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Tribuna:

Normalidad

Supongo que han leído la historia del auxiliar de vuelo de Iberia que reclama para su compañero sentimental los tres billetes gratis a los que tienen derecho los cónyuges de los trabajadores heterosexuales de la empresa. La opinión políticamente correcta consiste, evidentemente, en ponerse de parte de este caballero. O sea, que estamos ante una oportunidad de oro para enviar a paseo la corrección política y reivindicar una evidencia: no sólo no hay que darle billetes gratis al novio del que se queja, sino que hay que retirárselos a las parientas de los demás trabajadores. Si uno quiere viajar, aunque se gane la vida en una compañía aérea, que se retrate en taquilla como todo el mundo.Iberia tiene ahora la oportunidad de acabar con un favoritismo injusto dejando a todos sus empleados sin billetes gratis, gesto que la sociedad española aplaudirá como algo que contribuye a la consolidación de la democracia. Y por lo que respecta a la reivindicación homosexual, sigamos siendo políticamente incorrectos. ¿A qué viene tanta aspiración a la normalidad en algunos sectores del colectivo? ¿Para qué reproducir horrores del mundo heterosexual como el matrimonio, las cenas con la suegra o la segunda residencia? Como sabe todo heterosexual que hace un alto en el bar a la salida del trabajo antes de volver a casa, la normalidad puede resultar muy agobiante. Darle esquinazo a la normalidad y disfrutar del amor mientras dura resulta estimulante. Pero a este paso el heterosexual que actúe así estará peor visto que el homosexual que aspira a casarse y formar una familia. Y luego le tocará al homosexual remiso a la adopción.

La sociedad, homosexual y heterosexual, parece haber encontrado a su nueva bestia negra: el individualista que vive como quiere y paga sus billetes de avión.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 13 de junio de 1996