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DOS DE MAYO

Memorias de una plaza

El corazón del levantisco barrio de Malasaña, ahora en obras, recuerda el levantamiento de 1808 contra los franceses

Los muertos reviven. Y cumplen años tal día como hoy. Son los héroes madrileños del Dos de Mayo, sublevados contra la invasión de las tropas napoleónicas en 1808. El disparó de salida de la Guerra de la Inpendencia -Guerra de España para los franceses- sonó con fuera en el parque de artillería de Monteleón. Se combatió también en la Puerta del Sol, y Goya acabó por inmortalizar el momento con Los fusilamientos de la Moncloa. Lo que sigue es un recorrido por dos de los lugares mis célebres: la plaza que centra el barrio de Malasaña y el cementerio de la Florida. Es un pequeño camposanto que acoge a los arcabuceados en la escena que recreó el pintor aragonés.

El matrimonio formado por Julia Lázaro (1933) y Félix de la Vara (1932), naturales de Santa Cruz de la Zarza (Toledo), lleva casi cincuenta años viviendo en la plaza del Dos de Mayo. Ella es portera de un edificio; él, albañil. Tienen una perrita llamada Linda Flor de Córdoba de la Vara Lázaro, chula y lista como la madre que la parió. Gente sencilla y acogedora, Julia y Félix cultivan las tertulias sosegadas a la caída de la tarde con interlocutores de toda edad y profesión. No muy leídos, pero sí muy sabidos, aman esta plaza, a la que consideran como su pueblo. Recuerdan con precisión la historia del último medio siglo. "Fue muy emocionante ver cómo se volcó todo Madrid en 1977 para impedir el Plan Malasaña, que pretendía acabar con la plaza y el barrio. Un mozo y una moza se pusieron en pelotas encima de la estatua", dice Félix con sonrisa pícara. Y su mujer: "Ya estás pensando en lo mismo". Es una gozada rememorar con ellos las pequeñas y grandes historias de este rincón, que, más que un enclave de la gran urbe, parece una bucólica plaza provinciana.La plaza del Dos de Mayo está plantada en una de las zonas más vertiginosas de Madrid, pero tiene instinto de soledad. Ayer cumplió 126 años. Escenario de una de las gestas patrióticas más memorables de la historia de España, el político y escritor madrileño Ángel Fernández de los Ríos (1821-1880) la denominó "el Covadonga de la independencia en el siglo XIX". Es el orgullo del castizo barrio de las Maravillas, la perla de Malasaña.

Durante los años de la transición, esta humilde placita fue aglutinadora de euforias progresistas, mentidero democrático y centro de la movida madrileña. Pero ninguna de estas alegrías consiguió arrebatarle su vocación recoleta. Los héroes quieren estar tranquilos y no son adictos a la heroína, a no ser que se llame Manolita Malasaña, aquella bordadora de 17 años que vivía en el número 18 de la calle de San Andrés y que fue fusilada por llevar encima las tijeras de su oficio. Pero pasó a la historia como resistente al invasor.

En la actualidad, ya no es abrevadero de caballos y camellos, que cabalgaron hacia otros ámbitos. Liberada del tráfico (el automovilístico y el otro), vuelve a ser un oasis, aunque ahora en obras, de palomas, gorriones, perros, árboles, niños que juegan, vecinos que charlan, una iglesia, un colegio, una farmacia, tres quioscos (de prensa, de vinos, de la ONCE), terrazas, bares (uno de ellos se llama Pepe Botella): todo bajo la sombra protectora del monumento a Daoíz y Velarde, impávidos, serenos, entrañables.

Está ubicado en lo que fue el suntuoso y churrigueresco palacio de finales del XVII de los duques de Monteleón, descendientes de Hernán Cortés. El inmenso edificio y sus jardines ocupaban la mitad de la plaza actual, las calles de Ruiz, Monteleón, Divino Pastor, Galería de Robles, San Andrés y Manuel Malasaña. En 1746 fue residencia de Isabel de Farnesio, viuda de Felipe V, y sus hijos. En 1807, el errático y todopoderoso Manuel Godoy convirtió el palacio en parque de artillería.

Un año después, el memorable 2 de mayo, el pueblo de Madrid acudió en masa al cuartel a incautarse de armas para luchar contra el invasor francés. Las huestes del general Lagrange masacraron a los insurgentes e incrementaron la nómina de héroes de la patria: el capitán de artillería Luis Daoíz, el teniente Jacinto Ruiz y el oficial subalterno Pedro Velarde. Daoíz murió recostado en el cañón del arco de entrada al cuartel, el mismo que hoy se conserva en la plaza. Hubo de pasar medio siglo hasta que el Ayuntamiento decidiera honrar como es debido a los protagonistas y al lugar. Y se hizo todo deprisa y corriendo: en 14 días se hicieron los derribos del convento de las Maravillas (hoy parroquia de los Santos Justo y Pastor), se demolieron casas de las calles del Dos de Mayo y de San Andrés, se derribaron los restos del palacio, se abrieron tres calles en el solar del parque de artillería, se plantó una alameda, se ajardinó la plaza y se instaló el arco original. La inauguración tuvo lugar el 1 de mayo de 1869.

Dos años más tarde se abría la taberna El Maragato, reliquia que todavía se conserva tal cual. En 1885 se erigió la Escuela Modelo (hoy colegio público Pi y Margall), donde estuvo instalada la Biblioteca Municipal, fundada por Mesonero Romanos.

Se llamaba Filomeno

Francisco López García (1930) y su hermano Luis (1933) heredaron de su madre el quiosco de la plaza del Dos de Mayo, instalado hace 48 años. Ellos son memoria viviente dé historias entrañables acontecidas en el veterano barrio de Malasaña o Maravillas. Recuerdan cómo recalaban en su establecimiento diversas celebridades, desde compañías enteras del teatro Martín hasta Luis Miguel Dominguín, que fue a solazarse allí el mismo día de su debú en Madrid. Ambos hermanos son íntimos de un vecino del barrio y habitual de la plaza, el escritor Juan Madrid, que ha convertido la zona en escenario habitual de muchas de sus novelas.Francisco y Luis evocan con inmenso cariño a otro vecino ya fallecido, Filomeno Camuesco, afinador de pianos y, propulsor de las fiestas en la plaza. Poco, después de la guerra, a instancias de Filomeno, se confeccionaron para una celebración banderitas de papel rojas, amarillas y azules.

La lluvia convirtió el azul en morado, de forma que aquello parecía. la bandera tricolor. Filomeno acabó en comisaría, y le costó trabajo convencer a los agentes de que todo era debido a la meteorología. Al fin le soltaron con esta orden: "Arranquen ustedes el morao ".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 2 de mayo de 1995

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