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Tribuna:

¿Ciudadanos o accionistas?

LA DEMOCRACIA, único sistema eficaz que los hombres han inventado hasta ahora para el gobierno legítimo de una moderna sociedad de masas, tiene sus ritos. Con razón Maurice Duverger comparaba las elecciones de hoy día con la consagración litúrgica de los antiguos reyes, y su preparación a través de la campaña electoral, con las festividades antaño propias de aquellas ceremonias.Pero, como es propio de lo festivo, algo muy serio en la vida social, la campaña, según se sucede año tras año, tiende a rayar en lo permisivo con daño de lo responsable.

No me refiero en este caso a las licencias que se toman candidatos, partidos e incluso informadores convertidos en militantes, sino a otra cosa aún más grave. Las fuerzas políticas, en sus propuestas electorales, incrementan las ofertas y ocultan las exigencias. Todo el mundo ofrece mayor flexibilidad en el mercado de trabajo, sin subrayar lo que ello supone, y sabido es lo fácil que resulta prometer mejores prestaciones sociales y más bajos impuestos, aunque la realidad, como en la vecina Francia, lance un mentís no sólo sobre la posibilidad de hacer ambas cosas, sino, incluso, en la actual situación, cualquiera de ellas. Todo el mundo insiste en nuestra seguridad, pero como algo ya conseguido e indiscutido, sin deducir las correspondientes consecuencias que ello tiene respecto del servicio militar y la dotación de nuestras Fuerzas Armadas. Los ejemplos podrían multiplicarse.

El presidente Kennedy divulgó en la cultura política contemporánea un pensamiento clásico: lo importante no es tanto lo que podamos recibir de la comunidad como lo que estamos dispuestos a hacer por ella.

El Estado recibe la legitimidad del apoyo de sus ciudadanos, y los partidos políticos encargados de encauzar dicho apoyo lo recaban, ofreciendo como señuelo, unos, poco Estado; otros, Estado más eficaz; otros, ambas cosas; otros, incluso, más Estado a secas. Me pregunto qué ocurriría o, mejor dicho, qué ocurrirá cuando alguien sea tan sincero como para solicitar de los ciudadanos más ciudadanía en lugar de ofrecerles más dividendos. Esto es, tomándolos como tales ciudadanos, y no como meros accionistas.

¿Comprenderán los electores que la ciudadanía sólo es valiosa cuando de verdad se esté dispuesto a sacrificar algo por la ciudad?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 25 de mayo de 1993

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