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Sábado

Sábado sabadete... Y dicho esto, ya no hacen falta más explicaciones. La expresión es de una elocuencia incuestionable. Si al sábado se le adjetiva sabadete, es indicio de que lo jalonan fastuosas perspectivas. A veces estos fastos se anuncian en abstracto y simplemente forman parte de ese fenómeno lúdico, repetitivo e indescriptible que llaman la movida. He aquí otra rúbrica que lleva implícita su definición en el mismo enunciado: la movida madrileña.Nadie debería intentar analizarla para comprenderla porque la movida es en sí misma un acontecimiento de primer orden, y lo importante es participar. Los mayores, que conocieron otros tiempos y otras modas, no entienden que esa sea forma de divertirse. Y entonces vienen los especialistas y explican que se trata de una barrera de incomprensión entre dos formas radicalmente opuestas de entender la vida.

Lo cual significaría que se ha producido una fractura generacional, y en la fractura, un vacío. Grave problema, de ser cierto. Porque daría a entender que, de repente, una generación se ha revelado contra las costumbres, la ideología y la cultura de su precedente. Es lo que sucedió a raíz de los grandes acontecimientos que conmovieron la Humanidad: la revolución industrial, las conflagraciones mundiales, y, en España, la guerra civil, dicho sea a título de ejemplo.La diferencia estriba -explican los especialistas- en que mientras tales cambios necesitaron para asentarse una centuria mal contada, los hechos históricos se suceden ahora a velocidad vertiginosa. Aunque quizá no sea para tanto. Hay muchos hechos que se auguran históricos y acaban siendo el parto de los montes. Bastó que se anunciara un emocionante Barcelona-Real Madrid de fútbol para que lo calificaran el partido del siglo; dijeron que los acuerdos de Maastricht cambiarían mentalidades, estructuras y hasta el propio concepto de Estado, y ya ni se habla de eso; la guerra del Golfo iba a establecer un nuevo orden universal, la sacaron por televisión, movieron tropas, tiraron bombas, gastaron un dineral, y seguimos lo mismo que antes.

No parece, entonces, que haya tantos motivos de ruptura. Quizá todo se reduzca a que esta generación nueva de la movida no se creyó lo de la guerra del Golfo, ni lo de Maastricht, ni lo del partido del siglo, ni nada; y no por indiferencia ante la historia sino porque no es tonta. A fin de cuentas, a la generación de la movida le han ofrecido sus mayores pocas cosas que merezcan la pena. Muy pocas, comparadas con el gusto que da un buen sábado sabadete aprovechado a tope.

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