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Tribuna:

En defensa propia

Con motivo de la perturbadora noche que al paseo de la Castellana y su vecindario proporcionaron la noche del 25 al 26 de septiembre algunos miles de heroicos gamberros motorizados, junto a otros muchos que a pie coreaban el espectáculo y el triste episodio del asalto al Ayuntamiento, con motivo del pleno del día 27, estimo preciso hacer algunas precisiones en defensa del más que sacrificado Cuerpo de Policía Municipal de Madrid.Se habla de fracaso de la Policía Municipal y sus dispositivos para prevenir, evitar y/o disolver unas asonadas colectivas como éstas. Y ello constituye una injusticia, mande yo el cuerpo o quien fuere.

El recordatorio insistente de que es mi persona quien ahora dirige este cuerpo -sin que se produzcan alusiones reiterativas análogas respecto a las personas que, a mi nivel y superiores, son responsables de la seguridad ciudadana- hace pensar en algún oscuro propósito, quizá encaminado a que me canse yo o se cansen quienes me designaron, de tanta tensión crítica, y termine por abandonar mi puesto. Mis espaldas son anchas y puede decirse de mí lo que se quiera. Ya comprendo que es cómodo contar con una cabeza de turco sobre la que concentrar aquella tensión crítica. Lo que no debo permitir es que se ataque al ejemplar Cuerpo de Policía Municipal, que en tantas ocasiones literalmente hace más de lo que puede.

Vivimos en un sistema político decidido por la mayoría de los españoles, del que se derivan unos marcos jurídico y legal que limitan lógicamente la acción policial de forma muy considerable. No es justo, así, arremeter contra quienes no pueden impedir la presencia en las calles de prostitutas, consumidores de droga, chaperos, espadistas, butroneras, carteristas, santeras y maleantes de toda laya, porque tienen derecho a estar mientras no actúen delictivamente y aunque estén identificados hasta la saciedad. Otra cosa es que, tangencialmente y siempre esporádicamente, se les pueda y deba alejar de zonas en las que su presencia o forma de producirse pueda generar escándalo por tratarse de áreas de elevada concentración ciudadana normal y, fundamentalmente, niños.

Aquellos que tanto estimularon y estimulan la movida, el colocarse y al loro, la diversión juvenil en las noches de nuestra ciudad o la algarada como sistema reivindicativo, que siempre molestan al vecindario que desea descansar o vivir tranquilo, son quienes deberían ser criticados por alentar actitudes masivas que desembocan o pueden desembocar en situaciones como la del sábado noche del 25 al 26 de septiembre o la del lunes 27.

Situaciones que, por su volumen y exaltación colectiva, en muchas ocasiones rebasarán las posibilidades moderadas de actuación policial, dada la lógica desproporción numérica. Otra cosa es si se utilizan medios humanos y materiales especializados en algunas acciones antidisturbios. Pero..."¿Cuándo la movida o la con centración-manifestación, se convierten en disturbio?", ¿qué cobertura tiene la policía verde, blanca o azul -Guardia Civil, Cuerpo Nacional de Policía o policías locales- en caso de que su intervención se juzgue a posteriori desproporcionada? Pues poca, la verdad. Por ello hay que retardar siempre y lo más posible la intervención en fuerza, hasta cargarse de razón.

Hay mucha vaguedad y, sobre todo, propósito claro de no parecerse a aquéllos grises de la dictadura, que disolvían a palos y sin distinciones todo cuanto perturbaba la tranquilidad ciudadana. ¿Es aquéllo lo que se desea? Y es que hay mucho de contradictorio entre lo que se exige de los policías y lo que en realidad pueden hacer sin el fantasma de tener que comparecer ante los jueces con desagradable frecuencia.

Lo dicho hasta aquí es válido en términos generales para los componentes de todos los cuerpos, y fuerzas de seguridad del Estado y locales. Debo añadir que, cuando unas situaciones como las que nos ocupan, degeneran en una masiva perturbación del orden y la pacífica convivencia ciudadana, la Policía Municipal no sólo no tiene medios materiales ni competencias antidisturbios, sino que ni siquiera cuenta con la cobertura legal y la anuencia sindical necesarias para utilizar medios de defensa, ante posibles agresiones masivas, como cascos, escudos y otros instrumentos que pudieran dar una imagen de policía represiva. La Policía Municipal corre muchos riesgos hasta que la situación -como ocurrió esa noche- se hace lo suficientemente insostenible como para que la autoridad o mando gubernativo, no municipal, decida intervenir por la fuerza. Esos riesgos de mis hombres no son reconocidos. Son injustamente criticados.

Los dispositivos preventivos para evitar este tipo de movidas algaradas fueron correctos. ¿Que sería deseable utilizar más medios humanos y materiales? Pues seguramente. Pero hay lo que hay y nada más. Sería muy complicado explicar aquí y al lector por qué los efectivos de policía en las calles de Madrid son escasos, pero, los medios de comunicación y sus secciones especializadas en información local, sí tienen la obligación de conocer las causas, en manera alguna imputables a los componentes de los cuerpos, ni menos a sus pacientes mandos. ¿Que se quiere que la Policía Municipal actúe ad integrum, como los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado? Pues que se la dote de la cobertura legal, atribuciones, competencias y medios precisos adecuados para hacerlo.

Hoy por hoy, y no es escurrir el bulto, no ocurre así. Verdad que al ciudadano, cuando se encuentra en situación dificil, singular o colectiva, poco le importa si el policía al que acude o del que espera ayuda va vestido de verde, de blanco o de azul. Pero, es igualmente cierto que se le debe informar con justeza y precisión de lo que tiene derecho a esperar de unos y otros en materia de protección colectiva y ante disturbios masivos, a lo que la Policía Municipal no puede hacer frente.

Cooperar con las unidades antidisturbios, sí. Sustituirla o suplirla no.

Grandes perturbaciones como las mencionadas quedan, pues, fuera del alcance represivo de la Policía Municipal. En todo el transcurso de los incidentes se procedió correcta y progresivamente.

En el episodio de los moteros, fueron efectivos municipales los que estaban en los puntos precisamente críticos desde el principio, y los que intentaron evitar el desaguisado circulatorio-circense; municipales reforzados, con gran parte de los medios del resto de la ciudad y el Cuerpo Nacional de Policía, los que siguieron enfrentándose con la basca cada vez más enloquecida, bebida y agresiva (abucheos, insultos, piedras y cerco de policías a pie y en coches patrullas), y municipales, en fin, los que colaboraron con el Cuerpo Nacional de Policía antidisturbios, cuya intervención hubo de ser decidida por sus mandos a la vista del deterioro de la situación circulatoria, el gamberrismo alcohólico reinante y las tres horas que se llevaban procurando disuadir el espectáculo por las buenas.

El asalto

En el asalto al Ayuntamiento quizá la Policía Municipal se vio sorprendida, como todo el mundo, por la brutalidad en el proceder de unos centenares de manifestantes.

Pero, en primer término, nadie podía esperar semejante actitud en ¿funcionarios? del municipio y, en segundo lugar, tampoco mayores efectivos en número y sin facultades represivas o antidisturbios, insisto, hubieran podido hacer más de lo que hicieron sus companeros, agredidos y lesionados. Heridos seis de ellos.

Y esto lo saben el alcalde de Madrid y sus ediles. ¿Haber prevenido la irrupción violenta con antidisturbios del Cuerpo Nacional de Policía desde el principio? Quizá, pero, ¿quién iba a imaginar semejante antidemocrática actitud en una concentración pacífica en la España 93?

El dispositivo y la actuación de los componentes de la Policía Municipal en las tantas veces citados eventos, fueron correctos, por lo que han merecido la felicitación de su jefe, que soy yo, como ya no debe ignorar nadie, merced a la continua polémica de que soy objeto. Si alguna cabeza se quiere poner en el tajo, sea la mía, pero que nadie critique a la Policía Municipal de Madrid sin razón.

Manuel Monzón Altolaguirre es el inspector jefe de la Policía Municipal de Madrid.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de octubre de 1993

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