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Tribuna:

Luteranos

Sólo me gustaba la plataforma digital porque no la entendía, pero ayer Juan Cueto, el teólogo de la informática, me explicó con toda claridad en qué consistía y desde ese momento ha dejado de interesarme. Hasta ahora me excitaba asistir a esta trifulca de periodistas y políticos divididos en dos bandos irreconciliables que discuten con ferocidad acerca de algo que la mayoría de ellos ignora. Este desbarajuste mental se parece a las peleas en los concilios de la Iglesia donde se hablaba de Dios tratando de reglamentarlo sin que ninguno de aquellos cerriles escolásticos lograra aprehender su. misterio. En la historia del cristianismo se han derramado millones de litros de sangre por una sola palabra del Credo, incluso por una "y" copulativa y ésta es la hora en que nadie ha logrado desarmar a la Santísima Trinidad todavía, pero un hecho es evidente: cuando el poder no puede enfrentarse a la realidad con argumentos de la razón acude al dogma y al anatema para suplir la inteligencia con el castigo. Pese a todo los protestantes descodificaron a Dios. Contra ellos la Iglesia montó el Concilio de Trento, que no era sino una plataforma gubernamental frente al espíritu de libre empresa de los luteranos ya que ellos querían hacer uso privado de la fe. Los escolásticos de Trento habían comenzado a cablear a Dios, mas he aquí que Dios, materia caprichosa y volátil donde las haya, en vez de llegar por un cable de fibra óptica a través de una zanja por el asfalto decidió entrar por el tejado, digitalmente, vía satélite, cosa que les pilló desprevenidos. La comunicación por sistema digital es la forma moderna que adopta hoy el antiguo Espíritu Santo, un ave informática que te lleva previo pago por el camino más rápido al gol de Ronaldo, al cigarrillo de Bogart o al coito soberano de la reina del porno. En mitad de ese camino se ha establecido la pelea entre escolásticos y luteranos. Detrás de cada palabra del Credo había una cota de poder, pero eso sólo lo sabían los teólogos más finos. Los demás embestían

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de febrero de 1997