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Tribuna:

La verdad

Se despertó de madrugada y permaneció encogido entre las sábanas, sin decidirse a poner la radio por miedo a despertar a su mujer. Finalmente, los nervios le empujaron a la de la cocina, donde sintonizó un programa de noticias por el que se enteró de que un tornado había causado grandes destrozos en Miami. No se dijo que él estuviera implicado, pero tampoco lo contrario, así que regresó a la cama algo nervioso y concilió un sueño breve, lleno de grumos, antes de que sonara el despertador. Durante el desayuno, su mujer le preguntó si volvía a dolerle la espalda o tenía alguna preocupación. El negó con la cabeza mientras escuchaba la primera tertulia de la mañana por si salía su nombre a relucir.Ya en la oficina, leyó atentamente el periódico disimulado entre las piernas, sin verse citado en ningún sitio. No obstante, a las once fue al cuarto de baño y con el móvil que le habían regalado el día del padre telefoneó a la secretaría de Gómez de Liaño para preguntar si el juez estaba interesado en interrogarle. Le dijeron que no. "¿Puedo salir de España entonces?", insistió al tiempo que cortaban bruscamente la comunicación al otro lado. Regresó al despacho con gesto huidizo y confesó a su compañero de mesa que tenía miedo de que su nombre figurara entre los 200 expedientes de la supuesta amnistía fiscal. "Pero ¿cuánto dinero ganas?". "No sé, entre mi mujer y yo no llega a tres millones y medio al año". Su compañero le mandó a la mierda y eso fue todo.

Por la tarde, al volver a casa, preguntó si había llegado alguna, notificación del juzgado de guardia o si alguien les había amenazado.

Por teléfono, pero no, todo estaba en orden. Antes de acostarse, mientras se cepillaba lo s dientes, se contempló en el espejo enfrentándose al fin a la verdad. "Dios mío", se dijo, "no soy nadie".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 16 de mayo de 1997