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Tribuna:

Polen

Los soldados de Atila, que no tenían dientes, con las encías peladas trituraban habas secas antes de entrar en combate. Atila asoló ciudades y reinos. Durante muchos años impuso el terror a los papas y fue el enemigo principal del imperio cristiano, pero cada primavera caía derrotado por el polen de las rosas amarillas hasta que finalmente sucumbió de muerte por esta causa. El polen de las acacias en las ciudades modernas también ataca a los asesinos. Me subyuga la idea de que Atila dejara de asaltar Roma en el mes de mayo porque las flores lo tenían abatido en su petate del campamento rodeado de cofres repletos de joyas, que eran producto de su rapiña. La misma sensación tuve el otro día cuando vi estornudar a un navajero que estaba esperando la caza como un alcotán apoyado en la pared de una calle desierta. En ese momento una anciana se acercaba por la acera con un bolso en mano. De los árboles floridos del paseo se desprendía un polvillo en forma de lluvia que el sol de media tarde ponía incandescente. El navajero tenía los ojos enrojecidos y sin duda había comenzado a abrir los muelles de la faca en la espalda a medida que la víctima se iba aproximando a su jurisdicción. Percibí perfectamente que se disponía a atacar. La anciana se hallaba ya a sólo tres pasos y cuando el tipo levantó el arma hacia el cuello de la dama y en un acto felino la inmovilizó con una llave de yudo, de pronto soltó un estornudo que le doblegó el tronco y por este motivo se le desprendió la navaja. Al agacharse para recuperarla volvió a estornudar y esta vez el estornudo fue tan violento que terminó por derribarlo en el suelo. Sobre el cuerpo del navajero caía el polen de las acacias mientras la anciana pedía auxilio. El polen de las flores ejerció sobre él un efecto mortal. Tengo entendido que Atila fue un jefe militar prodigioso. Sabía que las flores eran su principal enemigo. Y aunque se defendía de ellas dejando de asaltar las ciudades durante la primavera, murió a causa del polen de las rosas amarillas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 28 de abril de 1996