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Editorial:

Un estilo irrepetible

CON LA muerte de Juan Benet, la literatura y el ensayismo hispanos pierden a uno de sus más lúcidos es critores. Sin duda alguna, una de las mayores aporta ciones del escritor a sus conciudadanos ha sido la de mostración práctica de las múltiples posibilidades que la lengua española ofrece para la descripción de lugares y personajes, para el estudio de la realidad o de la ficción y para la transmisión de la belleza y los sentimientos. Es decir, para el inteligente uso de una herramienta tan sólida como el castellano. Desde su Volverás a Región a la premiada Una meditación, Saúl ante Samuel, El aire de un crimen o El caballero de Sajonia, entre otras y sin olvidar sus excelentes traducciones de Shakespeare, Scott Fitzgerald o Faulkner, la obra del ingeniero Benet ha sido un continuo forcejeo con el castellano para arrancarle lo mejor de sus entrañas y mostrarlo. Y si su estilo es impecable, su visión del mundo no se anda a la zaga: a través de textos autobiográficos como Otoño en Madrid hacia 1950, con su espléndida Barojiana y los no menos biográficos artículos publicados en EL PAÍS, el mundo benetiano rezuma talento y honestidad.

Amante de los grandes perdedores de la historia, de sus personajes o conceptos; defensor a ultranza de las convicciones asentadas en el saber y la reflexión propias, desdeñó voluntariamente las modas de un pensar atribulado, cómodo y banal. La personalidad de Juan Benet remite directamente a un compendio de sabiduría técnica, humanismo y elegancia difícilmente repetible.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 6 de enero de 1993