideró Tierno enseguida se habló de Morán como su sucesor natural. Las visitas que el ex ministro realizaba a la clínica donde expiraba el viejo profesor molestaron al equipo municipal, que las llegó a tachar de intento carroñero de autopostularse como sustituto. El remate fue un obituario que bajo el título Sigue siendo imprescindible firmó Morán al día siguiente de morir Tierno en las páginas de EL PAÍS. "Esto no puede ser el fin de una época", comenzaba diciendo, para reclamar después la pervivencia del entusiasmo y la herencia política de aquel alcalde de Madrid. Desde ese día no fueron pocos los gestos de don Fernando dejándose querer para sucederle. Tantos como rechazos obtuvo por parte de los cargos del PSOE instalados en el Ayuntamiento de Madrid, la mayoría de los cuales se encuadraría después en el llamado sector guerrista. Su caudillo en Madrid, el entonces presidente de la FSM José Acosta, le negó tres veces como san Pedro vetando su candidatura en las elecciones municipales del 87, el 91 y el 95 en favor de Juan Barranco. Ahora en cambio sí les conviene y los mismos que le negaron le promueven, con 72 años a la espalda, para que dispute a Leguina la candidatura del PSOE al Ayuntamiento de Madrid. No lo hacen desde la convicción, que nunca la tuvieron, de que Morán pueda propiciar un vuelco electoral capaz de arrebatar el poder a la derecha y acometer los muchos problemas que Madrid padece. De eso ni hablan. Su elección es en realidad el fruto de una componenda maquinada para arañar cuotas de poder en la FSM, en línea con las viejas y aburridas intrigas internas que han envilecido ese partido en la región hasta límites insospechados. Los años no pasan en balde para nadie, Fernando Morán es un hombre mayor, con un carácter ciertamente irascible y un toque de egolatría que conocen bien sus compañeros en el grupo parlamentario europeo a algunos de los cuales puso en trance de cortarse las venas. Rasgos inéditos para la inmensa mayoría de los militantes que votarán en las primarias del PSOE y en las que Morán cuenta con muchas posibilidades de prosperar. Es como si Madrid fuera lo de menos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0005, 05 de junio de 1998.