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Editorial:

Autodefensa implacable

LA ILUSIÓN de un milagro de paz en Oriente Próximo comenzó a desvanecerse tras la salvaje campaña de atentados del radicalismo islamista palestino en Israel hace poco más de un mes. La actual ofensiva israelí en Líbano afianza el terrible escepticismo. Los bombardeos mutuos entre radicales islámicos y Ejército israelí son de alguna manera lógicos. Los pide la población a ambos lados de esa terrible frontera. Israel necesita a toda costa seguridad. El radicalismo islámico, desde sus guaridas libanesas, necesita negársela. La nueva guerra en Líbano pone de relieve que hay problemas sin visos de solución inmediata. La apelación a la violencia militar es finalmente el recurso consensuado en esta maltratada zona del mundo. Es triste pero cierto.No son nuevos los elementos que han provocado la escalada en el último frente de batalla en la zona. Israel y Líbano han estado en guerra -con intensidad variable- desde la creación misma del Estado israelí. Las invasiones israelíes, la hospitalidad que los libaneses brindan a la guerrilla palestina, la imposición de Hezbolá -una fuerza religiosa armada por Irán y apoyada por Siria- como factor decisivo de los destinos de Líbano, hacen la situación muy peligrosa. Y todo ello puede resumirse en un fenómeno, el terrorismo, que anega todos los intentos de hacer de Oriente Próximo una región de paz.

Los libaneses no sienten ni nostalgia ni cariño por los palestinos. Eso no significa que estuvieran jamás dispuestos a convertirse en un aliado incondicional de Israel. Fueron israelíes los que liquidaron a sus líderes y financiaron la creación de la milicia dominada por los cristianos en el sur de Líbano para proteger a las tropas judías. Lo que militarmente era razonable, políticamente resultó catastrófico.

En el intento por resucitar la letra de la resolución 425 aprobada por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que poco después de la primera invasión de 1978 abogaba por la retirada israelí a la frontera internacional, muchos libaneses han recurrido al terrorismo según la óptica israelí. Israel sigue ocupando más de 800 kilómetros cuadrados de territorio libanés. Sus soldados controlan la vida cotidiana de decenas de miles de libaneses. Sus cañoneras regulan la pesca en las costas de Tiro y Sidón.

Alega Israel que los sirios, que mantienen cerca de 40.000 soldados en Líbano desde 1976, son los verdaderos ocupantes del diminuto país vecino. Siria tampoco tiene planes de dejar a los libaneses en plena libertad para adoptar decisiones. Por eso, Líbano está condenado a servir de escenario para que sirios e israelíes diriman las diferencias que no se atreven a plantear en su amplia y silenciosa frontera. Ahora se anuncia por primera vez la disposición del presidente Assad a entrevistarse con el primer ministro israelí, Simón Peres. No sólo sería histórica tal reunión. Podría además salvar muchas vidas. Sólo cabe esperar que se celebre pronto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 13 de abril de 1996