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Tribuna:

Obras

No recuerdo con exactitud la historia, pero era algo parecido a esto. Un señor de pueblo vino a conocer Madrid. Cuando volvió a su casa le preguntaron: "¿Qué, abuelo, que le ha parecido la capital?". "Está muy bien, y cuando la terminen, mejor todavía". Buenos deseos, pero lo que no sabía el visitante es que Madrid nunca la veremos acabada. Es el triste sino de algunas grandes ciudades, convertirse en una obra constante. Siempre están enfermas, requiriendo los servicios de los médicos.Madrid es un ejemplo perfecto, como lo es Nueva York. Padece problemas de circulación (lógico, al estar en la era del colesterol) y, por lo que dicen los doctores, es incurable. Eso no quita para que de vez en cuando salga un iluminado con la solución bajo el brazo, que, debido a su falta de titulación, no se llega a poner en práctica, lo que no deja de ser una suerte para él. Consumimos pesadamente muchos más coches de los que el estómago de la capital puede digerir. Los depósitos de vehículos en doble fila se quedan estancados en las arterias, dificultando aún más el recorrido sanguíneo, y con cierta regularidad aparecen cuerpos extraños (manifestaciones) que llevan a Madrid hasta la antesala del infarto.

El asunto de los pulmones tampoco debe de andar muy boyante. Un paseíto entre cagarrutas de perro es suficiente para dar con una reparación de las tuberías de gas. El sistema nervioso también requiere atención. Unas cuantas vallas metálicas, dos o tres taladradoras (siempre he admirado a estos trabajadores, les imagino sordos y con temblores eternos) y, al fondo del agujero, un entramado de cables por los que se transmiten los impulsos de la ciudad. Los viajeros underground no lo ven mejor. Ahora reparamos vagones, ahora estaciones. Esta línea permanecerá cerrada por obras de reparación de raíles. Si quiero escaparme rápidamente de Madrid, Madrid me deja una coherente última visión. Estamos arreglando el parking del aeropuerto, disculpen las molestias.

Tampoco debemos preocuparnos en exceso. Madrid está moribunda, pero ninguno de nosotros asistiremos a su entierro. Le queda mucho. Más o menos hasta que debajo de las alcantarillas se organicen los ejércitos de ratas, serpientes, cocodrilos y otras especies que supuestamente habitan las entrañas de las ciudades, y decidan salir a hacerse los amos. Por lo menos, a estos bichos no será difícil reconocerlos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de mayo de 1994