Ministerios
El reportaje sobre el Teatro Real del pasado 28 de septiembre -con espléndidas fotos y dibujos- me ha mostrado una sala desangelada, fría, casi inhóspita para lo que significa una función teatral de un lugar de encuentro cultural. Me recuerda más bien a los ministerios alemanes de la: segunda posguerra, carentes de gracia y vuelo artístico. O edificios públicos de Holanda y otros países nórdicos, funcionales y solitarios, deshabitados del espíritu de comunicación. El grandioso vestíbulo de columnas aparece también helado y desabrido.Como escenario principal de ópera y ballet, ha perdido todo el encanto y atractivo que tenía mientras, fue sala de conciertos, con unos tapizados de colores suaves, lámparas y otros elementos decorativos que proporcionaban una sensación de calidez e invitaban a adentrarse con espíritu abierto y gozoso en el concierto.
Y debo señalar inmediatamente que celebro la reforma del teatro porque soy una espectadora militante de ópera y ballet.
Pero lo que conozco hasta ahora del edificio -fachada, taquillas y vestíbulo de entrada-, pintado todo de un gris frío, de fábrica, que se ha impuesto entre los arquitectos de su tiempo, es desolador. Las hornacinas de la fachada, eliminadas y convertidas en ventanas ministeriales, recuerdan a las de los Nuevos Ministerios. La foto del tercer piso nos muestra un lugar desnaturalizado, áspero, que no parece tener conexión con el resto del teatro. No se puede hablar de un conjunto austero, en todo caso raquítico y escaso. Tal como está, no hay decoración para un teatro a la italiana que ha cumplido 147 anos. Globalmente, ha faltado el soplo interior, artístico y sensible, que realce este malhadado teatro. Así ha quedado adulterado. De concepción y espíritu mediterráneos y para mediterráneos, el conjunto ha sufrido una reforma a la nórdica.
No querría empanar con este juicio el trabajo de los arquitectos -valioso, esforzado-, pero tampoco quiero traicionar mis impresiones.
Tal vez en otra reforma este teatro de tortuoso sino -ahora desgraciado (sin gracia)- recobre su esplendor y calidez perdidos, como la cenicienta que encuentra su zapato.-
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