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Tribuna:

A vueltas con el asilo

Me he resistido por un tiempo a participar en lo que constituye un debate abierto sobre la propuesta de eliminar el derecho de asilo entre los países miembros de la Unión. Lo hago ahora en razón de mis 15 años de trabajo con el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), durante los cuales he defendido la promoción y la aplicación de ese derecho en numerosos países conflictivos y en tres continentes. También lo hago como eurodiputado y convencido europeísta, sin ninguna pretensión de atacar a nadie, comprendiendo las razones de todos, de manera necesariamente incompleta y dispuesto a seguir el debate sin descalificaciones ni rasgaduras de vestiduras y de honores.

1. El ACNUR es una organización internacional de las Naciones Unidas. No es una ONG. Creado en 1951 y ratificado en su mandato cada cinco años por la Asamblea General de las Naciones Unidas, el ACNUR es el organismo responsable a nivel internacional de velar por la promoción y el respeto del derecho de asilo y la aplicación de la Convención de Ginebra de 1951 y de su protocolo adicional de 1967. Y a través de su doctrina y de las resoluciones de su comité ejecutivo (del que forma parte España) ha manifestado su clarísima posición a favor del mantenimiento del principio del derecho de asilo entre los países de la Unión. Como organización internacional, las opiniones que emite pueden ser discutibles, pero deben ser tratadas con el respeto, el análisis y la seriedad que merecen.

2. Deseos jurídicos y realidades políticas. En bastantes de los textos oficiales y contribuciones individuales a favor de la posición de reforma del Tratado de la Unión para eliminar ese derecho se confunden, lo que es extraño proviniendo en general de juristas, los deseos de una Europa realmente unida, con espacio jurídico único, con una única voz voto en los organismos internacionales y quizá con un sillón único en el Consejo de Seguridad de la ONU, con la realidad actual. Por más libertad de circulación de las personas (bastante relativa aún) y eliminación de fronteras interiores (más relativa todavía), Europa no es hoy una unidad política en términos de derecho internacional. Ni lo será por algún tiempo. Y los que queremos que sí lo sea tenemos que trabajar por acelerar ese proceso de transición, cuyos enemigos son cada vez más poderosos, pero debemos reconocer que nuestros deseos siguen sin ser realidades. Y, por tanto, seguimos firmando 15 veces cada tratado, acuerdo, convención, y seguimos teniendo 15 asientos en la Asamblea General de la ONU.

3. Ni reforma ni eliminación. Y como las convenciones se firman de momento por los Estados, deben ser respetadas por los Estados y no pueden obviarse por clubes de Estados que deciden otorgarse a sí mismos certificados permanentes de buena conducta y eximirse del cumplimiento de sus compromisos frente a otros Estados firmantes de las mismas convenciones, con el argumento de que son Estados democráticos y que se van a unir un día de éstos.

4. La democracia no es un club. Ni debe serlo. La exclusión del derecho a pedir asilo entre los 15, por las razones esgrimidas, dejaría sujetos a sospecha a los no miembros. Como, por poner ejemplos poco discutibles, a Noruega, Canadá o Suiza, países de los que sí admitiríamos las peticiones de demandas de asilo.¿Dónde se podría y quién establecería los límites en cuanto a la exclusión de las peticiones de demandas de asilo provenientes de qué países? ¿De Australia no, pero de Nueva Zelanda sí? ¿De Chile cuidado, pero de Argentina casi? ¿Y de Estados Unidos o de México? Esta aproximación al debate, por el lado de que somos democracias "maduras", reintroduciría el principio de que sólo se admiten las demandas de los países "malos". Durante años hemos trabajado a nivel intemacional para que tanto la petición, la admisión a trámite o aun la aceptación de una petición de asilo no fueran consideradas actos hostiles en relación al país de origen del solicitante, ni ningún juicio político sobre su realidad. Si aceptáramos la autoexclusión de 15 Estados por las razones esgrimidas, estaríamos señalando con el dedo a los demás.

5. Un poco de calma. Comprendiendo perfectamente y compartiendo los objetivos que persiguen nuestros Gobiernos sucesivos al plantearse las reformas del tratado en ese campo, me uno a los que consideran gravísimo el que se pueda vulnerar un principio universal de protección de los derechos individuales fundamentales para responder a un problema grave, pero concreto. Y al terrorismo se le debe y puede combatir reforzando otros mecanismos, como mejor información, colaboración policial, tratados ágiles de extradición, trámites acelerados en los procedimientos de asilo, mediante el uso del concepto de "solicitud manifiestamente infundada", etcétera. Pero sin abrir una grieta profunda, de repercusiones extracomunitarias seguras, en el ya debilitado derecho de asilo. Finalmente, hay que recordar aquí y ahora que la Convención de Ginebra excluye que puedan acogerse a ella los ciudadanos relacionados con actos de terrorismo.

Somos justamente los que queremos una Europa verdaderamente unida, espacio común de libertades, los que queremos que se respeten los tratados y los principios. Y estamos seguros de que el terrorismo es uno de los enemigos a eliminar desde la justicia, la libertad y el derecho. Pero no contribuyamos ni un poquito a destruir estas conquistas para combatirlo. Es lo que pretenden. Y, además, no califican.

es vicepresidente de la Comisión de Exteriores del Parlamento Europeo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 18 de abril de 1997