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Mi tío Mario

Julio LlamazaresCapítulo 6

Julio Llamazares

Relato de Pero volvió. Al cabo de una semana. Abrió la puerta y entró en su casa como si acabara de llegar de Nápoles. Estaba, sí, más moreno y parecía que había engordado algo.Tía Gigetta le oyó entrar, pero no fue a saludarle. Estaba en la cocina y allí siguió, haciendo como que cocinaba algo. La mujer seguía aún muy enfadada.

Tío Mario tampoco hizo nada por contentarla. Al revés: dejó sus cosas en la habitación y, después, volvió a salir de casa. Desde la ventana de la cocina, tía Gigetta le vio irse y alejarse, como siempre, en dirección a la playa. Atardecía y la mujer sintió, sin saber por qué, que pasaba algo.

Esa noche la pasaron sin hablarse. Cenaron en silencio y, después, se fueron a dormir, como desde hacía ya años, en camas separadas. Mientras fingían dormir, con la luz apagada, cada uno de el los pensaba en el otro y en los días que habían estado solos; ella esperándole en casa y él recorriendo Italia, visitando a sus hermanos. Al menos, eso creía tía Gigetta, aquella noche, en la cama, sin saber que tío Mario acababa en realidad de llegar de Grecia, de ver a Marcia.

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Había ido allí desde Zúrich, en avión hasta Atenas y, desde allí, a Santorini en barco. A tío Enrico le había dicho que regresaba de nuevo a Italia. Llegó hacia el amanecer, después de toda una noche de travesía -que tío Mario pasé en cubierta contemplando el mar Egeo- y, cuando divisó la isla a lo lejos, sintió que retrocedía en el tiempo más de cuarenta años. Hacia esa hora había llegado también entonces, aunque en un barco de guerra lleno de marineros y de soldados.

Desde la cubierta del barco, mientras se aproximaban al puerto, observó ya, sin embargo, que la isla había cambiado mucho. El pequeño puerto pesquero que él conociera entonces estaba lleno de yates y, en lugar de las casas blancas, con parras verdes en las fachadas, que él seguía recordando, había ahora grandes hoteles y edificios de ocho y diez plantas. Ciertamente, Santorini había cambiado mucho en aquellos cuarenta años.

En el puerto, a aquella hora, apenas esperaba nadie. Los pescadores ya habían salido a la mar y los turistas debían de estar durmiendo la borrachera de la noche antes. Solamente esperaban el barco los empleados de la compañía naviera y algún familiar de los que llegaban. Pero a tío Mario no le esperaba nadie. Venía por sorpresa, sin avisar a Marcia.

Con el equipaje a cuestas, cruzó el puerto y enfiló hacia su casa. Recordaba el camino perfectamente, pero tardó en orientarse. Los hoteles y los edificios nuevos habían cambiado el paisaje y la configuración de las nuevas calles también le desorientaba. Por los años de la guerra, cuando él estuvo allí, Santorini era apenas un pueblo y ahora era una ciudad turística llena de bares y restaurantes.

Pero la casa de Marcia seguía exactamente igual que entonces. La encontró al final de una calle, en la playa ante la que se levantaba, en aquel tiempo prácticamente sola, pero ahora ya rodeada de otras casas. Aunque todavía seguía teniendo las ventanas y la puerta pintadas de azul y la parra dando sombra a la fachada.

Esperó un rato antes de llamar. Se sentó en un banco de la playa y estuvo mirando el mar y espiando la casa desde lejos hasta que vio que se abría una de las ventanas. Era ella. Se le quedó mirando un instante antes de volver adentro, aunque, evidentemente, no le reconoció. Habían pasado ya muchos años y, además, no le esperaba.

Tío Mario sí la reconoció. Aunque para él también había pasado el tiempo, y aunque estaba un poco lejos de la casa, él en seguida reconoció a la mujer a la que tanto amó un día y por la que había vuelto a la isla al cabo de tantos años. Le pareció que estaba igual que entonces -quizás un poco más vieja-, pero, cuando la vio de cerca, se dio cuenta de que, para ella, los años también habían pasado. Tenía la cara triste y el pelo blanco y los ojos y la boca muy cansados. Se le quedó mirando desde la puerta, como si estuviera viendo un fantasma.

Y lo era, ciertamente. Igual que, para él, la mujer denotaba ya en su rostro el paso de tantos años, para ella, tío Mario debía de ser también una sombra del pasado. Aunque siguiera teniendo el pelo negro y rizado que un día la enamoró y la mirada profunda que se clavaba en la suya mientras hacían el amor entre los tojos del monte o -de noche- en la arena de la playa. Pero, entonces los dos eran muy jóvenes y la vida todavía no les había marcado.

La semana que tío Mario estuvo en Santorini la pasaron hablando de aquellos años. El lugar había cambiado mucho y la gente de entonces ya no estaba (entre otros, los padres de Marcia), pero ellos recorrían la isla como entonces, recordando lo sitios en los que habían estado. Por el día, subían al monte, a contemplar la isla desde lo alto y, por la tarde, se sentaban en la playa, como dos turistas más, a esperar la llegada de los barcos. Tío Mario se había instalado en un hotel (para evitar comentarios), pero, en cuanto se levantaba, iba a su casa a buscarla. Un día, mientras cenaban en un bar del puerto, tío Mario se decidió a proponérselo. Ella sabía ya que estaba casado y que tenía una enfermedad muy grave (se lo contó el primer día), pero él no pretendía que le cuidase. Ya tenía quien lo hiciera. Lo único que él quería era estar con ella el tiempo que le quedase y que aquella semana que estaban pasando juntos no fuera otro paréntesis en su ya larga historia de desencuentros. La vida ya les había robado bastante como para desaprovechar también el poco tiempo que les quedaba.

Marcia no supo qué responderle. Aunque también deseaba que aquellos días no terminaran nunca, y aunque temía el momento, cada vez más próximo, en que tío Mario regresase a Italia, le parecía muy tarde para comenzar de nuevo. Quizá fuese mejor dejar las cosas como estaban. Quizá fuese mejor que cada uno volviese a su vida, él con su mujer y con sus hijos y ella sola, a seguir mirando el mar desde la casa de la playa, y recordar aquellos días como un sueño; uno más de los muchos que la vida les había deparado.

Pero tío Mario no le hizo caso. Aunque Marcia se resistía, más por él y su mujer que por ella y por su hijo (al fin y al cabo, éste vivía en Atenas y apenas venía a visitarla nunca), tío Mario acabó convenciéndola para que aceptara vivir con él el tiempo que les quedase. No mucho, pues a él le habían dicho los médicos que ya no viviría más de un año.

-¿Y dónde? -preguntó ella, temiendo que quisiera llevarla a Italia.

-Aquí -dijo él- ¿Conoces algún sitio mejor que éste?

Evidentemente, no. Evidentemente, el mejor sitio para vivir y morir era aquella hermosa isla (la isla del tesoro, la llamaría un día tío Mario) donde ella había nacido y había pasado su vida y donde los dos se cono cieron cuando la guerra llegó al Mediterráneo.

Pero, antes, tío Mario debía aún volver a Italia. Quería ir a despedirse de su mujer (una decisión así no se la iba a comunicar por teléfono) y para resolver, de paso, la duda que tenía desde que habló con tío Carlo: ¿a dónde habían ido las cartas que Marcia siguió escribiéndole y que él nunca llegó a recibir, pese a que trabajaba entonces en la central de Correos de Nápoles?

En eso pensaba tío Mario, aquella noche, en su cama, mientras, en la de al lado, tía Gigetta no conseguía dormir sabiendo que algo pasaba.

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