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Tener y no tener

Cada vez parece más claro que el asentamiento hegemónico del capitalismo real, impulsado por su profundo desdén hacia el ser humano, está consolidando por fin su vieja ambición de recluir a la sociedad en un marco de injusticia. Las consecuencias de esta aceleración todavía son imprevisibles, pero de seguro no serán placenteras. El hondo pesimismo que, hace pocas semanas, desgranó Ernesto Sábato en El Escorial fue recibido como el personal testamento de un intelectual octogenario, sin advertir que, además, era un pronóstico verosímil.Evidentemente, este fin de siglo no es una verbena. El nuevo orden internacional de los suntuosos se complementa con la Santa Inquisición que acorrala a los indigentes. Es cierto que la economía nunca ha sido neutral. Si los diccionarios vigentes toda vía la definen como "administración recta y prudente de los bienes", es probable que en próximas ediciones decidan presentarla como "administración deshonesta e imprudente de los males". Nunca ha sido neutral la economía, pero si antes solía encubrir sus preferencias tras los jeroglíficos del lenguaje tecnocrático, ahora ha tomado partido, impúdica y jactanciosamente, por el poder de los decididores y los dueños del dinero. Después de todo, son éstos quienes aquí y allá resuelven lo esencial, al margen de las llamativas controversias y carantoñas de los políticos de turno.

En la primera mitad de este siglo, opinaba el muy cristiano Nikolai Berdiaiev que "todo el sistema económico del capitalismo es el retoño de una concupiscencia devoradora y destructora". En eso estamos. Sólo que el retoño se ha convertido en árbol frondoso, con vocación de horca. Y de nada sirve que los yuppies de cada geografía recen en sus madrugadas, a la salida de alguna discoteca: "Padre nuestro que estás en el Bundesbank". Pese a quien pese, este nuevo Odín de la crematística hará su voluntad, de ningún modo perdonará nuestras deudas y,, por si todo eso fuera poco, nos hará caer en la tentación. De cualquier manera, no es improbable que todos esos manifestantes de Wroclaw, Kaunas, Vlöre, Guiandzhá y otros enclaves impronunciables, que suelen agitar pancartas reivindicatorias en inglés, comiencen a truducirlas al alemán. Für alle fälle (traducción libre: por si las moscas).

Todavía hoy suele uno toparse con la vieja cita de John Maynard Keynes: "A largo plazo todos estaremos muertos", como una tácita admisión de que al menos en esa instancia regirá la (reclamada por unos y rechazadas por otros) igualdad. El problema es que los tecnócratas no programan para los muertos, sino para los mortales, y ahí si, como prevenía Orwell, "unos son más iguales que otros".

Tener o no tener. Fórmula infalible de la desigualdad. Los que tienen son cada vez menos, pero esos menos tienen cada vez más. Los que no tienen, por el contrario, aunque ya no puedan tener menos, siempre son más. Los sojuzgan y esterilizan, los barren a balazos y a decretos, los matan a hambre y los resecan a sed, pero siempre son más. En varias regiones del Tercer Mundo tienen lugar esos crecimientos de la desgracia y los políticos del Primer Mundo se apresuran a calificarlos de callejones sin salida, pero en el fondo saben (y temen) que la única salida de tales callejones es la salida revolucionaria. Con votos o sin votos, pero revolucionaria. Y entonces suena, claro está, la hora de la CIA (Lectura recomendada para el otoño: El fantasma de Harlot, del norteamericano Norman Mailer).

No obstante, el tema de la tenencia y la no tenencia no atañe exclusivamente a la dialéctica Norte / Sur o desarrollo / subdesarrollo. Esa cultura de la satisfacción, sobre la que John Kenneth Galbraith ha escrito un libro revelador, tuvo su hora (o más bien su minuto) de esplendor en el auge del monetarismo, que, según Galbraith, "centra toda política económica en el volumen de la oferta de dinero en circulación: efectivo, depósitos bancarios, cualquier cosa que compre bienes y pague facturas ( ... ). Por desgracia, la fe monetarista fue indebidamente optimista, incluso para los satisfechos".

El relativo fracaso del monetarismo ha endurecido más aún la ya despiadada estructura del mercado de consumo, ese prototipo del capitalismo real. El consumismo, hipócrita y mentirosa diagnosis de la sociedad, contienda en la que todo vale y donde la publicidad inventa virtudes, omite alertas, planifica obsesiones y prefabrica gustos, es un ingrediente de alto riesgo social. El mero hecho de que, por un lado, se nos conmine a ahorrar y, por otro, a consumir desenfrenadamente convierte ese vaivén en una mecánica enloquecedora, que crispa y zarandea a una sociedad monetariamente esquizofrénica. En la famosa cultura de la satisfacción ¿dónde está la trinchera de los insatisfechos? ¿Alcanzará con que los franceses defiendan la baguette y los españoles la eñe?

A los norteamericanos nunca les ha gustado admitir que las clases sociales existen. Hace sólo tres años, el entonces presidente Bush dijo que las clases "son para las democracias europeas o algo por el estilo... no para Estados Unidos de América. Nosotros no vamos a estar divididos en clases". Poco tiempo después, los sucesos de Los Ángeles se le vinieron encima y quizá entonces se haya dado cuenta de que un negro de California no era lo mismo que un millonario de Tejas, y que la diferencia no estaba sólo en el color de los insumisos, sino también en sus respectivos valores fiduciarios. Para la democracia norteamericana hasta la piel tiene un color económico.

El clan de los satisfechos genera casi inevitablemente una subclase de servidumbre. En países del Primer Mundo donde el confort se fue convirtiendo en una religión, el ciudadano medio se resistió a desempeñar funciones de servicio, indispensables en el buen funcionamiento de una comunidad, pero que ellos consideraban degradantes. Para esos menesteres estaban los inmigrantes: portugueses, españoles, italianos y, más recientemente, turcos, polacos, magrebíes, sudacas. Hoy el fantasma de la desocupación se ha instalado en Europa, y. ya quisieran sus 10 millones de parados autóctonos conseguir alguna de aquellas faenas degradantes.

Hace poco leí un interesante artículo de Lucía Alonso Ollacarizqueta ('Los impenitentes herederos del desarrollo separado, Cuatro Semanas, Barcelona, agosto de 1993) en el que se analizan las dificultades que halla Suráfrica para acabar con cuatro décadas de segregación legislada, y acabé preguntándome si la opción que hoy ofrece al mundo el capitalismo real no guardará cierta extraña relación con aquel concepto de desarrollo separado. Separado no por motivos raciales, como en Suráfrica, sino por razones económicas. Algo de eso han esbozado, en su lenguaje esotérico, algunos viceportavoces de la CE cuando han lanzado la idea de una Europa de dos velocidades. No sería improbable, después de todo, que la tan ondeada bandera de la solidaridad se escinda en dos banderitas: la solidaridad entre los que tienen más y la solidaridad entre los que tienen menos. Como es lógico, a los que nada tienen no les tocará ni media franja. Ya habrá tiempo para que alguna generosa legislación les permita el acceso a los correspondientes bantustanes económicos.

Hace 15 o 20 años, entre el tener y el no tener había una grieta; hoy, media un abismo. La manía privatizadora, tan grata a la política macroeconómica, ahonda ese abismo, ya que el Estado, mal que bien, es cosa de todos, en tanto que las grandes empresas son cosa de pocos. Para peor de males, cuando aparece el fantasma de la crisis, la automática respuesta de las clases pudientes es cercenar los gastos sociales.

Tal vez tenga razón Sábato cuando señala, en medio de su fundado escepticismo, que la única posibilidad de salvación está en los jóvenes. También lo saben los decididores. En consecuencia, no sera para los jóvenes una empresa sencilla. Les están asesinando el futuro, preparando un mundo inhóspito y estéril, inculcando un egoísmo suicida. Los decididores son conscientes de que allí hay una contradicción latente que puede ser fatal para sus intereses. De ahí que construyan alrededor de los jóvenes un muro de ruido, de violencia, de alucinaciones, de pobre imaginería; de ahí que hagan lo posible y lo imposible para que los muchachos y muchachas se evadan de la realidad, se enclaustren en el vacío, no se hallen en el mundo como en su hogar, sino como en casa ajena. Que se anulen, en fin. Ojalá que, pese a todo y a todos, sepan rescatar su fresca identidad, y que, aun en medio de tanto fogonazo y tanto estruendo, sepan escuchar los latidos de su propio corazón. Y también los del corazón del prójimo.

es escritor uruguayo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 17 de septiembre de 1993.

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