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Reportaje:

El Este lejano

Uno de los contertulios del bar El Parque compara,entre bromas y ve ras, a su pueblo, Corpa, con uno de esos polvorientos poblados del Far West en los que el viento hace girar matorrales secos y desgajados de sus raíces por las calles solitarias. Corpa es el "Este lejano" de la provincia de Madrid, no por las distancias kilométricas, está a pocas leguas de Alcalá de Henares, sino por su aislamiento geográfico, a espaldas de las rutas importantes, en un rincón agreste y olvidado de la autonomía. Llegar a Corpa por primera vez no es fácil, su nombre no aparece en los indicadores de carretera y el viajero poco avisado no tendrá más remedio que perderse en las impersona les rotondas de la zona indus trial de Alcalá de Henares antes de dar con la esquiva carretera de Arganda y entrar en los te rritorios de la Alcarria madrileña. En Villalbilla, una solitaria flecha marca por fin el punto de 'destino, sin indicar kilometraje y señalando hacia un monte en el que no se ven trazas de camino alguno. Dejando atrás valles, y cerros urbanizados con pe queños chalés, en una revuelta del camino aparece Corpa como un espejismo entre pedregales y lomas peladas.El nombre de Corpa, dice Jiménez de Gregorio, en su libro Madrid y su comunidad, significa trozo de mineral en bruto, sales químicas que . sirven de mordiente, y la etimología se respalda con la existencia en la zona de un paraje llamado El Salobral. En estos desérticos lugar es alumbran sin embargo numerosos y famosos manantiales. Las aguas de Corpa fueron de las primeras en ser envasadas y viajaron a Flandes para abastecer a los soldados españoles antes de perderse en los meandros de la historia. Hoy el pueblo sigue reivindicando la propiedad de la cercana Fuente del Rey, en un viejo litigio de términos y fronteras. Ahora el agua no se ve por ninguna parte, él sol de junio cae a plomo sobre el pueblo y señala el imperio de la hora de la siesta. Una pareja de filosóficos galgos se desliza buscando la sombra por la calle del Viento y en la plaza, junto a la iglesia reconstruida de Santo Domingo de Silos, a la sombra del fantasmal y semiderruido palacio de los marqueses de Mondéjar, juegan dos niños. Pero no hay que dejarse engañar por la paz y el silencio aparentes, los vecinos de Corpa no duermen. Al menos la mitad de sus 400 habitantes permanecen despiertos y activos.

Desafiando el poder de los rayos del inclemente Febo que calcina las piedras, los tres equipos, tres, de fútbol-sala censados en la localidad, se dejan la piel en un torneo triangular de máxima competitividad. A uno de estos equipos la falta de presupuesto le impidió este año un merecido ascenso de categoría, condenándose a seguir arrasando en las competiciones y Ligas locales. La caza y el deporte son los entretenimientos favoritos de los corpenses. A la puerta del bar se apilan las monturas metálicas de los numerosos aficionados a la bicicleta que persiguen la estela del malogrado campeón local Antonio Suárez, promesa indiscutible del ciclismo nacional, que murió sobre sus dos ruedas, atropellado en la carretera.

Los cazadores se reúnen en El Parque, donde amarillean sus trofeos, dos bigotudas y enormes y avutardas, testigos de mejores tiempos. En los pedregales del coto social abundan perdices y conejos, pero la última batida ha sido para luchar contra las voraces urracas invasoras. Más de 600 aves de esta prolífica y taima da especie han caído los últimos días frente a las escopetas de los tira dores locales. En Corpa se caza con escopeta y también con galgos de ergonómica estampa y afilado cráneo.

Florencio Plaza Corral, alcalde interino del PSOE, que espera su confirmación en el puesto, rebusca en sus papeles para sacar a la luz la historia de este pueblo agrícola, cuya producción más importante es la cebada cervecera. El personaje histórico por antonomasia de la villa de Corpa fue don Francisco Collantes, un hidalgo del siglo XVII, mecenas y filántropo, protector de artistas y sostenedor de desvalidos, asesinado por la mano ingrata de uno de sus beneficiados, escultor de oficio que le despenó con su gubia de tallar madera durante una de sus caritativas audiencias en la que se introdujo el artista asesino camuflado de pobre de solemnidad. Entre las versiones . que circularon sobre el horrendo crimen, una achacaba la autoría moral del asesinato a los parientes de don Francisco, hartos de ver cómo la prodigalidad de su allegado amenazaba el patrimonio familiar. Don Francisco aún tuvo tiempo para perdonar a su verdugo antes de convertirse en cuerpo incorrupto, como, le correspondía por su beatífica vida y su martirio ejemplar.

Parece ser que en los siglos XVI y XVII. eligieron Cotpa como lugar de residencia varios hidalgos desterrados de sus posesiones, hidalgos que le dieron al pueblo un señorío del que muy pocas trazas exteriores se conservan. Hoy, los vecinos de Corpa, agricultores, cazadores, pastores o jornaleros llevan la hidalguía por dentro, aunque los más jóvenes exteriorizan sus inquietudes cubriendo de abigarrados grafitos el frontón de la plaza, que seta convertido en un periódico mural, un dazibao de apresuradas caligrafías que disputan sobre las más variadas cuestiones políticas y estéticas. Uno de los mensajes más contundentes y recientes dice así: "Presupuestos militares para birras en los bares",' consigna heterodoxa y pacifista que de alguna manera exige también un incremento en la producción de la cebada cervecera que allí se cultiva.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de julio de 1994

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  • Sus aguas fueron de las primeras en ser envasadas y viajaron a Flandes para abastecer a los soldados antes de perderse en la historia.