Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:

Trabajo

Veo a Aznar en los papeles con el ceño sombrío, declarando muy enfático que la propuesta de reparto de trabajo como solución a la crisis es "absurda y estúpida", y que hay que poner el acento "no en los derechos sino en los deberes, ( ... ) más trabajo y esfuerzo de todos y para todos". Al señor Aznar le ha quedado el párrafo precioso, la vehemencia muy cuca y la santa indignación decorativa, pero me gustaría preguntarle de qué demonios de trabajo está hablando, y si no sería más útil para todos que pusiera su cabecita ceñuda a funcionar.En 1978 una comisión de expertos de la CE elaboró un minucioso informe sobre la revolución microelectrónica, que iba a ser, decían, de mayor envergadura que la revolución industrial. Tomando como modelo la industria relojera suiza, calcularon que para el año 2000 habrían desaparecido para siempre más del 70% de los puestos de trabajo del sector. Siendo optimistas en las cuentas, la reconversión podría acabar con la mitad de todos los empleos del mundo occidental.

Un cambio tan brutal, pensaron los expertos, exigía medidas drásticas. Había que empezar a cambiar la mentalidad de la gente: desacralizar el trabajo, potenciar el ocio. Promover una mayor movilidad en los asalariados, de manera que pudieran trasladarse a distintas zonas de la CE. Introducir la idea del empleo rotatorio, contratarse durante temporadas de seis meses, por ejemplo, y pasar después un año en paro, para que todo el mundo pudiera trabajar. Todo eso aconsejaban con urgencia los expertos. Pero han pasado muchos años y no se ha hecho nada: las empresas no quieren arriesgarse. ¿De qué trabajo habla Aznar? No hay y no habrá: al menos, no lo habrá como antes. ¿Y a qué esfuerzo se refiere? Al de los asalariados, me parece. A su marginación y su sufrimiento.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 6 de noviembre de 1993