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Alfonso marcó a un Madrid conservador

Roberto Carlos, con un gran disparo en una falta, salvó el empate madridista ante el Betis

Un Madrid conservador y un Betis liberal se repartieron los puntos. Como no lo conocía, le produjo menos pesadumbre. Como lo ficharon tras su marcha, no le dolió a Alfonso batir a Bodo IlIgner. La lesión de Cañizares y la suplencia de Buyo hicieron menos traumática la señal de la traición. El gol de Alfonso abrió el marcador y cerró la herida. El año pasado marcó en el Bernabéu, pero el gol a Buyo era el del honor. El protocolo era el prólogo obligado de un partido a cara de perro. Seedorf y Finidi se abrazan. Alfonso y Suker. Seedorf y Alfonso. Suker y Jarni. Éste decidió poner fin a la cortesía con un disparo de falta que llevó el pánico a las entrañas de IlIgner El recibimiento a Suker es hostil, pero no deja de ser otra forma de cortesía, de reconocer en qué otro equipo de la ciudad se ganó el crédito para estar jugando en el Madrid.En la noche de ayer la tómbola la regentaba Sanchis y Alfonso decidió comprar las primeras papeletas. Primera ocasión para Pier, que aprovecha un desajuste defensivo del Madrid. El problema de Sanchis en el centro es que es mucho menos capitán que en la defensa. Furriel, como mucho. No es lo mismo manejar tú la cámara que la cámara te maneje a ti. Un problema de perspectiva. Coppola haciendo de Brando en Apocalypse Now.

Delante, el Madrid tiene menos dudas. Como juegan el lunes, ya nadie es duda para el domingo. Finidi le roba un balón a Roberto Carlos. Seedorf se lo hurta a Finidi. La sangre fría la pone Prats driblando en el área a Mijatovic. Con tantas. estrellas, se produce una especie de eclipse. Se ciegan las arterias del juego hasta que Roberto Carlos prueba un centro telúrico que Mijatovic manda de cabeza a dos palmos de la puerta del gol.

El fútbol ya no tiene patria y son los sin patria del Madrid los más patrióticos. El coraje de Seedorf y Roberto Carlos. El oficio es la patria de los buenos futbolistas. Lo demás es geografía y marchas militares. Alfonso empieza a entonarse. El morbo deja pieza paso a la calidad. Ha aprendido mucho en los entrenamientos del Madrid.

Sólo la habilidad de Finidi podía superar y dejar en evidencia a Roberto Carlos. Una propina del triunfo olímpico de Nigeria a Brasil, homenaje a su compatriota Kanu, La contrarréplica al gol de Alfonso fue una jugada monumental de Davor Suker. El gol espabiló a los contendientes, que le estaban haciendo un flaco favor al medio escénico que los televisaba. El Betis, líderen solitario. Soñaban los titulares del lunes con el titular del martes.

El Madrid se descompuso con el gol, como si la calidad estuviera hipotecada por la cantidad. La brecha de Alfonso. A mí me gustaba, pensaría Capello. Si le quieres escribir, ya sabes su paradero, le insinuará Lopera. El empate estuvo a punto de llegar con un pase de Mijatovic que Seedorf estrenó en el poste. Al filo del descanso, Luis Fernández frenó en falta. a Víctor. Tarjeta para el bético y golazo de Roberto Carlos de lanzamiento directo. Un consuelo bíblico. El Madrid marcó y al instante descansó.

A unos minutos de incertidumbre, de balonazos, sucedió la lección de sitio y sensatez de Finidi. Después el nigeriano probó con Alkorta y se consagró, como el rey negro de Heliópolis. La sorpresa, la fantasía. Suker y Mijatovic trazan un eje de coordenadas en el área bética. Raúl se difumina en el binomio y se incorpora con Sanchis al departamento de sujetos perdidos.

En la segunda parte dos eran los equipos y uno el ritmo: cansino, monocorde, reservón. Como no había prórroga ... Mucho fútbol en las botas. Muy poco en la cabeza. Minutos-tostón que sólo Finidi osó desconectar con sus esporádicas acciones.

Se conformaban con el empate. Sabía a poco. Siete mil millones en fichajes, culebrón alfonsino incluido, para un pírrico empate con dos goles a balón parado. Y Capello, el genio del calcio, daba por bueno el punto cuando sacaba a Lasa por Suker. El saldo no es para tirar cohetes. Sólo le han ganado al Hércules. En Italia no sabrán de qué ciudad es ese equipo. Y Luis Fernández estuvo a punto de deshacer el empate y desfacer el entuerto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 17 de septiembre de 1996