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Garzón

Garzón debe de ser un señor aburridísimo, porque todos los sinvergüenzas de este país llevan meses intentando encontrarle alguna porquería personal con la que hundirlo y no sacan nada. Aun así le critican con saña: que si era inadmisible que volviera a ser juez tras ser político (fue una ley del PSOE la que lo permitió), que si es una vergüenza que deje libres a Amedo y Domínguez (fue Belloch quien los sacó a la calle), que si es un tipejo narcisista que sólo busca notoriedad (no le he visto dar una entrevista todavía).

Garzón no es ni un héroe ni un santo: es un hombre que intenta hacer decentemente su trabajo, y en su indefensión nos reflejamos todos. Porque es una indefensión monstruosa, sustancial. Le atormentan con campañas de prensa y azuzan contra él a fiscales, abogados del Estado y cuanto figurón tienen a mano. Además de las presiones personales (¿se imaginan la cantidad de llamadas y mensajes que debe de recibir Garzón de políticos, de amigos de políticos, de amigos de amigos de políticos?) y de las coacciones desfachatadas y directas, como, por ejemplo, que Prisiones se niegue a cumplir los traslados de presos que él ha pedido (alucinante). Los procesados por Garzón cuentan con el total apoyo del partido del Gobierno, que no sólo paga a sus abogados (los mismos que defienden a los narcotraficantes), sino que además organiza ruedas de visitas de diputados a la cárcel, de manera que la incomunicación de los presos dictada por Garzón se convierte en papel mojado. Y mientras por arriba nos intentan colar un repugnante proyecto de ley autoprotectora, por abajo (o sea, por Interior) van destruyendo pruebas a velocidades supersónicas: ya han triturado los papeles del viaje a Laos. Si todo esto no se parece a una mala película de gánsteres, díganme qué otra indignidad nos haría falta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 27 de marzo de 1995.

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