Con los dedos pegados
Los papeles de prensa llevan una temporada que parecen aquellos envoltorios de los caramelos que de chicos nos resultaban tan difíciles de despegar de nuestros golosos dedos. Era imposible zafarse de ellos, pues si te ayudabas con la otra mano se quedaban adheridos inmediatamente a ésta; si con un dedo, pues ahí pegado; si lo sacudías con vigor, pues tampoco. Y los adultos, haciendo corro, nos miraban y se morían de risa.Y ahora, mientras crecemos, nos vamos dando cuenta de que si no se desparrama un petrolero hoy, sé quema mañana un paraíso en la provincia de al lado, comienza otra guerra santa, o que, realizando la misma rutina diaria del vivir nosotros, sale un tío un día por la puerta de la Bolsa y a continuación dice, sin más, que hay crisis. Y hay que fastidiarse. Unos te dicen que se debe ahorrar mucho y, sin embargo, tu banco no para de mandarte nuevas tarjetas de crédito sin que se las hayas pedido. Sólo tienes la nómina allí, vaya confianzas. Allí y aquí. Sacudes entonces el periódico, pero nada: el petróleo, la ceniza, la sangre incluso lo mantienen pegado.
Lo que pasa es que ya nadie nos mira y se ríe. Es un día, y otro, y otro más. ¿Sigue sin ser rentable una sección de buenas noticias incluidas en su diario? ¿Un suplemento sin anuncios de esa contradictoria y necesaria palabra llamada esperanza que contrarreste los efectos devastadores de la codicia, de la envidia, del desamor, que últimamente son las estrellas decada una de las crónicas de sociedad y nacional, las niñas de nuestros ojos, y parece que del mundo entero?
Quizá es que sigamos siendo igual de golosos y que ésta sea otra pena más que añadir en la lista. Simplemente.


























































