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¿Cuervos 0 cabras?

Ya no puedo aspirar a ser objetivo... Cualquiera que haya vivido en el infierno de Madrid con sus ojos, sus nervios, su corazón, su estómago y luego pretenda ser objetivo es un embustero. Si los que disponen de máquinas y pinta de escribir para imprimir sus opiniones se quedan neutrales y objetivos ante tanta bestialidad, entonces Europa está perdida. (Arthur Koestler, Testamento español, 1937).Una de las lecciones del pasado periodo de confrontación entre el bloque soviético y Occidente respecto a las guerras, conflictos y regímenes culpables de atropellos y crímenes es la necesidad de acabar con el maniqueísmo -la distribución automática de papeles de malos y buenos- en función de supuestos criterios ideológicos y, peor aún, geoestratégicos: ello indujo a cometer, como sabemos, innumerables disparates. Puesto que la dictadura militar de Bumedian en Argelia era "progresista", su desastrosa política interior y exterior debía serlo también; si la difunta URSS invadía Afganistán, lo hacía en nombre del "internacionalismo revolucionario", etcétera. El zoroastrismo marxista condujo así a situaciones tan absurdas como la de la condena por los intelectuales sandinistas de la resistencia afgana o la aprobación por los castristas de la introducción de los tanques en Praga.La comunidad del alineamiento incondicional con uno u otro bando ha desaparecido en el mundo de hoy: Yeltsin es tan proamericano como Clinton. Ante cada uno de los conflictos nacionales, étnicos, religiosos que proliferan en el planeta y nos instalan imperceptiblemente en una Tercera (múltiple y heteróclita) Guerra Mundial, no hay coartada ideológica alguna: el eventual compromiso con ellos se justifica únicamente por un conocimiento fidedigno y directo. Cabe preguntarse, en efecto: ¿por qué Bosnia y no Angola?, ¿por qué Somalia y no Tayikistán? Confieso que los datos de que dispongo sobre la situación en Mogadiscio, la lucha ya no ideológica sino tribal angoleña o los derechos de la minoría uzbeca no me autorizan a opinar sobre los mismos con conocin-liento de causa. Por eso me callo. Quienes voluntaria o involuntariamente ignoran lo acaecido en Bosnia harían bien en seguir mi ejemplo.

El que lectores e incluso colaboradores regulares de EL PAíS, al cabo de año y medio de una información tan exhaustiva y honesta como la procurada por el testimonio de José María Mendiluce y los artículos de Hermárin Tertsch, Alfonso Armada, Ramón Lobo, Francesc Relea y otros corresponsales de coraje y dignidad ejemplares, opinen a estas alturas "¿quiénes son los buenos en esta guerra? Las víctimas de una aldea son verdugos de la otra. Los musulmanes son víctimas aquí, carniceros allí y cómplices en otro sitio. Se puede decir lo mismo de los croatas y serbios", ¿muestra la inutilidad de la prensa en la exposición de los hechos o la mera cerrazón de quienes la leen sin querer enterarse? Acusar a todos por igual en el drama de Bosnia-Herzegovina, sin especificar el origen de la agresión, la brutalidad sin límites de la misma (adrrútida hoy por el propio Milosevic para desembarazarse de su ex aliado y cómplice Seselj, a quien acusa de genocidio y de haber encubierto "hazañas" como la de jugar a fútbol con las cabezas de los prisioneros musulmanes) y la desproporción de fuerzas entre agresores y víctimas (agravada por un embargo de armas que sólo castigan a los agredidos), me recuerda la famosa sentencia del juez que, después de una violación a punta de navaja en el curso de la cual la violada se defendió como pudo, dictó la absolución del acusado con el argumento de que "había habido violencia por ambas partes ¡Sabia jurisprudencia que estos lectores con los ojos o la mente obturados sostienen imperturbables en su reparto equitativo de culpas!

A la actual lucha feroz por la supervivencia de un Estado reconocido por las Naciones Unidas y de la comunidad más débil y amenazada de completa aniquilación según el último y estremecedor infórme del Alto Comisionado de la ONU sobre la situación de los derechos humanos en la ex Yugoslavia, Tadeusz Mazowiecki, no puede ni debe hacernos olvidar la masa abrumadora de pruebas tocante al primer genocidio perpetrado en Europa después de la 11 Guerra Mundial. Todo lector informado -sin necesidad de ir a Sarajevo- conoce el nombre de los principales criminales de guerra y el número aproximado de víctimas: las listas de unos y otras con una relación pormenorizada de los hechos se hallan en posesión del Tribunal Internacional encargado de juzgar los crímenes de guerra en los Balcanes establecido en La Haya. Cualquier persona -entre ellos escritores intelectuales- es muy libre de permanecer indiferente o escéptica ante lo ocurrido -como sucedió antes con los campos de exterminio nazis y estalinianos-, pero, en este caso, la discreción resulta desde luego aconsejable.

La constitución, representatividad y decisiones del improvisado Parlamento de Escritores de Estrasburgo son a todas luces objetables. Nadie eligió los miembros de dicha asamblea y sus reglas y funcionamiento parecen bastante confusos. En mi brevísima intervención sobre el tema, me limité a plantear dos preguntas. Primera: ¿Será un parlamento de escritores o de burócratas de la cultura? Segunda: ¿Cómo conseguir que los primeros no se burocraticen y actúen como funcionarios? Mis escasas aptitudes de parlamentario (pese a mis problemas de insomnio, siempre que he presenciado en televisión un debate del Congreso de Diputados se ha adueñado de mí un sueño invencible hasta el punto de que acabo por considerar dicho remedio televisivo como el mejor hipnógeno) no me permitirían en todo caso intervenir eficazmente en el mismo. Si algunos escritores nos sumamos a la bien intencionada iniciativa fue para poner nuestro modestísimo peso en la balanza y contribuir a un cambio de la política cultural y no cultural de los Doce respecto a Sarajevo. Sólo la multiplicación de manifestaciones y actos abiertos a todos, como los que actualmente se preparan en España (Barcelona, Madrid, Santiago de Compostela, San Sebastián, etcétera) puede movilizar a la sociedad civil contra la pasividad o complicidad de los Gobiernos europeos con Milosevic, Karadzic, Mate Boban y congéneres. Romper el asedio brutal de los radicales serbios a la agonizante capital bosnia está por desdicha fuera de nuestro alcance; pero podemos influir en levantar el segundo y más hipócrita cerco que asfixia a la ciudad: el de ciertos mandos de Unprofor. En el mandato de las Naciones Unidas a éstos, no figura el derecho de confiscar la correspondencia de los sitiados ni de impedir el libre movimiento de los intelectuales bosnios invitados al extranjero ni vedar la entrada en la ratonera a cineastas de renombre mundial como Jererny Iron y Vanessa Redgrave. Tampoco el de desconectar las líneas telefónicas de los Doce con Sarajevo, siendo así que desde cualquier locutorio público suizo se obtiene a punto el número deseado. Esta última y cruel medi,da, revelada en Estrasburgo por el redactor jefe de Oslobodenje, Zlatko Dizdarevic, es absolutamente incomprensible y escandalosa. En una reunión privada con la alcaldesa de la capital alsaciana le expuse en nombre de la delegación bosnia a la que acompañaba la urgencia en averiguar de dónde provenía tal decisión. Las sociedades democráticas en las que vivimos suponen un mínimo de transparencia. Los españoles, franceses o alemanes tenemos el derecho de conocer el nombre de los autores de semejante abuso y exigir responsabilidades.

Escribo todo esto sin forjarme ilusión alguna. El duro de sordera o cinismo, ¿cederá al clamor de las manifestaciones de protesta y condena masiva de juristas e intelectuales (Paz, Brodsky, Milosz, Grass, Fuentes, etcétera)? ¿0 estos negociadores comunitarios, diplomáticos y ciudadanos de a pie "equitativos" en el reparto de culpas en el "avispero" balcánico seguirán en sus trece? Ello me recuerda el cuento de los cuervos y cabras, un cuento que se diría inventado en el sur de Marruecos, en donde estas últimas se encaraman a las ramas más altas de los erguenes en- busca de alimento y, vistas de lejos, se confunden con los primeros: frente a la tozudez de quienes persisten en negar la evidencia de lo evidente no hay respuesta posible. Las cabras vuelan porque tienen alas.Juan Goytisolo es escritor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 26 de noviembre de 1993.

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