Reportaje:AL CAER LA TARDE

El paraíso de las blancas y las negras

El Retiro encierra un precioso rincón para jugar partidas de ajedrez rápido

Cerca del Palacio de Cristal, dentro de un arbolado, en un curioso y poco conocido rincón del Retiro, se libran todos los días batallas silenciosas de 10 minutos. Esta tranquila esquina del parque es uno de los pocos lugares en Madrid en los que se organizan partidas de ajedrez al aire libre. Si en el cielo juegan al ajedrez, seguro que lo hacen en sitios como éste.Por allí no pasan ciclistas, ni pasean familias, ni se instalan vendedores de pipas. El silencio sólo se interrumpe cuando los ajedrecistas golpean el reloj después de cada jugada. Algún día, a eso de las ocho de la tarde, incluso, un músico callejero se ha colado cerca y ha interpretado -faltaría más- el Concierto de Clarinete de Mozart.

A las nueve y media de la noche se encienden las farolas y el lugar se transforma con la luz eléctrica. Se convierte en algo más recogido, si cabe. Un kilómetro más allá se encuentra Atocha, pero quién se lo imagina.

La regla no escrita es simple: partidas veloces en las que cada jugador dispone de cinco minutos de tiempo en total; el ganador se queda con el sitio y con las blancas, y desafía al siguiente, que de inmediato ocupa el puesto y se dispone a capitanear las negras.

Aquí hay auténticos profesionales del ajedrez meteórico, que posee sus propias tácticas. En una partida de cuatro horas cada ajedrecista intenta elaborar un plan de ataque o defensa, y el duelo se transforma en un sordo y lento combate entre dos por mantener la propia iniciativa.

En las partidas del Retiro, la mayoría de 10 minutos, tal estrategia salta por los aires. Ahora se trata de no perder de vista ni una pieza, de eludir grandes planes, de no dudar, de tender trampas, de no perdonar al contrario y de decidir rápidamente el correcto escaque al que debe dirigirse cada peón: muchas veces pierde por tiempo -la banderita del reloj cae y ahí se acabó todo- aquel que dispone de mejor -posición o más piezas. "Otra cosa es no rendirse", comenta uno de los asiduos. "Uno puede meter la pata, pero con lo rápido que se va el otro la puede meter más".

Habilitar una cabaña de madera rodeada de una veintena de mesas para jugadores de ajedrez fue una idea de la sociedad Amigos del Retiro, allá por los años ochenta. Uno de los encargados, Víctor, que igual cuida el jardín que convence a las diez de la noche a los irreductibles de que ya es hora de irse cada uno a su casa, comenta que la sociedad vive de las cuotas de los socios. Éstas ascienden a 100 pesetas al mes y no las pagan todos los que debieran. "Hay apuntados 1.700 pero pagar, aquí pagan sólo unos 200", explica el encargado.

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Como cualquier espectáculo, las mesas de ajedrez atraen a un buen número de mirones, a los que no se les pide otra cosa que silencio y, de vez en cuando, un cigarro. Es normal que el espectador avezado descubra la jugada buena que el ajedrecista, en medio de la refriega y con el apuro del tiempo, no ve.

"No, hombre, el alfil, joder, el alfil, y cubres la torre", ilustra el mirón echando la cabeza para atrás y cerrando los ojos.

El jugador, joven, observa de reojo al improvisado profesor y responde, sin dejar de mirar al tablero, eso de los toros y la barrera. Alrededor de la cabaña se enfrentan profesores de Lengua contra generales, rockeros contra parados. Cualquiera con afición puede presentarse en la caseta, agarrar un tablero y desafiar al que quiera. Eso sí, hay que ser socio para utilizar los relojes, que, debido al uso continuado y a los golpes que reciben en cada partida rápida, se estropean con sorprendente facilidad.

Entre los jugadores asiduos, la relación no es muy fraternal: "Aquí nos conocemos de vista, pero no sabemos mucho unos de otros. Venimos, jugamos y nos marchamos. Por lo general, no hablamos entre nosotros salvo de las posiciones de las piezas al terminar cada partida, o de las variantes", comenta un jugador que acude casi todas las tardes al Retiro a jugar al ajedrez desde hace más de un año. Por si faltara algo, un hombre cargado con una bolsa de deportes al hombro pasa cada cierto tiempo y vende con disimulo botes de refrescos a 20 duros. Siempre hay algún ajedrecista dispuesto a comprar.

Pero en esta parte del Retiro no todo es ajedrez; también se juega a otras cosas. En medio del brutal silencio que imponen los ataques meteóricos de las blancas y las negras se oye la voz de una señora de unos sesenta años: "¿Alguien de aquí se apunta a la brisca?". Los jugadores de brisca (y de dominó, y de tute) disponen también de plaza en este paraíso cercano al Palacio de Cristal.

Partidas de ajedrez al aire libre. Caseta de la Asociación Amigos del Retiro, cerca del Palacio de Cristal. De 11.00 a 14.00 y de 17.00 a 22.00.

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Sobre la firma

Antonio Jiménez Barca

Es reportero de EL PAÍS y escritor. Fue corresponsal en París, Lisboa y São Paulo. También subdirector de Fin de semana. Ha escrito dos novelas, 'Deudas pendientes' (Premio Novela Negra de Gijón), y 'La botella del náufrago', y un libro de no ficción ('Así fue la dictadura'), firmado junto a su compañero y amigo Pablo Ordaz.

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