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Alarma social

Las mañanas de los días de fiesta hay una extraña armonía en la vida de la ciudad, como si todas las cosas funcionaran con el ritmo que uno recuerda que tenía el tiempo en la playa amable de la que hablaba Albert Camus. Luego viene un disparo al aire, se rompe esa armonía y se produce lo que los jueces llaman alarma social.La mañana del último sábado, en concreto, el día era luminoso como el preludio de una fiesta. Un joven comía manzanas verdes en la esquina de mi calle y una mendiga silenciosa reclamaba respeto y dinero para su hambre y su familia. En tales circunstancias, cuando la atmósfera transmite aquella sensación de armonía, incluso esas visiones urbanas de la miseria de aluvión parecen coherentes con el espíritu esencial del día.

Pero en un instante piensa uno si no vendrá de algún lado un disparo de nieve que nos suma de nuevo, tras ese espejismo madrugador, en la alarma social de la que hablan los jueces.

A lo largo de la jornada, todas esas armonías se van volvieron rugosas. La ciudad deja atrás aquellas pequeñas horas, cuando todo se pone en orden, y ya el día enseña sus dientes amarillos. Madrid lucha siempre contra su belleza interior, contra la paz de los pueblos que la forman, y hay ciudadanos que rompen el segundo de quietud que reclama el tiempo disparan o con una puntería perversa para acabar con la impasible armonía del día, ese espacio en el que a lo mejor hemos querido ser felices.

La vida se rompe siempre con ruido: el griterío, la discusión, la bronca, el disparo propiamente dicho. El domingo vi al alcalde de Madrid diciendo que detrás del ruido de los coches hay una ciudad magnífica por la que da gusto pasear. Esa ciudad existe, pero vive sobre todo en las primeras horas de la mañana de los días de fiesta. Ni el alcalde ni nadie han logrado impedir que después de ese tiempo quieto surja alguien que con su ruido propio, con sus armas a mano, siembre de cristales rotos el camino por el que transita la vida de los otros. Esa amenaza en la que vive Madrid es la verdadera alarma social contemporánea, la sensación de que es imposible preservar la armonía que nos insinúa a veces el diáfano comienzo de los días.

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