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Tribuna:

'L'uomo' berlusconiano

¿Nace o no nace? Toda Italia vota y espera el primer vagido de una II República, que conoceremos apenas dentro de 24 horas, anuncio de lo que quiere ser un nuevo comienzo en la historia democrática del país.Tras una campaña electoral larga, áspera, muy personalizada, que el presidente del Consejo de Ministros, Carlo Azeglio Ciampi, calificaba ayer al depositar su voto, con notable retención, de "vivaz", la opinión pública italiana contiene el aliento haciéndose una pregunta fundamental: ¿va a ser ésta la era de Berlusconi? ¿Ha nacido l'uomo bérlusconiano? ¿Será II esta República porque la idea de los partidos tradicionales, de las formaciones centristas posdemocracia cristiana a las izquierdistas poscomunismo, se incline ante los nuevos vientos del populismo telegénico?

Sea cual fuere el veredicto de las urnas, la campaña electoral apunta a que muchas cosas están cambiando ya. La contienda electoral, de dos meses largos y fragorosos, no ha sido solamente vivaz, no ha estado sólo llena de golpes de efecto que se autocancelaban, por lo repetidos, abarrotada de pugnaces declaraciones; todo eso forma parte del repertorio histórico del país.

Ha sido muchas cosas más. Ha habido una verdadera tensión entre derecha e izquierda, como no se conocía en los tiempos en los que, amablemente, el partido comunista pedía que le permitieran suscribir un compromiso histórico y la Democracia Cristiana le dejaba con cordiales palabras y un golpecito en la espalda siempre en la antesala.

Hoy, Silvio Berlusconi, el líder de Forza Italia, y Achille Occhetto, jefe de los poscomunistas del Partido Democrático de la Izquierda (PDS), se temen torvamente e insinúan con verosímil convicción que, como en las películas del Oeste, no es seguro que haya sitio para los dos en el país si es el otro el que vence.

Esta campaña ha sido no sabemos si el anuncio de una auténtica II República, pero sí, cuando menos, el acta de defunción de la I. En vez de partidos, nombres, caras, el bigote de Occhetto, los ternos planchados hasta la exasperación de Berlusconi, el verbo potente y bien encadenado del líder neofascista Fini (que porfía para que le llamen posfascista), el gesto siempre barroco de Bossi, jefe de los federalistas de la Liga Norte, la voz coral y un poco atropellada de los centristas de Mario Segni...

También ha sido por primera vez en la historia italiana una campaña fundamentalmente televisiva, en la que las masas apenas se han congregado al aire libre por Fini y Bossi, y en las contadas ocasiones en que se ha desembarazado de su caparazón televisivo, por el propio Berlusconi.

Lejos queda aquella blindada sóbriedad de un partido que ganaba siempre, aunque a veces no lo pareciera, y de otro que aceptaba de buen grado su derrota, pese a que en ocasiones se asemejara más a un vencedor. Democracia Cristiana y PCI son sólo recuerdos de la historia.

Italia, dicen, es ahora más libre; ya no hace falta ser anticomunista o comunista para existir; ahora se puede ir al supermercado del sufragio y elegir de entre un muestrario mucho más tentador; incluso votar MSI (neoposfáscismo) ya no es intrínsecamente antidemocrático, puesto que Fini se ha aggiornato como todo el mundo, en una deriva hacia un sistema en el que nada sea obligatorio ni nada esté prohibido.

L'uomo berlusconiano, a punto de nacer o de abortar, ha de ser la referencia inevitable de este mundo presuntamente nuevo. Activo, con el acento persuasivo de los mejores vendedores de lavadoras, usuario de un buen repertorio de corbatas, transversal en vez de ideológico, en el sentido de que representa a una clase de políticos que dicen aspirar a "hacer cosas", a resolver problemas concretos, cualquiera que sea el rótulo ideológico que los partidos del Antiguo Régimen hubieran colocado a esas soluciones. Pero, todo ello, con una limitación cósmica: el anticomunismo.

La única prenda de otros tiempos que l'uomo berlusconiano no cuelga en el ropero es una tenaz afición a calificar de comunista a todo aquello que no le place: magistrados, periodistas, centristas poco adeptos y, ¿cómo, no?, el PDS, cualesquiera que sean sus declaraciones de arrobo capitalista, se suman a la grey de comunistas emboscados, compañeros de un viaje que la Unión Soviética sabemos hoy que llevaba a ninguna parte.

No importa. L'uomo berlusconiano tiene al menos en común con el inmediato pasado el hecho de que no puede vivir sin un enemigo principal. Su desideologización, aparente, corría el riesgo de hacer de su partido una amorfa congregaciórt de buenas voluntades; con la resurrección del enemigo es posible, en cambio, mantener prietas las filas.

Esta I bis o II República nos dirá mañana, en definitiva, si la apuesta del magnate televisivo es el comienzo o no de una nueva era en Italia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 28 de marzo de 1994

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