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Yacaré (4)

Cuatro manosPor LUIS SEPÚLVEDA

UN DELICADO RAYO DE SOL atravesando la niebla indicó que amanecía sobre Milán. Contreras abrió la ventana y el cuerpo de Ornella Brunni se estremeció bajo las sábanas. Había sido una noche larga. La chica llamó a su puerta a eso de las dos de la mañana, justo cuándo Contreras terminaba de hablar con el detective Chielli.- Usted me gusta, chileno, de verdad me gusta -empezó diciendo Chielli. -Me encantan las declaraciones de amor -respondió Contreras.

-Me enloquece su humor. Bromas aparte, parece que tiene razón. Los de laboratorio encontraron curare en el libro, y el dardo desapareció porque estaba hecho de tela de araña y resina. La humedad de la bolsa plástica lo deshizo. ¿Entiende?

-Curare. Un veneno que produce parálisis muscular. Todos los músculos dejan de funcionar, ergo, muerte súbita. ¿Sabe el comisario que está contándome un secreto de sumario?

-Sí. Él quiso hacerlo, pero es tan tímido como su barba, en cambio yo, usted entiende; un tipo de mi volumen no puede ir de tímido por la vida.

-¿Y puedo saber por qué me cuentan todo esto?

-Porque el comisario y yo creemos que hay algo muy podrido detrás de la muerte de Brunni y los otros dos tipos. Qué diablos, nos gusta el oficio y queremos llegar hasta el final.

-De acuerdo. Nos echaremos manos mutuamente -aseguró Contreras antes de colgar.

Abrió la puerta pensando en un mensajero, pero se encontró con la mirada verde de Omella Brunni.

-Di un paseo, fui a casa, sentí miedo, y aquí estoy -dijo, arrojando la cazadora sobre una silla.

-Está bien, puede dormir en el sofá - rezongó Contreras.

-Estoy acostumbrada a dormir en camas anchas -indicó la mujer.

-Peor para mí -aceptó Contreras tomando una almohada.

Se tendieron, ella en la cama y él sobre el sofá. Así permanecieron largos minutos, sin otro lenguaje que el producido por el aspirar de los cigarrillos.

-Ya sabe cómo mataron a mi padre, ¿verdad? -rompió el silencio Ornella.

-No, pero supongo que la nueva autopsia encontrará restos de curare, tela de araña y resina en su cuerpo.

-Manaí. El fue. El gran brujo Manaí.

-Vamos, Ornella. Usted es una mujer inteligente. No creerá que un brujo es capaz de soplar una cerbatana al otro lado del mundo y acertarle a su padre en la nuca.

-Mi padre tenía miedo de Manaí. Repetía su nombre en las pesadillas. Ignoro cómo lo habrá hecho, pero lo hizo. El gran Vitorio Brunni trató de comprar su vida al adquirir ese seguro a nombre de Manaí, pero el brujo no se dejó sobornar.

-Ornella, yo trabajo con hechos demostrables. Mi misión consiste en demostrar que fue asesinado, lo que ocurra con el culpable no me interesa.

-Le hablaré de un hecho demostrable: Guido Vincenzo era un joven antropólogo investigador de las culturas amazónicas. Un día publicó un artículo en el que denunciaba el exterminio de los anaré, y entre los responsables! citaba a las autoridades brasileñas, paraguayas, y a una industria italiana llamada Marroquineras Brunni. Un mes más tarde, Guido apareció en el fondo del mar. Manejando borracho desbarrancó con su vehículo. Lo curioso es que Guido no bebía, no podía beber, porque era diabético.

-¿Existe ese artículo? Omella se incorporó, fue hasta su cazadora, y le entregó varios folios fotocopiados. Contreras empezó a leer.

El artículo decía que los anaré son indios de muy baja estatura por lo que a veces son confundidos con pigineos que habitan más al norte de la Amazonia. Nómadas que se desplazan en un territorio de unos dos millones de hectáreas y que viven casi exclusivamente de los huevos y carne de yacaré. Hablan una lengua con muchas palabras prestadas del guaraní y su mitología está impregnada con la presencia del yacaré.

Hasta hacía unos tres años antes de la publicación del artículo vivían evitando cualquier contacto con el hombre blanco, pero una invasión de cazadores de yacarés al mando de un alemán llamado Schiller había invadido su territorio provocando varias matanzas de indios que intentaban trasladar crías de yacarés hacia el interior del Matto Grosso. Y el alemán, terminaba indicando el artículo, era agente de compras de Marroquineras Brunni, lo que evidenciaba la complicidad de la industria en el exterminio de indios anaré.

Contreras terminó de leer, quiso decir algo, pero descubrió que Ornella dormía plácidamente. Con delicadeza la tapó, y luego se tendió en el sofá a esperar la mañana. El sonido del teléfono sobresaltó a Omella Brunni.

-¿Señor Contreras? Soy Carlo Ciccarelli. Anoche me comporté groseramente con usted. Venga a desayunar conmigo pues quiero que hablemos de hombre a hombre. En diez minutos pasan a recogerlo -dijo el inválido, y colgó. -¿Qué hora es? -bostezó Ornella.

-Hora de marcharme. Siga durmiendo. Le prometo que volveré antes del mediodía.

CARLO CICCARELLI lo recibió en el amplio comedor de la mansión. Le alargó una mano huesuda al tiempo que agitaba la nariz bajo las gafas oscuras.

-Vaya, huelo que pasó la noche con Omella. ¿Cómo se porta en la cama la putilla esa? ¿Fornica con El capital bajo la almohada?

-Es fabulosa, le gusta follar de pie. Usted no tiene la menor chance de comprobarlo.

-No se sobrepase. Doy una orden y lo sacan de aquí a patadas.

-No lo dudo. Pero usted no pegará ninguna. Carlo Ciccarelli soltó una estruendosa carcajada. Chistó los dedos y un mozo le acercó una caja de habanos.

-Sírvase. Son legítimos de Vuelta Abajo.

-No, gracias. Soy fiel a los Condal.

-Me gusta Contreras. Usted es insolente y cruel. Los idiotas creen que ésos son defectos, cuando en realidad son virtudes. ¿Qué sabe de la vinculación entre Marroquineras Brunni y los indios de El Pantanal?

-Todo.

-Lo imaginé. Ornella está empeñada en hundirnos. ¿Qué piensa hacer con lo que sabe?

-Nada. Sé de importaciones fraudulentas, de violaciones a leyes internacionales, de sobornos, de crímenes, pero todo eso es pan de cada día y el chantaje no es una de mis especialidades. ¿Lo decepciono?-Al contrario. Me demuestra que no es un idiota. Respeto a los hombres que conocen sus limitaciones. ¿Quién trató de matarme anoche?

-¿Cómo podría saberlo?

-Ornella lo sabe y seguramente se lo ha dicho. Es el mismo que mató a Vitorio, a Schiller y al infeliz de Estévez. Maldita sea. Lo reconozco y qué más da si el resultado de la nueva autopsia impedirá que lo sigamos ocultando. Pero hay algo que no debe olvidar, Contreras; su aseguradora está también involucrada por haber aceptado cubrir seguros de contrabando de pieles, de tal manera que cualquier escándalo salpicará a los suizos.

-¿Y qué sugiere?

-Traiga a Omella, convénzala. Ella es la única que puede detener a ese tipo. Prómetale lo que quiera, que lo sacaremos del país, dinero, lo que quiera.

Contreras entendió que Carlo Ciccarelli había perdido toda su seguridad. Estaba muerto de miedo, porque el extraño visitante se encontraba todavía en algún rincón de la Villa. Así lo decía el aullar de los mastines en el jardín, y el ajetreo nervioso de los guardaespaldas que no dejaban de moverse entre los árboles.

-¿Manaí está ahí afuera y eso lo hace cagarse de pánico?

-No sea estúpido. Manaí no existe, fue una invención para sacarme de encima a Vitorlo. Cuando supo lo de la matanza de indios se indignó y voló a Paraguay para detener el negocio. Era un cobarde, así que con Schiller le montamos un show con brujos de la selva para asustarlo. No fue difícil. Lo acompañaba su mujer, y a ella le metimos en la comida una pócima no mortal, pero que le provocaba dolores atroces. En Asunción la revisaron docenas de médicos, todos sobornados, que se declararon incapaces para luchar contra la magia de Manaí, el gran brujo de los anaré, hasta que, cuando la mujer aullaba de dolor, Vitorio pidió que lo llevaran a presencia del brujo. Lo demás puede imaginarlo. El brujo le exigió abandonar el negocio, Vitorio obedeció, su mujer sanó, pero el miedo se le metió en la sangre y le hizo contraer ese ridículo seguro de vida. Maldita sea. Lo teníamos todo controlado, hasta que empezaron las muertes.

Carlo Ciccarelli fue bajando el tono. Luego, para serenarse, empezó una perorata en la que describía con frialdad estadística las actividades de Marroquineras Brunni en El Pantanal. En la parte paraguaya empezaron a escasear los yacarés, porque los indios trasladaban cientos de crías hacia el territorio del Matto Grosso brasileño, por lo tanto acordaron darles un escarmiento, matar unos pocos, pero no contaron con la ira de los cazadores que vieron disminuir sus ingresos, ni con la bronca de los militares brasileños y paraguayos, que dejaron de recibir sobornos, y toda la ira y toda la bronca se descargó sobre los anaré.

-Somos una gran industria, Contreras. Sobre la mesa hay una carpeta hecha con piel de yacaré joven. Entre quince y veinte animales se necesitan para hacer una carpeta así, que en el mercado supera los mil dólares. ¿Que matamos unos pocos animales protegidos? ¿Y cuánto dinero de nuestros impuestos destinamos a ayudar a esos países piojosos? ¡Millones!, Contreras, millones, porque el capital no sólo sirve para comprar materias primas; también se invierte en certificados de inocencia, en diplomas de buenas intenciones. No quisimos liquidar a todos los indios, pero Italia, Europa está llena de degenerados que quieren arruinarnos. Han llegado hasta el parlamento, otros desalmados arrojan pintura sobre las mujeres que visten pieles. Un intelectualillo escribió un artículo culpándonos de las masacres de indios, pero ningún desgraciado menciona que producimos riqueza, que generamos miles de puestos de trabajo.

-Su patriotismo me tiene sin cuidado. Llame al comisario Arpaia -ordenó Contreras.

-¿Al comisario? ¿Qué piensa hacer?

-Llámelo y verá, ¿o prefiere un dardo en la nuca?

El comisario Arpaia y el detective Chielli no tardaron en presentarse. La policía italiana y el investigador privado iban a trabajar a cuatro manos.

-Usted dirá, Contreras -saludó el comisario.

-Disponga que desalojen la Villa. Sólo el doctor Ciccarelli podrá quedarse, y además necesito un helicóptero de la policía.

-Eso está hecho -exclamó el detective Chielli mordisqueando un toscano. En las gafas oscuras del inválido se reflejaba el gris cielo de Milán, y el estupor que derrotaba su senil arrogancia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 23 de julio de 1997.

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