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Capítulo 1Argelia, en el vendaval

El despertar amargo

Los efectos devastadores de un cuarto de siglo de corrupción, despilfarro y partido único saltan hoy a la vista en Argelia

A vuelo de pájaro de Alicante, en un país con el que España sostiene una relación secular y al que le unen en la actualidad importantes intereses económicos, se libra una guerra civil que en las últimas semanas está causando más muertos que los conflictos en los Balcanes. Argelia se debate entre dos destinos siniestros: cuartel o mezquita. Los militares en el poder no aciertan a aplastar la rebelión islamista pese a aplicar, según denuncia Amnistía Internacional, mátodos de extraordinaria brutalidad. Juan Goytisolo, uno de los grandes escritores españoles contemporáneos y un profundo conocedor del mundo árabe, acaba de viajar a Argelia como enviado especial de EL PAíS.

En otoño de 1990 viajé con el equipo de Alquibla para rodar un filme de la serie sobre los ibadíes del Sáhara. Durante nuestra estancia en Ghardaia nos alojamos en un hotel inaugurado seis meses antes por el presidente argelino Chadli Benyedid: un edificio gris, desangelado e inhóspito marcado ya por las huellas de una fulminante decrepitud. Las habitaciones eran pequeñas e incómodas, había cortes frecuentes en el suministro de agua y el día en el que el técnico de sonido olvidó el grifo abierto provocó por falta de un sumidero adecuado una inundación que se extendió a medio piso. Al señalar el hecho a una de las encargadas de la limpieza, la mujer se encogió desdeñosamente de hombros: "Je m'en fous", dijo. "¡Esto no es asunto mío!". Tampoco el abrir y cerrar la puerta era asunto del portero que, vestido de un uniforme de almirante con botones dorados, permanecía impasible contemplando los esfuerzos de una vieja turista francesa por empujar la puerta con el hombro mientras arrastraba penosamente su maleta; unos días más tarde, cuando la cerradura se atrampó y los clientes no podíamos entrar ni salir, el mismo portero repitió la aserción de la encargada de la limpieza: él no tenía nada que ver con el problema, si queríamos quejarnos debíamos hacerlo ante el director. Mi inocente ocurrencia de entregar un jersei de lana a la lavandería concluyó en chiste: después de reclamarlo inútilmente varias veces y captar la conversación en árabe de los recepcionistas ("no, no se lo des; dile que lo han perdido") recibí mi prenda de vestir en miniatura, prodigiosamente encogida, como confeccionada aposta para uno de los siete enanitos de Blanca Nieves. Los empleados en chándal que vagaban por el vestíbulo sin ocupación aparente descubrieron su verdadera función la noche en la que un director teatral argelino, de visita al equipo con tres actores canadienses, fue seguido cautelosamente por uno de aquéllos hasta el momento en que entraba en el cuarto de una de las dos actrices: convocado de inmediato a recepción, fue amenazado de pasar la noche en comisaría. Pero el ápice de ese conjunto de signos de deterioro y arbitrariedad fue el famoso teléfono. De la media docena de locutorios alineados en el vestíbulo, aparentemente sólo funcionaba uno: una cola abigarrada aguardaba turno frente a él mientras los demás permanecían vacíos. Al cabo de un tiempo, abrumado con la perspectiva de la espera, decidí sin gran esperanza tentar la suerte en otro: descolgué el aparato, aguardé la tonalidad, marqué el número en, el disco selector y conseguí París de inmediato. Así saltó de un brinco el gato encerrado: el teléfono objeto de tanta y tan fiel asiduidad era como esa "santa" evocada por los protagonistas del Viaje de Turquía que "se dejaba cabalgar de balde". Bastaba con introducir en la ranura la moneda de un dinar para comunicar a voluntad y sin límite de tiempo con Argel, París, Madrid, Riad o El Cairo y obtener incluso la devolución del dinar astutamente prestado. A lo largo de los ocho días de rodaje vi en la hilera de listos a los servidores de un príncipe saudí o kuwaití que había venido al lugar con sus artes de cetrería, a turistas y huéspedes de nacionalidades diversas, a vigilantes y empleados del hotel, a algún gendarme o agente de policía. ¡Todo ello ocurría frente a recepción, en las mismísimas narices del director del hotel! En un país minado ya por la discordia interior, la gente estaba de acuerdo al menos en algo: burlar y defraudar al Estado.¿Cómo habían llegado las cosas a tal punto de degradación? Evocaba imágenes tumultuosas de mi primer viaje a Argelia en julio de 1962: la explosión de júbilo popular por una independencia duramente ganada, el ambiente de fraternidad que no excluía a los europeos simpatizantes de la revolución, la confianza casi general en un futuro más justo, libre y democrático. Con Jean Daniel, Giséle Halimi y otros amigos y valedores de la causa argelina, habíamos paseado por los barrios populares de Bab el Ued y la Kasba, asistido a un mitin del presidente Ben Bella en un campo de fútbol, viajado a Blida y Tipaza, recorrido una explotación agrícola abandonada por los piednoirs y expropiada por la reforma agraria, estrechado la mano del voluble y carismático presidente mientras Bumedián, en segundo término, presenciaba la escena, lo recuerdo, enigmático y silencioso, como un ave que acechaba la presa. Si va a decir verdad, la situación política manifestaba ya las pruebas de un retorno inquietante al pasado precolonial, al sistema patrimonial del beylicato otomano: lucha de clanes, rivalidades étnicas y regionales, rebeldía abierta o larvada de algunos vilayatos, clientelismo, ocupación del espacio político por los militares. Aït Ahmed, a quien visitamos en su feudo de Kabilia, se hallaba en disidencia con el poder. Ben Yeda, el ex presidente del Gobierno Provisional de la República Argelina (GPRA) había renunciado a su cargo tras la llegada. de Ben Bella a hombros del ejército. Budiaf criticaba en solitario el rumbo de los acontecimientos y pronto iba a conocer la prisión de sus pares después de una estancia de cinco años en cárceles francesas.

Señal de alarma

En mis siguientes viajes a Argelia después del golpe militar de Bumedián pude verificar de visu el deterioro del proyecto político, abandono y ruina de la agricultura, el despotismo burocrático, omnipotencia policial, una estrategia de industrialización forzada condenada al fracaso, la obsesión bismarckiana de convertir el país en la potencia dominante del Magreb gracias a su prestigio exterior y liderazgo en el movimiento de los No Alineados. Mi frecuentación de los obreros norteafricanos emigrados en Francia me permitió captar una primera y gravísima señal de alarma: a partir de mediados de los sesenta, mientras los trabajadores marroquíes y tunecinos enviaban sus ahorros a Tunicia y Marruecos para construirse una vivienda o abrir un comercio, los argelinos guardaban su dinero en Francia y preferían traer allí a la familia. Su falta de confianza en el futuro presagiaba lo que después sucedió: "En Argelia, decían, la iniciativa individual no sirve de nada, los burócratas son unos incapaces, el FLN está creando una generación de jóvenes que pierden el hábito del trabajo y adquieren una mentalidad de "asistidos". La brecha abierta entre el valor oficial y real del dinar se ensanchaba de año en año: aunque el primero era ligeramente superior al franco, mis conocidos me proponían recibir en su país el doble o el triple de la suma que les procurara en Francia. El año de la muerte de Bumedián, durante una asomada a Beni Drar, en el país Beni Snasen contiguo a la frontera, mis huéspedes marroquíes me mostraban los fajos de billetes de 100 dinares que los contrabandistas argelinos les entregaban por cuenta de comerciantes o burócratas de Maghnia o Tremecén para cambiarlos en Uxda a un tercio de su valor: 33 dirhames. Sin necesidad de recurrir a análisis políticos ni estadísticas poco fiables la experiencia me mostraba con crudeza la realidad oculta por la leyenda y la demagogia "revolucionarias".

La izquierda, en la trampa

Muchas veces me he preguntado cómo nuestros ensayistas y políticos de izquierda pudieron caer en la trampa y considerar al régimen de Bumedián y aun al de Chadli Benyedid como un espejo de progresismo y democracia. ¿Juzgaban sus bien visibles destrozos como accidentes transitorios respecto a su valor "esencial" perdurable? Cuando en 1976, recién recuperado el derecho a la palabra, tuve el atrevimiento de opinar que el régimen marroquí, con todos sus defectos, me parecía preferible al argelino en la medida en que aquéllos podían ser corregidos mientras que el FLN estaba arrasando a su país sin remedio, la salva de improperios y respuestas virtuosas que acogió mis artículos fue clamorosa y unánime. Era la época en la que nuestros actuales dirigentes -entonces en la oposición- volvían de sus viajes en globo a Argel como Alicia del país de las maravillas, proclamaban su convergencia de ideales con el FLN, ponían en los cuernos de la luna "las conquistas revolucionarias" de una sociedad al borde del abismo. ¿Cómo no advirtieron el cataclismo que se avecinaba? Su lectura ideológica de la realidad, ¿les cegaba al punto de tomar los molinos por castillos?

Cuando los sucesos de octubre de 1988 y la sangrienta represión que se desató abrió al fin los ojos a los amigos y simpatizantes del régimen, éstos descubrieron abrumados, simultáneamente a la prensa argelina liberada al fin de sus grillos, la magnitud del desastre.

Al conquistar la independencia, Argelia era un gran exportador de productos agroalimentarios, disponía de la mejor infraestructura del continente después de Suráfrica y la venta de hidrocarburos componía tan sólo el 12% de sus exportaciones. La política de industrialización acelerada y la incuria obcecada de la agricultura transformó en un quinquenio al país en un Estado monoexportador. En 1988, el 95% de sus beneficios procedían de los hidrocarburos mientras el 80% del consumo alimentario dependía de la importación. Bumedián y sus consejeros creían que la venta de petróleo y gas natural permitiría la realización de sus gigantescos proyectos y el abastecimiento subvencionado de la población. Ello fue posible después de la guerra egipcio-israelí y el alza súbita del precio del crudo. Pero la baja paulatina de éste en la siguiente década redujo drásticamente los ingresos y los mercados de capitales extranjeros, hasta entonces generosamente abiertos a Argelia, se cerraron de golpe. La población había pasado entretanto de 11 a 25 millones de habitantes; las grandes empresas públicas funcionaban a un 30% de sus capacidades; pese al gran número de subvencionados en paro técnico, la cifra de desempleados, en su mayoría jóvenes, alcanzaba el 20 y hoy el 25% de la población activa. Al final de los ochenta, todo parece conjugarse para llevar al país a la parálisis tras veinte años de endeudamiento y despilfarro (cien mil millones de dólares enterrados en inmensos cementerios industriales): el pago de los intereses de la deuda de 26.000 millones de dólares absorbe el 80% de los beneficios de la venta de hidrocarburos; los inversores extranjeros evitan un país inestable y sujeto a las trabas de una burocracia incompetente y corrupta; la escasez y subida vertiginosa del precio de los bienes de consumo ordinario y el hacinamiento urbano ocasionado por el crecimiento demográfico y el éxodo rural subsiguiente a la ruina de la agricultura -una media de siete personas por vivienda y de tres por pieza- avivan la impaciencia y animosidad de una población exasperada por la penuriade productos básicos, cortes de agua y electricidad, colapso del sistema de transportes. En los últimos años la renta per cápita cae de 2.700 dólares a 1.400. En tanto que la agricultura marroquí asegura el 70% del consumo nacional, la argelina cubre menos del 2% del mismo. "El antiguo granero de trigo de los romanos en tiempos de Tito Livio, escribía el economista Zayka Daud en Le Monde Diplomatique, fue sacrificado. Allí donde reinaba la vieja civilización del olivo, se guisa hoy con aceite importado de colza o de gira sol". La masa de jóvenes desocupados -hittistas o aguantaparedes- no escolarizados y sin futuro son en 1988 un polvorín presto a estallar. Los efectos de vastadores de un cuarto de siglo de corrupción, despilfarro y partido único saltan a la vista: desertización cultural y moral, desamparo, pérdida del sentido de identidad, violento caudal de energías inempleadas, aversión a la nomenklatura. Meses después del aplastamiento de la rebelión en las calles de Orán y Argel, miles de jóvenes gritan en los estadios: «¡rana dayaain, dduna Filistín! ¡estamos perdidos, enviadnos a Palestina!". Pronto la guerra o yihad en la que sueñan la iniciarán en su propio país. Su marginación y odio irreductible al sistema los con vertirá fatalmente en la base aguerrida y vengadora del FIS.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 27 de marzo de 1994