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España invertebrada: estado de la cuestión

En determinados círculos intelectuales se ha planteado recientemente la cuestión de la invertebración de España, una tesis que defendió Ortega y Gasset en 1921 cuando publicó su libro de ese título. En realidad, en España invertebrada había dos tesis: una referente al origen y formación de la nación española y otra que constituía un diagnóstico de la situación social de nuestro país en el momento en que Ortega escribió su libro. Sobre la primera, los historiadores han dicho ya su última palabra, poco favorable a los juicios orteguianos.Queda, en cambio, en pie la segunda cuestión y su posible vigencia. en la España de hoy; es decir, si España permanece todavía socialmente invertebrada o ha superado ya los males que llevaron al país a la invertebración. Antes de responder recordemos brevemente la tesis orteguiana, según la cual nuestra sociedad estaba infectada de particularismo; en otras palabras, los intereses grupales de las distintas partes de la nación -Iglesia, Ejército, Justicia, Gobierno, etcétera- primaban sobre el interés colectivo, propiciando conductas endogámicas favorecedoras de lo que el propio Ortega llamaba compartimentos estancos. O como dice en un párrafo de su libro: "La esencia del particularismo es que cada grupo deja de sentirse a sí mismo como parte, y en consecuencia deja de compartir los sentimientos de los demás"; de aquí que en casos extremos pueda llevar al separatismo político.

Mis actuales interlocutores negaban en su mayoría que la tesis de Ortega tuviese hoy vigencia. Es obvio que en la España actual los intereses institucionales de las distintas partes que componen el Estado han aprendido a dialogar entre sí. Ni la Iglesia, ni el Ejército, ni la Justicia -por poner unos pocos ejemplos- son poderes encastillados en sí mismos, ni practican la política del compartimento estanco. Por mi mi parte, diría que incluso esto se nota en las conversaciones, donde la participación y el saber escuchar priman sobre las viejas actitudes del griterío y del hacer los oídos sordos. Y sin embargo...

Hay un punto en el que la tesis orteguiana no sólo podría seguir teniendo vigencia, sino que incluso, a mi juicio, la situación se ha agravado. Me refiero a nuestro actual Estado de las autonomias, que, aunque ha generado tensiones y conflictos desde el primer momento, sólo en los últimos tiempos parece haber alcanzado grados alarmantes hasta el punto de constituir una auténtica amenaza de invertebración o, incluso peor, desvertebración de España. En el caso de Cataluña, el proyecto plausible y elogioso de normalización del catalán ha conducido a una política de inmersión lingüística que puede suponer a no muy largo plazo un peligro para el castellano como lengua común del Estado español. Por lo que toca al País Vasco, las declaraciones de Xabier Arzalluz sobre una supuesta autodeterminación imparable constituyen expresión de beligerancia inadmisible dentro de un Estado constitucionalmente establecido que hasta ahora se ha caracterizado por un continuo intento de racionalizar todos los conflictos.

La escalada de declaraciones por parte de algunos de los principales líderes políticos de las dos comunidades autónomas antes citadas constituyen por sí mismas un motivo de reflexión preocupante que pone sobre la mesa de debates la cuestión de la invertebración española y que en algún momento ha llegado a traer el viejo recuerdo de un secesionismo que ya creíamos superado para siempre. Cuando algún observador político nos llama la atención sobre el carácter meramente electoralista de tales declaraciones, no sólo no aminora nuestra preocupación sino que la hace aún mayor. A la vista de las actuales tragedias que se viven en la antigua Yugoslavia, los líderes políticos no parecen ser conscientes de la grave responsabilidad en que incurren quienes cultivan esa clase de nacionalismos. Se empieza por halagar vagos sentimientos patrióticos con fines electoralistas y se acaban recogiendo las tempestades de una caja de Pandora que, una vez abierta, deja de ser dueña de sí misma. Es increíble que gentes responsables y políticamente maduras puedan caer en una frivolidad de tan graves consecuencias.

A la vista de tales actitudes, algunos interlocutores de los círculos intelectuales de que hablaba al comienzo de este artículo se han planteado la necesidad de recordar aquellas tesis orteguianas de la invertebración española formuladas hace ya más de setenta años. Quizá no estaría de más recordar aquí aquella vieja sentencia según la cual "el pueblo que ignora su historia está condenado a repetirla". Pero no quisiera yo terminar este artículo sin referirme a un tema subyacente a tales actitudes y que constituye una de las asignaturas pendientes de nuestra democracia. Me refiero a la sistemática dejación de la idea de España por parte tanto de poderes públicos como de autoridades responsables. Quizá el abuso que la dictadura franquista hizo de tal concepto, monopolizándolo en pro de su política centralista y unitaria, provocó el consiguiente rechazo por parte de las comunidades periféricas que no aceptaban dicho monopolio.

Se convirtió entonces en usual hablar del Estado español para, sbrepticiamente, rechazar un uso político del concepto España, con el que no se identificaban. Esa dinámica implicaba que el ser vasco o catalán no suponía necesariamente ser español, aunque le estuviese bajo el dominio del Estado español. El cambio democrático hubiera sido el momento de iniciar una recuperación integradora y comprensiva de la idea de España, esto es, de una España plural y abierta a sus distintas naci6ñalidades, tal como lo establece la Constitución; pero ese mandato constitucional no se ha plasmado en realizaciones concretas que permitan la recuperación de una nueva idea de España que sea representativa de su rica y compleja historia, una historia en la que vascos, catalanes y gallegos han tenido parte activa junto a castellanos, asturianos, extremeños, andaluces, valencianos o canarios...

La historia española es ininteligible sin todos y cada uno de sus ingredientes; por eso, pretender amputarla es cometer un atentado histórico que resulta empobrecedor y anacrónico para aquélla. Si en el pasado de nuestro país los excesos del poder central conducían de hecho a la anulación de algunas de sus partes sustanciales, la solución ahora no puede estar en que las partes nieguen el centro. Queremos una unidad que sea suma, y no resta. Sólo así entendida tiene sentido la incorporación de España a Europa, es decir, la incorporación de una realidad nacional que enriquezca la Unión Europea, eludiendo potenciales fragmentaciones. En esta tarea deberíamos comprometemos todos los españoles sin echar leña al fuego de una posible invertebración, aunque de momento ésta sea impensable.

José Luis Abellán es catedrático de la Universidad Complutense.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 31 de enero de 1994.

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