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Los pobres

Hay algo terrible en La ceremonia, la última y muy dramática película de Chabrol, ésa que el director francés define como "la película marxista de alguien que no lo ha sido nunca". Un sentimiento inexorable: la imposibilidad de ponerse al lado de los pobres, de los enfermos. No hay más: la gran comedia -y fue en parte una gran comedia marxista- acabó. Los pobres, en este cuadro tan sombrío de La ceremonia, son analfabetos, ven muchas horas de televisión infecta y acaban locos. No tienen ningún interés. Y hay que protegerse de ellos.Por contra, el poder de los poderosos ofende menos de lo que cabría esperar, de lo que ha sido tradicional esperar. Cierto, hay que recogerles la caquita; cierto, no pagan los seguros de las asistentas y la vieja plusvalía permanece intacta allí donde ha estado siempre. Pero su poder ya no es descarnadamente económico -han aprendido a cambiar el dinero por tiempo y hasta por amor- y uno sospecha que las lecturas de los clásicos, la música matinal de Mozart, los viajes fuera de época y algunos platos muy melosos han acabado por construir unos tipos cercanos a la bondad y al humor, esas aspiraciones.

El intelectual burgués de izquierdas, eso que se llamaba antes un desclasado, siempre reconoció que los pobres, incluso los más revolucionarios, olían a ajo. Pero había algo que compensaba: una cierta cultura de la sangre y del medio, una cierta poética del perdedor, un cierto depósito de memoria, un cierto músculo, incluso, para los intelectuales más portuarios. Seguramente todo eso era una comedia, insisto, pero se hacía pasar por verdadera. Hoy se sabe que el pobre metropolitano es un sujeto catatónico, prendido cuatro horas diarias a la televisión, el único escenario ya de la lucha de clases. La ceremonia se pregunta cómo podrá redimirse a este sujeto. Cómo puede darse la redención sin la seducción. Juro que su respuesta es muy amarga.

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