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Reportaje:

Boda por lo gubernamental

El vicepresidente Francisco Álvarez Cascos celebró en Córdoba, un enlace matrimonial privado con gran despliegue de aparato público

El acontecimiento era de tronío: boda del vicepresidente primero del Gobierno, Francisco Álvarez Cascos, de 49 años, divorciado, cuatro hijos, con la señorita cordobesa Gema Ruíz Cuadrado, de 22 años. Boda civil, oficiada en chaqué por el alcalde, Rafael Merino. Los jardines de Córdoba fueron acordonados, vallados y sometidos al control de la policía nacional, Los baches, socavones y otros desajustes del trayecto que la comitiva nupcial iba a seguir se repararon por orden municipal. El Salón de Mosaicos -bellísimo- del Alcázar de los Reyes Cristianos fue pulido y frotado sin dilación. Se colocaron macetones de plantas donde se precisó, y los okupas del ruinoso edificio contiguo recibieron disuasoria orden de desahucio, yendo a parar a un jardín que, prudentemente, se aisló con vallas. Un par de centenares de agentes de lo más cachas vigilaban por aquí y por allá. El vestíbulo de la estación del AVE fue acotado por la fuerza pública para que a ningún pardillo se le ocurriera bajar al andén y molestar a las personalidades viajeras, y de la explanada exterior desaparecieron los coches aparcados.A los periodistas nos acreditó el mismísimo Gobierno Civil, y se nos metió en un recinto sellado por barreras rojas -que quedaban muy lucidas, amén de patrióticas, sobre el gualda del albero recién sembrado por el Ayuntamiento-, para que viéramos pasar a los novios y a su comitiva por el pasillo que conducía al salón. En fin, que estábamos ilusionados y, por eso, lo que vino después nos desfondó. Le preguntamos a Florentino Alonso -asesor, desde hace seis años, de Francisco Álvarez Cascos si los novios posarían al entrar. Dijo que no. ¿Y al salir? No, no. ¿Y al llegar al restaurante donde se celebraría el banquete?

Decididamente, no. Entonces, ¿esto es una boda privada?, pregunté. Por fin: si. Y tenía razón. Privatizaron media Córdoba, como si la boda la hubiera organizado el profesor Barca, y e asunto acabó por ofrecer un escalofriante toque simbólico.

A la boda propiamente dicha -civil y con chaqué: cosa;

de nuevos ricos- sólo asistieron, aparte del presidente. Aznar y su señora, con casaca de color rojo veneciano y bordados moriscos tipo paje de Otelo -el pequeño Alonso iba de niño inglés-, el vicepresidente económico, Rodrigo Rato; la ministra de Cultura y Educación, Esperanza Aguirre, y el ministro de Trabajo, Javier Arenas. Todos ellos, por cierto, bastante más complacientes con el periodismo que los novios. Alvarez Cascos pasó como una exhalación, dando el ,brazo ,a su hermana Cristina, que llevaba pamela, pero sólo el ala, quiero decir que iba sin casco, seguramente para no redundar. Ni siquiera se detuvo para saludar a un fotógrafo que tenía la esperanza de que se parara porque, como él, es de Asturias, y le conoce desde hace tiempo. La novia también trotó a toda oblea hacia el Salón de Mosaicos, que, miren por dónde, fue cárcel de mujeres hasta el año 50, y más atrás, hasta el siglo XIX, capilla, y más atrás tuvo una celda de la Inquisición al lado. Pero a lo que iba. Gema lucía monísima porque no hay novia fea, como bien saben, y ella es espectacular, muy parecida a Dimitra Papandreu vestida por Vittorio & Lucchino, de blanco marfileño con pétalos de seda en las mangas y el bajo de la falda, que tenía una discreta cola.

La madre de la novia, Marita, que es ATS en el hospital Reina Sofía y quedó número 14 en las últimas municipales, por el Partido Popular -si un concejal dimite o la casca, le tocará a ella ocupar asiento-, cautivó al personal por su indudable entrega a las relaciones públicas. Es una mujer muy guapa, que podría llevar al contrayente como pareja propia, pero, lo que son las cosas: su esposo, y padre/ testigo de la novia,

Juan Rafael Ruiz Baena, también casose con ella en segundas nupcias, y le lleva 17 años.

Debe de ser cosa de familia. Dijo que lo que más le gusta de su yerno es su honestidad y su sinceridad. Encantadora estuvo también María Jesús Botella, hermana menor de la esposa del presidente del Gobierno, que es asesora del grupo popular en el Ayuntamiento y cuyo marido, Ignacio Camacho, también es médico del hospital Reina Sofía.

Pero el misterio misterioso que más nos intrigaba -aparte el hecho de preguntarnos por qué nos obligaban a comportarnos como perros de caza- era por qué ni Isabel Tocino, ni Loyola de Palacio, ni Margarita Mariscal, ni Jaime Mayor Oreja, ni Rafael Arias Salgado, ni Josep Piqué, todos ministros de la cosa ésta de ahora, habían acudido a la ceremonia nupcial, prefiriendo dirigirse directamente al restaurante. ¿Rechazo a lo civil? Hicieron mal, porque, para compensar la ausencia de sacerdote, la novia invitó a quien fue su tutora en el colegio de la Santísima Trinidad, cuyo nombre de pila es nada menos que María de la Capilla. También acudieron atractivas mozuelas amigas de la novia, que recorrieron el pasillo con ese aire genuino de superioridad que quiere decir: "Si ella ha podido, ¿por qué no me puede tocar a mí, al menos, un subsecretario?". Estimulante.

Unos cuantos cientos de lugareños, que siguieron el acontecimiento agrupados en torno al Alcázar en la esperanza de ver algo y quizá salir en televisión, obtuvieron su recompensa: el diestro Enrique Ponce y su inminente esposa, Paloma de la Cueva, llegaron solos, al galope y con media hora de retraso, porque por lo de la privatización momentánea de Córdoba tuvieron que dejar el coche ni se sabe dónde. El público, que antes, muy solidario, entonó para las cámaras Asturias, patria querida y Macarena, recibió al diestro con gritos de "¡Torero!".

Entretanto, en el restaurante, unos 300 invitados esperaban, tomando sidra y Moriles / Montilla -síntesis de la unión- con los aperitivos. Camilo José Cela y su mujer aportaron la nota intelectual. Tocino vestía de negro, con mantón de Manila naranja. Loyola de Palacio iba -sin duda, un homenaje- de verde botella. Celia Villalobos se entonaba en

"colores champaña con brillos dorados; Teófila Martínez, también de negro, lucía tremendo broche de plata. Mercedes de la Merced le daba duramente al mantón -la prenda que más abundó, desde la versión fetén hasta la de sección complementos de grandes almacenes-; Rita Barberá iba de lo que iba, y los hombres... El amenazado presidente del PP en el País Vasco, Carlos Iturgaiz -que le regaló al novio un par de toros de bronce, símbolo de fertilidad viril-, evidenciaba un excelente humor. Luis Ramallo simpatizaba con la prensa, y lo mismo hacía Aleix Vidal Quadras, que se pasó la noche hablando con Arias Salgado y lejos de la mirada de dios.

Todo esto último se lo cuento porque tenía un espía dentro, porque a los periodistas no nos dejaron entrar en el cortijo, y ni ahora, mientras escribo, estoy segura de que no se presente alguien para echarme del hotel. Que es público. ¿O privado? Perdonen, pero estoy hecha un lío.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 20 de octubre de 1996