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Reportaje:PLAZA MENOR - CUATRO CAMINOS

Orgullo de casta

El paso elevado de Cuatro Caminos es una tachadura que emborrona la plaza, ciega sus perspectivas y la secciona con un tajo brutal de hormigón y asfalto edificado a la medida de los automóviles, que es la medida de una ciudad que margina a sus ciudadanos y mima a sus monturas. La glorieta de Cuatro Caminos es el antiguo corazón obrero y republicano de Madrid, Puerta del Sol proletaria, ciudadela anarquista y socialista de cuando el socialismo era más utópico que nominal. El novelista Corpus Barga, que reparte en su crónica las plazas de Madrid entre los escritores de su tiempo, adjudica ésta a don Pío Baroja, que encontraría en sus aledaños materiales y personajes para sus novelas sociales. Sin duda don Pío abominaría hoy de su feudo literario; el viejo café Metropolitano es un ruidoso y centelleante salón de juegos electrónicos que ha perdido la memoria de sus tertulias y de sus conspiraciones. La Ciudad Universitaria está a dos pasos y Cuatro Caminos fue, hasta hace casi dos décadas, punto de confluencia de los dos gremios potencialmente más subversivos para el antiguo régimen: obreros y estudiantes. Hoy el paisaje urbano se enriquece aquí con nuevos mestizajes, inmigrantes africanos forman corrillo en las bocas del metro junto a los puestos de flores de las gitanas y grupos de ociosos se apuntalan en la puerta de unos populares almacenes para presenciar la pantomima de un veterano cómico callejero.Cuatro Caminos limita al norte con el castizo y aguerrido barrio de Tetuán de las Victorias; por Bravo Murillo desciende a todas horas un flujo incesante de ciudadanas que se asoman a los escaparates y de ciudadanos que se asoman a las tabernas. Hoy, muchas tabernas se han convertido en cafeterías, salones nupciales o tiendas de moda, pero el barrio se resiste a perder su idiosincrasia, que aún se percibe bajo el maquillaje de las fachadas comerciales con sus decorados modernos.

El Rubí no brilla en consonancia con su nombre, pero es el único bar todoterreno de la glorieta, un espacio polivalente que ofrece desayunos, tapas, meriendas, cañas y copas a precios económicos y a pie de barra; es un bar de paso, sin mesas ni asientos, sólo un largo mostrador, generalmente a rebosar. En los servicios de caballeros todavía pueden verse, si los vapores amoniacales no turban la visión, amarillentos y rancios adhesivos de consultorios médicos de toda la vida especializados en "Piel, venérenas, sífilis e impotencia".

Si Baroja es el mentor literario de la plaza, Gutiérrez Solana es su pintor y su guía, con el pincel o con la pluma, el tremebundo artista retrató del natural los desgarrados y crapulosos carnavales de Tetuán, la procacidad ingenua y aldeana de los bailes de criadas y las comilonas al aire libre de los merenderos que hicieron célebre la zona de Cuatro Caminos. Merenderos como el de Franco o el de Canuto, donde cuentan las crónicas que se encontraron José Nakens, editor y director de El Motín, y el aspirante a regicida Mateo Morral, la tarde del 31 de mayo de 1906, unas horas después de que Morral tratase en vano de acabar con la vida de Alfonso XII y de su reciente esposa, lanzando una bomba al paso de la comitiva nupcial.

Conspiraciones a parte, en aquellos merenderos servían los domingos y fiestas de guardar ensaladas ilustradas con aceitunas negras y troncos de escabeche, paellas y conejos en salsa, caracoles y chuletas de cordero, o de vaya usted a saber. Las tiendas de comestibles abrían los festivos sin que nadie protestara y mostraban en sus puertas, como reclamo, grandes racimos de chorizos y jamones. No faltaban tampoco los toques de diseño en los escaparates, Solana no oculta su admiración ante un ultramarinos que exhibía, enmarcado, "un trabajo artístico, hecho con trozos de bacalao, que representa dos mujeres desnudas bailando con un cura".

Solana, el también pintor Ricardo Baroja, Corpus Barga y Valle-Inclán vieron cómo se construían los primeros rascacielos de Cuatro Caminos desde el cementerio abandonado de San Daniel, meta de literarias y truculentas excursiones de la singular pandilla. Corpus Barga comparó las ventanas de aquellos edificios con nichos sepulcrales para vivos y Solana las llamó grilleras. Corpus como Pedro de Répide y otros cronistas de la época despotricaron contra aquella nueva forma de arquitectura que propiciaba el hacinamiento y la claustrofobia de sus inquilinos en nombre de la vanguardia y el progreso. El edificio así denostado se llamó y se llama Titanic, y permanece varado e insumergible en una esquina de Reina Victoria desde 1919, cuando la Compañía Urbanizadora Metropolitana propietaria del Metro inició su polémica construcción.

Nudo crucial de comunicaciones, la historia de Cuatro Caminos está ligada al ferrocarril metropolitano y también a los autobuses y tranvías que allí tuvieron sus cocheras. Sus restos aún son visibles en los aledaños de la plaza, junto al curioso mercado de San Antonio, en fábrica de ladrillo con azulejos geométricos, un humilde ensayo de vanguardia popular edificado en 1910 por un arquitecto desconocido. Los edificios Titanic, el mercado y la antigua casa de socorro, también de ladrillo, que hoy alberga un centro de la tercera edad, un colegio y una concurrida biblioteca pública, son los únicos testimonios visibles de la antigua configuración de esta maltratada glorieta, que pese a la hostilidad del paisaje urbano sigue siendo centro, agora y mentidero de un barrio que no ha perdido del todo su viejo espíritu libertario e insumiso, que conserva su orgullo y su casta, aunque sus pobladores de hoy, más pacíficos, no vayan por ahí desafiando a sus posibles rivales con aquel estribillo que llegó a hacerse célebre en el Madrid de principios de siglo: "Eso no me lo dice usted en los Cuatro Caminos".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 16 de marzo de 1994